El consumo de tabaco durante la gestación es un gran factor de riesgo, tanto para el feto como para la madre. La mayoría de consecuencias resultantes de este hábito nocivo se manifiestan durante el embarazo o inmediatamente después, a través de abortos, partos prematuros, bebés con bajo peso al nacer y otras muchas complicaciones. Sin embargo, algunos se detectan mucho después del nacimiento, cuando podría parecer imposible que aquellos cigarrillos pudiesen seguir jugando malas pasadas.

Por ejemplo, numerosos estudios demuestran que la calidad del semen de los varones cuyas madres fumaron durante su gestación es peor que la de los hijos de mujeres que no lo hicieron. Por esta y otras muchas razones, la mayoría de embarazadas, aun siendo fumadoras habituales, deciden dejar el tabaco, al menos durante el tiempo que duren el embarazo y la lactancia. Sin embargo, no todo el peso recae en ellas. Los padres consumidores de tabaco convierten a sus hijos nonatos en fumadores pasivos, acarreándoles también perjuicios similares, aunque con menos intensidad. En lo referente al semen, varios científicos han demostrado que también puede verse alterado por este motivo. Sin embargo, la mayoría de estudios al respecto eran muy pequeños y no tenían en cuenta factores de confusión, como la edad, el consumo de alcohol, el índice de masa corporal y, por supuesto, el tabaquismo materno. Por eso, un equipo de científicos de la Universidad de Copenhague ha llevado a cabo un nuevo estudio que corrige los errores de los anteriores, pero aporta la misma conclusión: el tabaco del padre también puede afectar a los espermatozoides del bebé que está por nacer.

Consecuencias a largo plazo

Para la realización del estudio se hizo el seguimiento de 778 hombres jóvenes, nacidos de madres inscritas en la Cohorte Nacional Danesa de Nacimientos entre 1996 y 2002.

A todas las progenitoras se les realizó en la semana 16 de gestación una encuesta en la que tenían que aportar información, tanto sobre sus hábitos con el tabaco como los de sus parejas. Pasado un tiempo, cuando sus hijos varones cumplieron 19 años, se sometieron a una prueba de semen, en la que se analizaron los parámetros básicos de concentración, recuento total, movilidad y morfología de los espermatozoides. Para ello se usó un método de análisis que ajustaba otros factores, como el tabaquismo y la edad materna, el IMC antes del embarazo, el consumo de alcohol y cafeína, la edad paterna, el estado ocupacional de los dos progenitores y el tiempo de abstinencia del hijo antes de proporcionar la muestra. Así, todos podían compararse por igual.

De este modo, se comprobó que los hijos de padres fumadores, cuyas madres no habían consumido tabaco, tenían una concentración de espermatozoides de media un 8% más baja que el resto y un recuento total un 9% menor. Los autores del estudio reconocen que no es una cifra alarmante y que supone un deterioro a la fertilidad mucho menor que ciertas condiciones anatómicas, como la criptorquidia, consistente en testículos que no han llevado a cabo un descenso completo. Sin embargo, es suficiente para demostrar que, efectivamente, el tabaquismo de un padre puede afectar a la salud reproductiva futura de sus hijos.

Sí que son cifras preocupantes las de las madre, pues los hijos de aquellas que fumaron en el tiempo que duró la gestación, o incluso un poco antes, tuvieron una reducción del 26% en la concentración de espermatozoides y un 46% en el recuento total. Si a esto se le suma un padre que también consume cigarrillos, las posibilidades de ser abuelos en un futuro van en descenso.

Los resultados de este estudio se han presentado hoy en la reunión anual de la Sociedad Europea de Reproducción Humana y Embriología, celebrada en Viena.