dracula netflix
– Ene 8, 2020, 2:35 (CET)

¿Era necesaria una adaptación de ‘Drácula’ como la de Netflix?

Con lo trilladísimo que está ya el mito vampírico del Conde Drácula, ¿hacía falta que Mark Gatiss y Steven Moffat lo revisitaran para Netflix y la BBC?

Sabido es que el escritor británico Bram Stoker se basó en Vlad III, el infame príncipe de Valaquia del siglo XV conocido con el encantador sobrenombre del Empalador, para concebir su personaje más imperecedero en más de un sentido: el Conde Drácula, el ser de ficción del que más adaptaciones al cine se han realizado hasta el día de hoy sólo por detrás de Sherlock Holmes. Con este gran honor y las docenas de veces que le hemos visto en la pequeña pantalla y en la grande, uno se podría preguntar si de veras era necesario invitarnos a otra como en la miniserie flamante de Netflix y la BBC, obra de los prestigiosos Mark Gatiss y Steven Moffat y con su producción ya fechada en este 2020.

Para empezar, digamos sin ambages que el número de adaptaciones carece de importancia porque lo único verdaderamente relevante es la calidad, las virtudes cinematográficas y lo que consigue con ellas en el ánimo de los espectadores cada serie o película sobre el viejo vampiro transilvano. De tal modo, esta cuestión se puede enfocar desde tres perspectivas válidas: si creemos que otra adaptación previa nos había regalado una versión definitiva del Conde por su valor o su categoría icónica, si el de Gatiss y Moffat ha aportado algo novedoso que lo diferencie sin duda de los anteriores y si, al margen de ello, su Drácula amerita un gran aplauso con el público en pie.

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Versiones icónicas del aristócrata chupasangre hay al menos tres indiscutibles: la de Max Schreck como el trasunto que fue Graf Orlok en Nosferatu, de F. W. Murnau (1922), la de Bela Lugosi en Drácula, de Tod Browning (1931), pasando por sus primos de Christopher Lee en el filme homónimo realizada por Terence Fisher (1958) y de Klaus Kinski en Nosferatu, vampiro de la noche, de Werner Herzog (1979), hasta el de Gary Oldman en Drácula de Bram Stoker, filmada por el celebérrimo Francis Ford Coppola (1992). A esta última, además, se la sigue considerando la definitiva, y la de Claes Bang en la de Gatiss y Moffat no puede desbancarla ni en sueños.

Porque lo de aplaudir de pie, tampoco. Se muestra muy eficiente a la hora de provocar inquietud en el espectador con su ambientación barroca y poperamente tétrica y un montaje audiovisual dinámico, vigoroso y heterogéneo que le proporciona un estupendo ritmo y sortea así el peligro fácil de que la historia clásica, tan conocida a estas alturas, se anquilose; tanto en lo que se refiere a las escenas concretas como a los saltos por los grandes flashback. Pero ese buen ritmo se pierde en el episodio final, que dirige Paul McGuigan (El caso Slevin) como en los otros dos llevaban la batuta Jonny Campbell y Damon Thomas, y sus bondades estilísticas no consiguen auparla hasta lo extraordinario.

Ahora bien, no es la primera ocasión en la que Gattis y Moffat transmutan una de las obras literarias contemporáneas más influyentes que han salido de su país en cine: el uno se enfrentó al reto de escribir varios capítulos de Agatha Christie: Poirot (1989-2013), el otro, los seis de Jekyll (2007), y ambos, los quince de Sherlock (2010-2017); conque tienen sobrada experiencia en desempolvar adaptaciones semejantes. Su Drácula es el monstruo de costumbre, sediento de torrentes sanguíneos, pero también un psicópata, un ser muy inteligente pero sin empatía alguna, presuntuoso, al que le encanta oírse hablar a sí mismo, lo que lo diferencia de otros sobrios en comportamiento y parcos en palabras.

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El Conde de Claes Bang, que en Millennium: Lo que no te mata te hace más fuerte (Fede Álvarez, 2018) se ocupó el villano Jan Holtser, es un Lestat (Entrevista con el vampiro) con solera, pero más perverso y amenazador, más terrible en su indiferencia desvergonzada ante las brutalidades que consuma; y vivamente burlón, por cierto, lo que de por sí constituye una innovación completa para este personaje, y propicia un sentido del humor negrísimo, incluso desfachatado a veces, marca de la casa de Gatiss y Moffat. Como su curiosidad es atípica, equivalente y contrapuesta a la de la admirable e inusual Agatha de Dolly Wells y su decisivo protagonismo femenino.

Los enfrentamientos verbales que su personalidad nos brinda no encuentran parangón en las adaptaciones del libro de Bram Stoker. Y, pese a que enfoques muy determinados de la monstruosidad nos traen a la memoria las películas de la Hammer, los guiones de los tres episodios que forman la miniserie nos descerrajan una advertencia metaficcional y varios giros argumentales y, caray, se las arreglan la mar de bien para que todos ellos nos resulten inesperados, con alguno particularmente asombroso por lo radical. Esto debería parecernos más sorprendente todavía por lo trillado del material de que se parte y, con las novedades anteriores, el Conde Drácula de Netflix justifica de sobra su existencia.