Aunque la mayoría de especies de castor se encuentran catalogadas como estables en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza, en el pasado se convirtieron en animales muy codiciados, por un gran número de razones. A principios del siglo XIX la población de estos mamíferos en buena parte de su hábitat disminuyó notablemente a causa de la caza indiscriminada iniciada con el fin de comercializar su piel y su carne.

Pero esos no eran los únicos recursos que los seres humanos han explotado de estos simpáticos roedores semiacuáticos. Algunas especies de castor han sido también muy preciadas desde tiempos inmemoriales por un peculiar tesoro oculto en su ano. Sí, por jocoso que parezca, su bien más codiciado es una sustancia secretada por sus glándulas anales, conocida como castóreo o castoreum.

Una medicina “milagrosa”

El castóreo es una secreción oleosa de las glándulas anales del castor, utilizada por él, tanto para acicalarse como para marcar territorio. Diversos estudios sobre este aceite han hallado en su composición hasta veinticuatro compuestos diferentes, en los que destacan algunas feromonas, como el catecol, alcaloides como la nupharamina, y otras sustancias, como la salicilina, precursora del famoso ácido acetil salicílico.

Es precisamente este último ingrediente el que se vincula con el uso tradicional que se ha dado a esta sustancia durante miles de años para el tratamiento de diferentes enfermedades. Pero no solo se utilizaba con fines analgésicos, sino que también era el componente principal de otros fármacos, desde antipiréticos hasta antiinflamatorios, pasando por medicamentos para la tos, la dismenorrea o la “histeria”. Esta última era una falsa enfermedad femenina muy diagnosticada durante la época victoriana, que solía cursar con síntomas como insomnio, retención de fluidos, irritabilidad o pérdida de apetito y que se trataba normalmente a través de un masaje pélvico o de los genitales, hasta que la paciente llegaba al orgasmo. Con el tiempo se descubrió que normalmente ese malestar procedía de la insatisfacción sexual de las mujeres, que al contrario de lo que la sociedad de la época intentaba forzar a creer, buscaban en sus relaciones mucho más que tener hijos. Pero hasta que esto se comprendió, el castoreum era uno de los medicamentos utilizados para su tratamiento.

Otro uso era el otorgado por los romanos, que creían que al quemarse esta sustancia emitía vapores con propiedades abortivas. Incluso algunos tratados de medicina bizantinos incluyen el castóreo entre los compuestos utilizados para el tratamiento de enfermedades otorrinolaringológicas, como la amigdalitis, los vértigos o las roturas de la membrana timpánica.

En la actualidad todas estas aplicaciones médicas han caído en desuso por falta de evidencia científica, por lo que solo se sigue usando en algunos remedios homeopáticos.

No cura, pero se come

Cuando comemos unas galletas de vainilla tendemos a imaginar que ese placentero sabor procede de las exóticas vainas de la orquídea. En ciertas ocasiones esto es verdad. La sustancia responsable del sabor, llamada vainillina, se extrae de estas vainas, previamente impregnadas en alcohol. De dicho proceso se obtienen hasta 250 componentes relacionados con tan agradable aroma, pero la mayoría de ellos desaparecen al calentarse. Además, estas vainas solo se obtienen de orquídeas con flores polinizadas en unas pocas regiones tropicales del mundo, haciendo muy complicada y, sobre todo, cara su recolección. También se puede recurrir a la síntesis química del saborizante, aunque es igualmente un proceso costoso. Por eso, algunas empresas se encargan de la búsqueda de aditivos alternativos, que también puedan dotar a los alimentos del mismo sabor a vainilla. Y entre ellas nos encontramos de nuevo con el castoreum.

Esta sustancia fue aprobada como generalmente segura para el consumo humano por la Food and Drug Administration(FDA). Sin embargo, su obtención tampoco es especialmente sencilla. En la antigüedad se sacrificaban los castores para después vaciar sus glándulas anales. Sin embargo, actualmente existen granjas en las que se crían estos animales, que deben frotarse con una especie de contenedores en los que se libera la secreción oleosa, como si estuviesen marcando territorio. Las cantidades obtenidas son muy bajas, de ahí que sea un saborizante poco utilizado, con un consumo aproximado de 132 kilogramos por año, según el Manual de ingredientes de sabor de Fenaroli. Estos datos incluirían su consumo como sustituto de la vainillina, pero en menor cantidad también para potenciar el sabor a fresa en algunos productos.

Un curioso ingrediente para perfumes

Algo más común es su uso en la industria del perfume, aunque con el tiempo se ha cambiado por un sustituto sintético. En el pasado se dejaban secar las glándulas anales del castor durante un mínimo de dos años, para obtener un compuesto de olor similar al cuero, muy preciado para la fabricación de perfumes. Se ha utilizado para la fabricación de un gran número de perfumes de marcas de alta gama, como Givenchy III, Chanel Antaeus o Shalimar de Gerlain.