Una de las razones por las que el último gran éxito de HBO está cautivando a sus espectadores es que no se trata de un simple documental de lo sucedido en la central nuclear de Chernobyl. Desde el inicio y hasta el final la serie retrata el drama humano que supuso, dando protagonismo también a algunos personajes que quedaron en un segundo plano de la historia, a pesar de la gran labor que realizaron para evitar que el desastre fuese todavía mayor. Miles de personas contribuyeron para intentar detener la hecatombe, aun sabiendo que con gran probabilidad sus acciones les costarían la vida.

Pero no solo fueron héroes quienes se metieron de lleno en el reactor. También lo fueron otras personas, que tuvieron que lidiar con tareas especialmente desagradables por el bien de la mayoría. En la serie esta imagen queda retratada en los tres liquidadores que deben recorrer las calles de Pripyat en busca de animales domésticos a los que matar y enterrar bajo hormigón, para evitar que esparzan la radiación. En los minutos dedicados a estos personajes se dan algunas escenas muy duras, especialmente para el último en llegar, un joven civil que apenas sabía empuñar el arma. No todo lo que se cuenta en la serie es totalmente real, por lo que algunos espectadores pudieron pensar que esto no ocurrió. Sin embargo, uno de los creadores de la serie, Craig Mazin, se encargó de aclarar en su cuenta de Twitter después de la emisión del capítulo que no solo es cierto, sino que ellos lo habían representado bastante suavizado. A pesar de todo, algunos animales consiguieron escapar a la ronda de liquidadores y sus descendientes siguen campando hoy por las cercanías de la central, con un destino muy diferente al de sus antecesores: cartografiar los niveles de radiación.

Los perros supervivientes de la radiación

Durante la evacuación de las regiones cercanas al lugar de la explosión las personas que abandonaron sus casas se vieron obligadas a dejar en ellas a sus mascotas, con la esperanza de volver pronto en su busca. Sin embargo, nunca se les permitió volver, por lo que los animales quedaron solos en la que se había convertido en una ciudad fantasma. Muchos fueron sacrificados durante la “limpieza” de Pripyat, pero algunos, especialmente procedentes de localidades cercanas, consiguieron ocultarse.

Desde entonces, se calcula que viven en las inmediaciones de Chernobyl unos 900 perros callejeros, la mayoría descendientes de aquellos que se libraron del disparo de los limpiadores.

Esto ha llevado a que veterinarios, expertos en radiación y otros voluntarios de un grupo llamado The Clean Futures Fund hayan puesto en marcha un protocolo consistente en capturarlos, vacunarlos, catalogarlos y volverlos a liberar. Además, a algunos de ellos se les coloca un collar con sensores de radiación, que sirven para cartografiar los niveles de esta en las diferentes zonas cercanas a la central nuclear. Esto permite a los científicos conocer el estado de la zona sin tener que acercarse a ella. Por supuesto, estos animales son radiactivos, por lo que se recuerda a los visitantes de los recorridos turísticos que en caso de encontrarse con alguno de ellos eviten acariciarlos.

Por otro lado, la misma asociación ha seleccionado a algunos de los canes más jóvenes, con bajos niveles de radiación, para ser adoptados y llevados a otros países europeos, en los que puedan crecer sanos y salvos. Los demás son alimentados, tanto por los voluntarios como por los trabajadores de zonas cercanas al área de exclusión. La vida se abre paso entre las cenizas del desastre, pero aún queda mucho para que la zona vuelva a ser habitable y todo lo sucedido pueda ser recordado en pasado, como la terrible pesadilla que fue. Mientras tanto, nuevos héroes siguen realizando un trabajo encomiable, como el de ayudar a todos esos animales que, sin saberlo, han repoblado el que un día fue el lugar más peligroso del mundo.

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