Uno de los grandes argumentos de los defensores más férreos de la agricultura orgánica o ecológica es que ayuda a combatir el cambio climático a la vez que cuida la salud del consumidor y vela por el medio ambiente.

Lógicamente, en un momento en el que todos empezamos a ser conscientes del problema que está suponiendo para el planeta el calentamiento global, muchas personas deciden pasarse al consumo de estos productos, con la esperanza de dejarle un mundo mejor en el que vivir a sus descendientes. ¿Pero es realmente todo tan reluciente como lo pintan? En realidad, como ya se han encargado de explicar muchos expertos en numerosas ocasiones, la agricultura ecológica no es más sana, ni más respetuosa con el medio ambiente, ni tampoco lucha contra el cambio climático. Quizás lo intente, pero no logra ganarle la batalla, al menos en lo que a efecto invernadero se refiere. Esa es la conclusión de un estudio publicado esta semana en Nature Communications, de la mano de un equipo de científicos de las Universidades de Cranfield y Reading, en el que se concluye que las emisiones de gases de efecto invernadero pueden verse incrementadas por uno de los grandes hándicaps de este tipo de agricultura: la baja productividad.

Menos producción, más importación

Según el mismo estudio, la agricultura orgánica supone una reducción del 20% de las emisiones procedentes de los cultivos, y un 4% menos en la ganadería. No obstante, la práctica directa de las técnicas de cultivo no es lo único que debe tenerse en cuenta en este aspecto, ya que es necesario tomar en consideración todos los pasos hasta que el producto llega hasta los consumidores.

Los autores de este trabajo resaltan en él que en Inglaterra y Gales este tipo de agricultura genera un 40% menos de alimentos. En un inicio esto no es un problema, pues se complementa con los productos obtenidos por la vía tradicional. No obstante, si la proporción de cultivos dedicados a la orgánica aumentara, como ya se pide desde los círculos ecologistas, sería necesario compensar esa bajada de la producción aumentando la importación. Y es aquí donde empieza el problema, ya que esto conlleva un aumento de las emisiones de gases de efecto invernadero, procedentes de los vehículos de transporte. Concretamente, un método de producción agrícola 100% orgánica generaría un aumento del 21% en las tasas de emisión de estos gases, en comparación con las opciones convencionales. Esto, como ya es más que conocido, propiciaría el incremento de las temperaturas globales, echando aún más leña al fuego del cambio climático. Podría intentar compensarse aumentando la extensión de los campos de cultivo, pero supondría un ascenso en la deforestación, con todo lo que eso conlleva.

En un comunicado de la Universidad de Cranfield, los científicos detrás del estudio recuerdan que las técnicas de agricultura ecológica fomentan el almacenamiento de una mayor cantidad de carbono en el suelo, pero que este no sería suficiente para compensar las emisiones que se generarían si todos loso cultivos se desarrollasen de este modo.

Este es otro ejemplo más de que no todo lo natural es mejor y que los avances científicos que están teniendo lugar en torno al sector de la agricultura no solo van dirigidos a mejorar la productividad, sino también a velar por el medio ambiente y la salud del consumidor. Darles la espalda por completo no es una buena idea.