Hace una semana, numerosas imágenes tomadas desde Italia mostraban cómo la fauna se ha abierto paso en un país paralizado por el coronavirus que ha matado ya a más de 5.000 personas dentro de sus fronteras. Los canales, antes llenos de barcos y góndolas ocupadas por turistas que viene y van, y los puertos marítimos, ahora con una afluencia de embarcaciones inusitada incluso en las zonas más turísticas de la nación, están comenzando a llenarse de peces, aves e incluso cetáceos; que, ajenos al drama que viven los humanos de su entorno, disfrutan de las aguas limpias y el ambiente relajado.Es cierto que se han difundido algunas noticias falsas, como que los delfines grabados en un puerto de Cerdeña estaban en realidad en los propios canales. No obstante, es innegable que la fauna se ha visto beneficiada por todo esto.

Es una de las caras buenas del Covid-19. Y no solo ha podido verse en Italia. Los habitantes de varios de los países que se encuentran en estos momentos confinados para prevenir la expansión de la enfermedad están viendo como sus calles, antes llenas de coches y bullicio, ahora se encuentran libres para el tránsito de un gran número de especies animales. Hay quien riñe a los runners desde sus balcones y quien prefiere aprovechar para fotografiar o grabar cómo la vida se abre paso a pesar del drama que estamos viviendo en estos días. Seguro que, cuando en un futuro echemos la vista atrás, los segundos al menos podrán presumir de tener algún recuerdo agradable que memorar.

El monte en la ciudad

La mayoría de personas que han tomado las famosas imágenes estos días han aprovechado para subirlas a sus redes sociales, tanto en forma de foto, como de vídeo.

Es el caso de Tarabilla, quien mostraba hace unos días la sorprendente imagen de un grupo de cabras montesas que habían aprovechado la soledad del pueblo de Chinchilla, en Albacete, para corretear alegremente por él.

Incluso se ha llegado a inmortalizar en vídeo a un oso paseando tranquilamente por un municipio asturiano.

Pero no solo en los pueblos ha podido verse esta actividad tan inusual, también ha ocurrido en algunas grandes ciudades. Por ejemplo, es el caso de los jabalíes que, si bien ya se podían ver en las zonas verdes de Barcelona, son mucho menos habituales paseando tranquilamente por aquellas carreteras de la ciudad que, en otras condiciones, estarían repletas de vehículos.

Hasta en Madrid se han captado pavos reales y patos campando a sus anchas, disfrutando de la inusual tranquilidad de sus calles.

Crédito: Laura Delgado

Cambios en el comportamiento

Incluso los animales que ya formaban parte de la fauna urbana están desubicados estos días, mostrando comportamientos poco habituales. Pasa principalmente con aquellos que se alimentaban de la “basura” o las “limosnas” cedidas por los seres humanos. Ocurre con las palomas, que ya no cuentan con los festines de los ancianos que disfrutan dándole algunas migas de pan desde los bancos de los parques.

Es algo que se ha visto también en otros países. En Tailandia, por ejemplo, los monos a los que normalmente alimentan los turistas se han visto obligados a rivalizar con sus compañeros por la poca comida que aún pueden encontrar en la ciudad.

La vida se abre paso

No es la primera vez que una situación extrema decanta hacia el resto de especies la balanza que normalmente cae por el lado de los seres humanos.

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Tras el desastre de Chernobyl, por ejemplo, los altos niveles de radiación obligaron a evacuar a los habitantes de las localidades cercanas, que aún a día de hoy siguen convertidas en ciudades fantasmas.
Ni un alma puede verse por sus calles. Al menos no un alma humana; pues, una vez que el peligro ha ido disminuyendo, tanto la flora como la fauna silvestres han experimentado un gran renacimiento, que habría sido imposible en una región habitada.

Con el confinamiento nos sobra el tiempo libre. Tenemos tiempo para leer, ver películas, hacer ejercicio, cocinar y, por supuesto, también para meditar. Ahora podemos recapacitar sobre cómo los seres humanos somos también una gran plaga, que fulmina o aparta a otras formas de vida a medida que avanza hacia nuevos territorios. En el momento en el que nosotros nos vemos obligados a retroceder, ellos pueden disfrutar lo que de otro modo hubiese sido suyo. Por supuesto, eso no indica que debamos permanecer recluidos para siempre, pero sí da mucho que pensar sobre cómo podríamos buscar nuevas estrategias para minimizar los daños y aprender a convivir con ellos. El planeta es de todos y, por desgracia, está haciendo falta una pandemia mundial para que nos demos cuenta.