La naturaleza no entiende de guerras. Un conflicto bélico puede separar familias, romper amistades, sembrar muerte y desolación, incluso a veces parece que para el tiempo. Pero lo que no puede hacer la guerra es detener a la naturaleza.

Por eso, en 1938, ni las bombas ni los balazos que tantas vidas arrancaron mientras España se resquebrajaba en dos mitades pudieron impedir que el cielo se tiñera con uno de los fenómenos más bellos de la naturaleza. Una aurora que con sus luces rojas y verdes iluminó el firmamento de un país en plena guerra civil. El suceso fue interceptado en varios observatorios y descrito por periodistas y expertos durante toda la jornada posterior. Sin embargo, pasó casi totalmente desapercibido a los españoles, que en aquella época estaban demasiado acostumbrados a ver luces y resplandores en el cielo. Pero no, esta vez las bombas no eran las causantes del resplandor.

Una aurora fuera de lo habitual

Las auroras son el resultado de la excitación de los átomos de gas de la atmósfera a causa de las partículas cargadas procedentes de los vientos solares. Por lo general, suelen verse solo cerca de los polos, pues son desviadas por el campo magnético hasta llegar a ellos, donde este campo es mucho más débil. Sin embargo, si la actividad solar es suficientemente intensa, pueden darse en otras zonas del planeta.

En España se han registrado varias a lo largo de la historia. Las primeras fueron un conjunto de hasta doce auroras, acaecidas entre los años 1788 y 1789, y detectadas por el médicoFrancesc Salvá, que pasó 46 años anotando el estado del cielo de Barcelona, por creer que los fenómenos derivados de la contaminación que se daban en él podrían tener alguna implicación sobre la salud de las personas. Sus anotaciones han sido muy estudiadas en la posteridad, tanto por historiadores como por científicos, que han apoyado la teoría de que aquellas luces descritas por él fuesen auroras, ya que en aquella época se dio una actividad solar muy intensa en esa región.

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Más tarde se han documentado otras, como las que se dieron en 1989 y 2003, pero sin duda la más famosa, por su implicación histórica, es la que iluminó el cielo español el 25 de enero de 1938. Los periódicos de la época la describieron como “un gigantesco abanico abierto hacia el cielo” o “una intensa ráfaga de luz rojiza que semejaba el resplandor de un gran incendio”.

En general todos lo describían como un resplandor rojizo, pero también con algunas tonalidades verdes, lo cual lleva a pensar que se originó en una zona alta de la atmósfera, donde la excitación del oxígeno dio lugar a la formación de luz en esos colores.

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Se originó entre las 7 y las 8 de la tarde, aunque permaneció en el cielo aproximadamente hasta la media noche. En cuanto a las zonas de avistamiento, principalmente se vio desde Madrid, donde algunos periódicos recogieron que podría haberse dado un incendio en El Pardo, pero también fue divisado en otras ciudades, como Alicante. Pero en ninguna de ellas llamó la atención de muchas personas. Su tonalidad principalmente rojiza invitaba a pensar que podría tratarse del resplandor de las bombas o de alguno de los muchos incendios que estas originaban. Por eso, a pesar de ser uno de los fenómenos más deseados, que a todo el mundo le encantaría ver, quienes tuvieron la oportunidad de vivirlo en primera persona aquel día ni siquiera fueron conscientes de su suerte. Y es que, paradójicamente, coincidieron la suerte de ver una aurora muy lejos de los polos, con la mala fortuna de vivir en una época en la que la sinrazón humano llevó a una guerra cuyas consecuencias, ya diluidas, seguimos sacudiéndonos los españoles. Lógicamente, ellos solo fueron conscientes de lo segundo.