El pasado 11 de noviembre, durante 20 minutos se detectaron una serie de ondas de baja frecuencia en sismógrafos de prácticamente todo el planeta, desde Nueva Zelanda hasta Canadá, pasando por otros países, como Egipto, Kenia o Chile. Hubiese podido cundir el pánico si no fuese porque ningún ser humano sobre la faz de la Tierra percibió ningún tipo de temblor.

El misterioso hallazgo despertó el interés de científicos de todo el mundo, que se pusieron manos a la obra, en busca de su origen. Las primeras respuestas llegaron unos meses más tarde, cuando se comenzó a plantear la posibilidad de una erupción volcánica submarina. Era la teoría que más cuadraba, por lo que la vista de todos estos investigadores se enfocó en ello, terminando finalmente con una expedición cuyas primeras conclusiones aparecen en un artículo publicado ayer en Science.

MAYOBS - CNRS/IPGP/IFREMER/BRGM

La erupción submarina más grande

Aunque el suceso de noviembre se detectó en un radio de 18.000 kilómetros, fue fácil rastrear su origen hacia un punto situado a 24 kilómetros de las costas de Mayotte, una isla francesa situada entre África y Madagascar.

En esa misma área se llevaba detectando desde mayo un enjambre sísmico. Este es un fenómeno consistente en el desarrollo de un conjunto de eventos sísmicos en un área concreta, durante un periodo de tiempo que puede ir desde días hasta meses.

Se sabe que este tipo de sucesos geológicos pueden ocurrir como preámbulo de una erupción volcánica, por lo que varios científicos, apoyados por la Oficina de Investigaciones Geológicas francesa, plantearon que esta pudiese haber sido la razón del misterio. Sin embargo, no había constancia de la existencia de ningún volcán que hubiese podido entrar en erupción en dicha zona. Era necesario viajar hasta allí, por lo que varios institutos gubernamentales franceses enviaron recientemente a un grupo de científicos a bordo del buque de investigación Marion Dufresne. Tras su llegada, encontraron un gran volcán activo submarino, que se elevaba 800 metros desde el fondo y se extendía en una distancia de 5 kilómetros de ancho. Pero lo más curioso es que solo seis meses antes ese volcán no estaba ahí.

Parecía claro que el nacimiento de aquel volcán podría ser la causa de las ondas de baja frecuencia detectadas en noviembre, pero era necesaria más investigación para saberlo. Con este objetivo, colocaron varios sismómetros en el fondo marino, a 3’5 kilómetros de profundidad, y usaron un sonar que les permitía mapear las profundidades oceánicas. Los datos obtenidos de ambas herramientas, junto con la información que ya tenían sobre la isla permitieron elaborar un modelo computacional del comportamiento geológico de la zona. Todo esto mostró la existencia de una gran cámara de magma, ubicada entre 20 y 50 kilómetros por debajo de la superficie, que podría haber estado filtrando magma al fondo marino, donde se encontraría con el agua fría. Esto provocaría que la corteza se agrietara, dando lugar a la salida de un penacho de material volcánico, que ascendería hasta no más de 2 kilómetros. Esta sería la razón por la que nada se vio ni apenas se sintió en la superficie.

Aparte de todo esto, los datos de GPS de la isla muestran también que esta está hundiéndose poco a poco. En el tiempo analizado se había movido diez centímetros hacia el este, además de hundirse 13 centímetros. Todo esto parece ser el resultado de una intensa actividad geológica, posiblemente porque el volcán ha comenzado a derrumbarse y encogerse.

El ministro de interior francés ha anunciado en un comunicado de prensa que todas estas conclusiones proceden de una investigación aún en curso, que tiene movilizado al gobierno, con el fin de tomar las medidas necesarias para caracterizar y prevenir mejor los riesgos que este fenómeno pudiera representar.

Aún falta más investigación al respecto, pero parece que el misterio del pasado noviembre está cerca de dejar de serlo.