Muchos problemas de salud aparentemente menores pueden volverse preocupantes si no se dispone de la ayuda médica necesaria en un entorno cercano. Esto ocurre en ciertas poblaciones aisladas, especialmente en el área rural, pero también en otros lugares mucho más “exóticos”, como el espacio.

Las consecuencias de enfermar en un lugar tan apartado las experimentó recientemente un astronauta de la Estación Espacial Internacional (EEI), cuya historia, que no se había dado a conocer hasta ahora, ha tenido un final feliz gracias a la tele-medicina.

Un coágulo en el espacio

El astronauta, cuya identidad permanece en el anonimato, llevaba dos de los seis meses de su misión en la EEI cuando participó en un estudio vascular, dirigido a analizar los cambios fisiológicos derivados de las largas estancias en el espacio.

Al someterse a una prueba de ultrasonidos, se comprobó que padecía una trombosis venosa yugular interna izquierda o, lo que es lo mismo, un coágulo de sangre en el interior de la rama izquierda del par de venas yugulares internas. Aún no había experimentado síntomas, por lo que la afección se había detectado a tiempo. En la Tierra el tratamiento en un caso como este sería sencillo, pero al no ser el caso era necesario optar por otras medidas.

Desde la NASA decidieron ponerse en contacto con Stephan Moll, un médico experto en coágulos, quien también ejerce como profesor en la Facultad de Medicina de la Universidad de Carolina del Norte. Al recibir la llamada de la agencia espacial, el hombre preguntó si sería posible que se desplazara hasta la Estación Espacial Internacional, para tratar al paciente en persona. Sin embargo, se le comunicó que no había medios para poder llevarlo hasta allí a tiempo y que sería necesario recurrir a otras medidas más “imaginativas”.

Tras analizar los resultados del ultrasonido y realizar al astronauta una primera entrevista sobre su estado, decidió realizar una pequeña variación en el tratamiento habitual. En condiciones normales, el enfermo tendría que recibir anticoagulantes durante tres meses, para evitar que el trombo se agrande. No obstante, sería necesario realizarle un seguimiento y disponer de un servicio de emergencias médicas cercano, pues cabría la posibilidad de que se generara alguna hemorragia interna como consecuencia. Al no poder contar con una atención urgente en ese caso, se decidió recurrir a un tratamiento algo más tenue, a base de un anticoagulante del cual había una cantidad limitada en la propia EEI. Se trataba del Enoxaparin, que se inyectaría diariamente a una dosis de 1’5 miligramos por kilogramo de peso corporal durante 33 días, tras los cuales se pasaría a un solo miligramo. Esta pauta se mantuvo hasta que el astronauta pudo recibir un anticoagulante oral, llamado apixaban, que se envió a través de una nave espacial de suministro.

Paralelamente, el propio paciente debía realizarse a sí mismo periódicamente una prueba de ultrasonidos en el cuello, que demostró que el coágulo estaba disminuyendo su tamaño poco a poco.

Según se explica en el informe del caso, publicado en The New England Journal of Medicine, el astronauta pudo volver con normalidad a la Tierra, donde ya solo se le detectó un pequeño coágulo residual, que desapareció diez días después, haciendo ya innecesario el tratamiento.

En declaraciones a IFLScience, el doctor Moll reconoció que durante el seguimiento recibió llamadas en su casa del astronauta, que se escuchaban con mucha más claridad que las de otros pacientes a los que había tratado a distancia. Recibir una llamada del espacio debe ser apasionante, pero no tanto como salvar la vida a alguien ubicado a 320 kilómetros sobre la superficie de la Tierra. Está claro que las aplicaciones de la tele-medicina tienen aún muchas sorpresas por dar.