Durante la madrugada del pasado domingo 23 de junio un intenso temblor despertó a los vecinos de una pequeña zona rural ubicada en el distrito de Ahlbach, en el centro de Alemania. En un principio creyeron que se trataba de un terremoto. Sin embargo, lo que encontraron al salir de sus casas acabó rápidamente con esa teoría, pues un gran cráter de 10 metros de ancho se había formado en mitad de los campos de cebada.

Pensaron entonces que podría tratarse del impacto de un asteroide, pero tampoco parecía haber rastro de él. ¿Quizás se había desintegrado? Para saber con seguridad de qué se trataba, se llevó a cabo una inspección de la zona con ayuda de aviones no tripulados, hasta dar finalmente con el verdadero origen del misterioso temblor: la explosión de una bomba de la Segunda Guerra Mundial.

Cráter de Ahlbach (Boris Roessler / DPA / AFP)

Un suceso común en Alemania

Se calcula que los aviones aliados lanzaron sobre Alemania durante la Segunda Guerra Mundial entre 1’9 y 2’7 millones de toneladas de bombas, de las cuáles entre el 5% y el 15% no explotaron, por lo que siguen apareciendo esporádicamente, pudiendo causar heridas e incluso la muerte, tanto a los artificieros que intentan desactivarlas como a los civiles que las encuentran por casualidad. Muchos de estos últimos son albañiles, que dan con ellas durante su labor, provocando ese estallido que había permanecido dormido durante décadas.

El distrito de Ahlbach fue una de las zonas más frecuentadas por el ejército alemán durante su retirada al final del conflicto, por lo que es uno de los puntos calientes, pero ni mucho menos el único. De hecho, solo un día después de la explosión en los campos de cebada se dio un caso similar a las afueras de Frankfurt, donde la aparición de dos bombas hizo necesaria la evacuación de 2.500 personas. Pero en realidad la región más afectada por este tipo de sucesos es el estado de Brandenburg, donde se calcula que se han hallado unas 631 toneladas de bombas sin estallar desde que terminó la guerra.

Por lo general, cuando una de estas bombas se detecta se puede actuar de dos formas. Si es lo suficiente estable como para poder sacarla y llevarla a una zona más segura para desactivarla o provocar una explosión controlada es la opción principal. Sin embargo, en algunas ocasiones el paso del tiempo las ha vuelto tan inestables que la más mínima manipulación terminaría haciéndola estallar, por lo que se debe actuar in situ.

El problema es que esto último es cada vez más frecuente, hasta el punto de que se cree que en no demasiados años ya no será posible desactivarlas de forma segura. ¿Pero a qué se debe exactamente esa inestabilidad? Y, lo que es más importante, ¿por qué no estallaron en su día?

Cuando el relieve compite con la química

Las bombas de explosión retardadas fueron muy utilizadas en un principio por los propios alemanes, que ya las lanzaban sobre las zonas republicanas durante la Guerra Civil Española. Más tarde las usarían también sobre **Varsovia y Londres***, provocando que finalmente los aliados decidieran pagarles con su misma moneda.

Aunque la composición de los proyectiles de Estados Unidos e Inglaterra era ligeramente diferente, el mecanismo de retardo era prácticamente el mismo: un frasco lleno de acetona se colocaba sobre una especie de aleta en la que se encontraban una serie de discos de celuloide, de modo que al caer sobre ellos la acetona estos se disolverían y dejarían al descubierto el percutor amartillado, listo para activar la explosión. El objetivo de este tipo de bombas era que no explotaran en el acto, sino más tarde, durante las maniobras de evacuación y limpieza, ya que en ese momento podrían causar más daños. Por lo general, se diseñaban de modo que explotaran entre 2 y 146 horas después de tocar suelo. Esto se conseguía modificando el número de discos de celuloide. A más discos, más tiempo se retrasaría el estallido.

Aunque la mayoría de veces cumplían su objetivo, podía ocurrir que la bomba cayera de modo que el mecanismo no pudiera actuar correctamente. Por ejemplo, en la ciudad de Oranienburg, en la que se han hallado muchas de estas bombas retardadas, el suelo es blando, pero con una capa de grava dura debajo. Esto provocaba que al colisionar se giraran, quedando la aleta hacia arriba, de modo que la acetona estaría por debajo y no gotearía sobre los discos. El problema es que el celuloide sí que puede degradarse con el paso del tiempo, dando lugar a la explosión muchos años después. Incluso cualquier mínima vibración podría acelerar el proceso.

Según explicó en 2008 un experto en eliminación de bombas retirado en el medio de comunicación alemán Spiegel, podría realizarse un rastreo sistemático de zonas como Brandenburg, donde se produjo la concentración de los últimos miembros del ejército alemán cuando el soviético logró alcanzar la ciudad de Berlín. La búsqueda exhaustiva de estos y otros puntos calientes permitiría encontrar la mayoría de estas bombas antes de que sea demasiado tarde. Sin embargo, requeriría un desembolso económico que se está destinando en otras cuestiones consideradas de mayor prioridad.

Por eso, con el paso de los años estas bombas han seguido y seguirán apareciendo poco a poco, como vertidas por un mortal cuentagotas; que, por desgracia, aún sigue sumando nuevas muertes al saldo de una guerra finalizada hace más de 70 años.

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