En septiembre de 2017, una nube radiactiva cubrió buena parte de Europa, detectándose en la mayoría de estaciones de medición del continente, e incluso en puntos mucho más lejanos, como el Caribe. Era el lanzamiento de material radiactivo más potente en esta zona del globo desde que llegaron los coletazos de Fukushima, en 2011. Sin embargo, si en aquel momento se supo que el origen estaba en el accidente de la central nuclear japonesa, este nuevo fenómeno parecía ser todo un misterio.

Al menos lo había sido hasta ahora, pues un equipo internacional de científicos ha publicado en PNAS un estudio en el que saca a la luz los resultados de la investigación que han llevado a cabo desde entonces. En él no pueden apuntar a un claro culpable, pues ningún país ha reconocido su responsabilidad, pero sí que han logrado acotarlo a un punto muy concreto de Europa.

Misterio resuelto

Para la realización del estudio 70 expertos de toda Europa han analizado 1.300 mediciones, tomadas durante aquel otoño de 2017.

El primer punto que llama la atención es que la radiactividad detectada procedía íntegramente de una liberación del isótopo rutenio-106. Si la fuga procediera de una central nuclear lo lógico sería que se hubiese tratado de una mezcla de varios compuestos radiactivos, como ocurrió en Chernobyl y Fukushima. Que solo hubiese uno llevaba a pensar más bien en que debía proceder de una planta de reprocesamiento nuclear, posiblemente en las últimas fases del proceso. Además, la evaluación del patrón de distribución de la concentración y el modelado atmosférico apuntan a que la liberación se originó en un punto de los Urales del Sur. En dicha región se encuentra la instalación nuclear rusa Majak, una planta de reprocesamiento que ya había protagonizado en 1957 un accidente, considerado como la segunda descarga nuclear más grande de la historia, justo después de Chernobyl e incluso por encima de Fukushima.

Afortunadamente, en esta ocasión los niveles liberados fueron muy puntuales y no alcanzaron cifras preocupantes para la salud. De hecho, los valores máximos en su día no superaron los 176 milibecquerels por metro cúbico de aire o, lo que es lo mismo, 0’00176 bequereles. Esta es una cantidad mínima, si se tiene en cuenta que, según el Consejo de Seguridad Nuclear, la radiactividad por radón en los hogares españoles alcanza los 24 becquerels por metro cúbico de aire.

En definitiva, no fue un suceso grave, aunque sí un evento importante que debe tenerse en cuenta. No se puede apuntar con seguridad a un culpable, ya que nadie ha reconocido estar detrás de la fuga, pero lo sucedido parece estar claro, como ha concluido uno de los autores del estudio, el profesor Georg Steinhauser, en un comunicado de prensa: "Aunque actualmente no hay una declaración oficial, tenemos una muy buena idea de lo que podría haber ocurrido".