Casi un año después de que los primeros casos hicieran saltar las alarmas sanitarias, la ciudad de Nueva York ha dado por finalizado el brote de sarampión, que había sido declarado como emergencia de salud pública el pasado mes de abril. Ha sido necesaria una inversión de 6 millones de dólares, dirigidos a campañas de concienciación y distribución de vacunas, además de ciertos cambios en la legislación que permitía a los padres no inmunizar a sus hijos, alegando motivos religiosos.

El movimiento antivacunas es muy intenso en Estados Unidos, donde la comunidad judía ultraortodoxa se ha posicionado con fuerza en este aspecto. Por eso no es extraño que haya sido precisamente en barrios frecuentados por habitantes de dicha religión en los que se ha dado el mayor número de casos del virus. Afortunadamente, las medidas implementadas para combatir el problema parecen haber dado sus frutos y los neoyorkinos celebran ahora el fin del brote, aunque lo hacen con un ojo aún puesto en el futuro, conscientes de que en cualquier momento podría resurgir de sus cenizas si no se sigue atajando el grave problema de desinformación y pseudociencia en el que se han visto involucrados.

Un problema concentrado en Brooklyn

Una de las primeras medidas puestas en marcha a raíz del brote fue la vacunación obligatoria de los residentes en cuatro vecindarios de Brooklyn.

Según un comunicado de prensa del Departamento de Salud, desde que el brote comenzó, en octubre de 2018, se han producido 654 diagnósticos, el 80% de ellos en niños menores de 18 años. La mayoría de los casos, un 72%, se dieron entre personas no vacunadas, mientras que un 15% no conocían su estado de vacunación. No se había dado un brote similar en los últimos 29 años.

Aunque se dieron casos por toda la ciudad, el 72% de ellos proceden del vecindario de Williamsburg, en Brooklyn, donde residen una gran cantidad de personas pertenecientes a la comunidad antivacunas. Esto llevó a distribuir allí y en otros tres barrios de las misma zona más de 15.500 dosis de la vacuna frente al sarampión, la rubeola y las paperas, conocida en España como triple vírica.

A pesar de todo, muchos padres seguían negándose a vacunar a sus hijos, por lo que se optó por endurecer las leyes estatales de exención de vacunas, impidiendo que se pudiera optar a no ponerlas por motivos religiosos.

Paralelamente se distribuyeron miles de folletos provacunación, se colocó publicidad por toda la ciudad y se organizaron charlas en colegios y otros locales públicos. Poco a poco y granito a granito se fue contrarrestando la publicidad de los detractores de las vacunas y muchos padres decidieron libremente inmunizar a sus niños.

Gracias a todo esto, no se han detectado nuevos casos desde mediados de julio, de ahí que se haya optado por poner fin a la situación de emergencia sanitaria y dar por acabado el brote. Sin embargo, como bien explica la doctora Oxiris Barbot, del comisionado de salud neoyorkino, es importante seguir en alerta, pues no se descarta que puedan aparecer nuevos enfermos. Por eso, se invita a que los ciudadanos que crean que podrían haber estado expuestos al virus, ya sea en otras zonas de Estados Unidos o en cualquiera del resto de países en los que hay brotes actualmente, se pongan en contacto con su proveedor de atención médica por teléfono, para evitar el contacto con otras personas. Esta es precisamente la medida que recientemente se propuso a quienes pudieran haber interactuado con la joven turista neozelandesa que llevó la enfermedad hasta Disneyland. Cualquier precaución es poca para contener esta enfermedad, que tantos problemas está ocasionando en los últimos años, a causa del auge de ese movimiento que defiende que la única vía de la que disponemos para vetar la entrada a muchas enfermedades es un peligro. No deja de ser paradójico y, como llevamos comprobando todo este tiempo, muy grave.