En 1941, en plena Segunda Guerra Mundial, un grupo de mineros rumanos se encontraba buscando fosfato en unas cuevas de Transilvania cuando encontró lo que parecía un cráneo muy antiguo.

Los primeros expertos que lo analizaron concluyeron que tenía unos 33.000 años de antigüedad y que, por lo tanto, es uno de los cráneos más antiguos y relativamente completos que se han encontrado hasta la fecha, correspondientes a los primeros humanos que poblaron Europa en el Paleolítico Superior. Desde entonces, este fósil, conocido como el cráneo de Cioclovina, se ha convertido en toda una joya de la antropología, por su valor histórico, pero también por el misterio oculto tras las fracturas que presenta. Tras determinar su antigüedad, se hicieron fotografías muy claras del lateral ileso, pero la parte que presentaba al menos dos grietas aparecía borrosa en las imágenes. Nadie supo decir en su momento cómo murió aquel hombre. Ha sido necesario esperar más de ochenta años para que, por fin, se apunte a la causa más probable de la defunción: el asesinato.

CSI prehistórico

Más de ocho décadas después de su hallazgo, un grupo internacional de investigadores, liderados por la paleoantropóloga Katerina Harvati-Papatheodorou, se puso manos a la obra en busca del origen de las lesiones del cráneo de Cioclovina.

Principalmente presentaba dos, una recta y alargada y otra redonda y contundente, que se introducía hacia la parte interna del cráneo, donde en su día debió encontrarse el cerebro. El primer paso fue comprobar si dichas roturas se habían producido en torno al fallecimiento del sujeto o si, por el contrario, eran fruto de la erosión ocasionada por el paso de los años. La respuesta a esta primera cuestión era sencilla, ya que las roturas generadas mucho después de la muerte suelen ser aleatorias, cuadradas y de bordes afiladas, ya que el hueso viejo y seco tiende a romperse de esta forma. Sin embargo, lo que hallaron era muy diferente. Las líneas de las fracturas se desplazaban hacia las áreas estructuralmente más débiles del cráneo y, además, las escamas de hueso salpicaban hacia dentro, lo cual indica que cuando se produjeron todavía había tejido cerebral blando en su interior.

También comprobaron que la herida recta se había producido en primer lugar y después la había seguido la redondeada, ya que sus bordes se extendían justo hasta toparse con la alargada. En cuanto al origen de cada una de ellas, la primera sí podría deberse a una caída, pero la segunda se parecía demasiado a las lesiones que hoy en día se observan en las víctimas de ataques con bates de béisbol y otros objetos igual de contundentes.

Para comprobarlo, utilizaron cráneos artificiales rellenos con gelatina de balística y reprodujeron sobre ellos varios posibles orígenes de las heridas, desde caídas hasta golpes accidentales o intencionados. Lo que más se asemejó a la segunda lesión fue el escenario en el que se golpeaba el modelo con un bate y contra el suelo. Además, en el cráneo original habían caído trozos de hueso hacia atrás, por lo que se deduce que el fallecido se encontraba cara a cara con su agresor. Aunque no se puede hacer un análisis más conciso de lo sucedido, por no disponer del resto del esqueleto, los autores de este estudio, publicado en PLoS One, han concluido que posiblemente el hombre se cayó huyendo de alguien, haciéndose la primera herida, y posteriormente fue alcanzado por este, que lo mató al golpearlo con un palo o garrote.

No es el primero

Hay muy pocos restos fósiles de la época en Europa, por lo que no es fácil saber si la violencia interpersonal era habitual en las primeras sociedades humanas del continente. Sin embargo, no es el primer caso hallado en condiciones similares.

El más antiguo de todos ellos tiene 436.000 años y fue hallado precisamente en España, en el la Sima de los Huesos, de Atapuerca. Se trata de un adulto preneandertal, que murió después de recibir dos fuertes golpes en la frente, justo por encima del ojo izquierdo. También hay algunos casos en neandertales, pero son más frecuentes en Homo Sapiens, como explica en declaraciones para La Vanguardia el investigador del Institut Català de Paleoecologia Humana i Evolució Social (IPHES) Carlos Lorenzo.

Señalaba el filósofo Jean Jacques Rousseau al ser humano como un buen salvaje, al que la vida en sociedad corrompe y empuja a la violencia. Sin embargo, parece ser que los comportamientos violentos, por desgracia, son mucho más antiguos de lo que apuntan este tipo de concepciones. Pero ni siquiera eso los justifica.