– Jun 3, 2019, 10:00 (CET)

Así fue la serie de catastróficas desdichas que hizo explotar Chernobyl

Un mal diseño del reactor y un conjunto de decisiones desafortunadas llevaron a uno de los accidentes nucleares más graves de la historia.

Si bien las centrales nucleares suponen una forma muy eficiente y poco contaminante de obtener energía eléctrica, la posibilidad de un desastre como los ocurridos en Chernobyl o Fukushima despierta un gran temor entre buena parte de la población. Y no es para menos, pues ambos sucesos llevaron a enfermar a miles de personas, matando a muchas de ellas a causa de los graves efectos de la radiación. Pero hay algo que diferencia a los dos accidentes, ya que en la central japonesa fue un terremoto el que condujo a aquel terrible desenlace, pero la explosión de las instalaciones soviéticas fue el resultado de un cúmulo de errores humanos, cuyo precio siguen pagando muchas personas a día de hoy. ¿Pero qué ocurrió exactamente aquel 26 de abril de 1986? Para saberlo, lo mejor es empezar por el principio.

¿Cómo funciona una central nuclear?

En este tipo de centrales la energía se obtiene a través de un proceso conocido como fisión nuclear, por el cual un núcleo pesado, como el del uranio, se divide en dos o más, dando lugar a la liberación de los neutrones contenidos en él, así como otros subproductos radiactivos. En estos reactores se genera una reacción en cadena, por la cual los neutrones liberados por un átomo bombardean al siguiente, provocando que también se divida su átomo y así sucesivamente. Todo este proceso desprende calor que provoca que el agua líquida se transforme en vapor, que moverá las turbinas necesarias para la generación de la energía eléctrica.

Para que este proceso sea más eficiente es necesaria la utilización de otros elementos, como los reflectores de grafito, que aseguran que los neutrones que se liberan sin afectar a ningún átomo vuelvan al proceso y participen en la reacción en cadena. También es importante la intervención de un refrigerante que evite sobrecalentamientos, así como unas varillas de control, fabricadas a base de materiales capaces de absorber los neutrones.

Una prueba que salió muy cara

Para que todo el procedimiento anterior funcione correctamente es necesaria la intervención de energía eléctrica que haga funcionar partes como la sala de control o las turbinas que mueven el líquido refrigerante y el agua. En condiciones normales se utiliza la propia energía proveniente de la central, pero en caso de que esta no sea suficiente por algún motivo se debe utilizar un suministro externo.

Los trabajadores de Chernobyl sabían esto, pero necesitaban comprobar si las medidas de emergencia dispuestas en caso de que esto ocurriera eran apropiadas. Por eso, decidieron poner en marcha un experimento con el cual comprobar si al bajar el rendimiento del reactor y eliminar el suministro eléctrico la inercia de las turbinas sería suficiente para mantener la actividad hasta que se activara el generador diésel de emergencia.

Se diseñó un procedimiento que fue aprobado por el director de la central nuclear, pero no por sus diseñadores, cometiendo así el primero de una serie de errores en cadena. Las pruebas estaban previstas para el turno de día del 25 de abril, pero una serie de incidencias externas hicieron que todo se retrasara hasta las 11 de la noche, cuando ya había comenzado su turno otro grupo de trabajadores que no estaban adiestrados para la prueba.

En condiciones normales, la potencia máxima que demandaba el reactor era de 3.200 MW, por lo que para la prueba se decidió bajar esta cifra notablemente, hasta los 700 MW, pero nunca por debajo de esa cifra. Aproximadamente a las 12 de la noche se logró llegar a ella, pero las incidencias anteriores habían provocado una acumulación de xenón-135, uno de los subproductos del proceso de fisión nuclear, cuya presencia en exceso, junto a una mala colocación de las barras de control, llevó a una disminución súbita de la potencia, que cayó de golpe hasta los 30 MW.

A este nivel el procedimiento era mucho más difícil de controlar, por lo que se pasó a intentar colocar manualmente las barras, consiguiendo subir hasta los 200 MW. La cifra seguía lejos de los 700 MW considerados como seguros, pero aun así decidieron continuar con la prueba. En ese punto nada funcionaba como debería, por lo que tuvieron lugar una serie de nuevos fallos que terminaron con un incremento súbito de la potencia, hasta los 33.000 MW. Como resultado, se generó un gran aumento de temperatura, con la consiguiente rápida evaporación del agua utilizada como refrigerante. Además, se produjo un ascenso aún mayor de temperatura y presión, que terminó con una primera explosión del reactor. A esta la siguió otra, que provocó que los reflectores de grafito se incendiaran. La explosión también rompió el techo del reactor, desencadenando la liberación a la atmósfera de gran cantidad de material radiactivo. Los niveles de radiactividad fueron tan grandes que se midieron en otros países de Europa, como Suecia o Alemania. Todo lo que pasó después, ya es historia.

Con los años, nuevos estudios de lo sucedido han establecido que, a pesar de que los fallos humanos aceleraron lo ocurrido, es posible que el accidente hubiese tenido lugar más tarde, ya que el diseño del reactor no seguía las pautas de seguridad establecidas en Europa o América. Es algo que nunca sabremos, pero al menos sirvió para que se preste aún más atención a los procedimientos llevados a cabo en este tipo de instalaciones. De hecho, según explica a Hipertextual José Manuel Udias, físico nuclear y director del Grupo de Física Nuclear de la Universidad Complutense de Madrid, lo importante es determinar cómo de fácil es mantener el reactor trabajando sin riesgo en caso de situaciones no rutinarias, imprevistas, accidentales o por fallos de diversos sistemas. "Hay diseños de reactores nucleares que son los que denominamos intrínsecamente seguros, o seguros solo con protección pasiva", narra. "Estos reactores, una catástrofe como un fallo de refrigeración, derrumbe del edificio, terremoto, etcétera, se apagan solos". Añade que la mayoría de reactores modernos son seguros si tienen medidas activas, de refrigeración y moderación.

Si falla la refrigeración o las barras moderadoras o de emergencia, entrarían en una zona no segura. Para que el diseño se considere seguro, lo que haces por tanto es triplicar o quintuplicar, en suma replicar varias veces los sistemas de refrigeración, de moderación, de barras de emergencia, de forma que un fallo en un sistema no ponga el peligro el reactor, porque hay sistemas redundantes.

Caso aparte es el de los catástrofes naturales. "Aunque en principio la probabilidad de que fallen 4 sistemas redundantes de refrigeración a la vez, sin causas externas, es esencialmente nula, lo malo de estos sistemas redundantes es que, en caso de catástrofe global, como Fukushima, pueden fallar todos los sistemas de refrigeración a la vez, por causas externas", recuerda el físico. "En los sistemas intrínsecamente estables ni siquiera una explosión con una bomba en el centro del reactor lo desestabilizará. Una bomba en el reactor que lo reviente mandará mucho combustible radiactivo por el aire, claro, pero no estará encendido".

En definitiva, los reactores nucleares actuales son mucho más seguros, gracias a los conocimientos de cómo se debe actuar y cómo no ante determinadas situaciones. Lamentablemente, el accidente de Chernobyl fue un claro ejemplo de lo segundo.