Florence Nightingale: la mujer que salvó a miles de militares sin pisar las trincheras

En la Guerra de Crimea, esta enfermera salvó a miles de enfermos y demostró a través de la estadística la importancia que tiene mantener una buena higiene para evitar infecciones.

Por – May 12, 2019 - 8:30 (CET)

Tal día como hoy, en 1820, nacía en Florencia una niña inglesa que de mayor pondría su granito de arena para cambiar el mundo, mostrando la importancia de buscar siempre la evidencia científica, especialmente cuando hay vidas en juego. La bautizaron en honor a la ciudad en la que nació: Florence. Florence Nightingale.

También conocida como la Dama de la Lámpara o el Ángel de Crimea, esta joven no se dejó doblegar nunca por las imposiciones de la época, que consideraban como único objetivo de las mujeres de su clase casarse con hombres de alta cuna y traer hijos al mundo. Gracias a ello, se convirtió en uno de los personajes más importantes de su época, además de un referente histórico, tanto en el campo de la enfermería como en el de la estadística.

Enfermera contra viento y marea

Florence pertenecía a una familia adinerada. Hija de un rico terrateniente y una mujer perteneciente a un adinerado clan de comerciantes, desde muy pequeña nadó en la abundancia y se codeó con personas de las más altas esferas. Sin embargo, ella era más sobria y a menudo solía evitar las muchedumbres y los lujos. Prefería visitar la aldea cercana a su casa, en la que frecuentemente ayudaba a cuidar a los pobres y los enfermos.

Pronto comprendió que debía convertir esta vocación en profesión e informó a su familia sobre su decisión de estudiar enfermería. Por aquel entonces no solo estaba mal visto que una joven de buena familia cambiara el matrimonio por los estudios; sino que, además, concretamente ese oficio estaba mal visto, por considerarse propio de mujeres de mala vida. Por eso, la noticia fue muy mal recibida por sus padres, que intentaron hacerla cambiar de opinión por todos los medios. Pero no había nada que meditar, por lo que Florence terminó matriculándose en esta carrera en 1850, en la Institución de Diaconisas Protestantes de Kaiserswerth, Alemania.

Poco después volvió a Londres, donde comenzó a ejercer como enfermera, en el Hospital de Harley Street, con muy buenos resultados. Además, paralelamente ejerció como voluntaria en un hospital de Middlesex durante un brote de cólera, que le ayudó a comprender la importancia de la higiene para evitar enfermedades y tratar con éxito las ya existentes. Este era su día a día cuando, en 1853, Gran Bretaña, Francia, el Imperio Otomano y el Reino de Cerdeña se aliaron contra el Imperio ruso, en la conocida como Guerra de Crimea. El inicio de la contienda hizo necesaria la construcción de hospitales en los que los militares heridos y enfermos se acumulaban por cientos, en unas condiciones de salubridad deplorables, sin apenas profesionales para atenderlos. Al ser informada sobre esta situación Florence no dudó en reunir a un equipo de enfermeras y viajar hasta Scutari, donde se había erigido el Hospital Británico de Constantinopla.

Al llegar allí la joven enfermera vio que el edificio estaba construido sobre un pozo de agua estancada, que empeoraba todavía más las condiciones de salubridad del mismo. Los roedores, así como otras plagas, campaban a sus anchas, mientras que los enfermos languidecían rodeados de suciedad, llegando al punto de que se originaban más muertes por enfermedades como el tifus o el cólera que por las propias heridas de guerra. Además, el exceso de enfermos había llevado a que productos de primera necesidad, como el jabón, escasearan notablemente.

Por todo esto, el primer paso de este grupo de enfermeras fue llevar a cabo una limpieza a fondo del hospital, ayudadas en algunas ocasiones por los ingresados de menos gravedad. También se añadió una vigilancia más exhaustiva de los enfermos. La propia Florence pasaba las noches paseando entre las hileras de camas, alumbrada solo por un pequeño candil, que le valió el apelativo de “Dama de la lámpara”. En el tiempo que permaneció en el hospital las muertes de los soldados ingresados allí cayeron de un 43% a un 2%. Sin embargo, ni siquiera esas abrumadoras cifras valieron para convencer a los oficiales médicos, que desconfiaban de ella y opinaban que la mejoría de los enfermos nada había tenido que ver con la adecuación de las condiciones higiénicas del hospital.

Consciente de que su condición de mujer no le ayudaría para enfrentarse a las ideas de aquellos hombres, Florence decidió esgrimir una de las armas más potentes de las que dispone la ciencia: las matemáticas. Durante su juventud había recibido una educación clásica, basada principalmente en los idiomas y las matemáticas, logrando destacar especialmente en estas últimas. Sabía que sus conocimientos en estadística le valdrían para demostrar las razones que habían llevado a la disminución de la mortalidad, por lo que procedió a reunir todos los datos que había registrado desde su llegada al hospital y exponerlos de modo que apoyaran la idea que quería mostrar. En cada caso, utilizaba también lo que se conoce como un grupo control. Por ejemplo, comparaba las cifras de mortalidad de heridos en el hospital antes de su llegada con las de otros soldados con lesiones similares que, por el contrario, fueron tratados directamente en los campamentos erigidos en el lugar de la contienda. Las tasas de mortalidad eran claramente más altas en el hospital, por lo que se podía ver que, efectivamente, había algo en él que estaba haciendo que empeoraran, y se trataba precisamente de la falta de higiene. Además, comenzó también a desarrollar gráficos de sectores, que hacían los datos más intuitivos para personas que no estuvieran familiarizadas con la estadística.

Su trabajo sirvió también para desmentir otra idea muy arraigada en la época. Se solía decir que no valía la pena formar a las enfermeras, pues las tasas de mortalidad eran mucho menores si los enfermos eran cuidados por mujeres sin formación. Sin embargo, ella sabía que esto se debía a que a estas últimas les solían adjudicar enfermos menos graves, por lo que procedió a realizar análisis que comparaban a pacientes con una misma afección, tratados por enfermeras con y sin formación. Así, demostró que, si las condiciones eran las mismas, las primeras tenían resultados claramente mejores.

Por todo esto, como bien explican Edzard Ernst y Simon Singh en una parte de su libro ¿Truco o Tratamiento? dedicada a ella, a día de hoy se la considera como una de las primeras defensoras de la medicina basada en la evidencia.

Una heroína que trabajó desde la cama

A su vuelta a Inglaterra, Florence fue recibida como una heroína. La reina Victoria le hizo entrega de un broche dorado, así como un premio de 250.000$, que la enfermera invirtió en la construcción de un nuevo hospital y una escuela de formación para enfermeras. Afortunadamente, su profesión ya no estaba mal vista. Con su trabajo y su tesón logró que muchas jóvenes quisieran ser como ella, incluyendo las procedentes de buena familia, a las que antes solo se les permitía pensar en el matrimonio.

Así fue como empezó una larga carrera como defensora de la enfermería y la medicina basada en la evidencia, para la que dio multitud de clases y conferencias, llegando incluso a impartir algunas desde su cama. Y es que, durante su estancia en Crimea, contrajo una infección bacteriana, llamada brucelosis, que la tuvo postrada en la cama durante buena parte del tiempo que pasó desde sus 38 años, hasta su muerte, que tuvo lugar en 1910, cuando contaba 90 años de edad.

Desde entonces ha recibido múltiples homenajes. Varios hospitales en Turquía e Inglaterra llevan su nombre, cuenta con múltiples monumentos en su honor, e incluso es una de las pocas mujeres científicas que han sido protagonistas de la imagen de un billete, concretamente uno de 10 libras. Todos estos homenajes son pocos para una mujer que se hizo valer, por encima de los prejuicios de la época, enseñando el valor de las matemáticas y el método científico y, sobre todo, demostrando la importancia de basar siempre la medicina en la evidencia científica. Qué pena que en nuestros días, más de un siglo después de su muerte, esto sea algo que todavía haya que seguir explicando a mucha gente.