A pesar de la gran cantidad de información de la que disponemos hoy en día sobre los peligros del tabaco, muchos fumadores prefieren seguir consumiéndolo, bajo la premisa de que “de algo hay que morir”. El problema es que la libertad individual de elegir un hábito nocivo es algo que puede ir unido al alcoholismo o al consumo de algunas drogas, pero no al tabaco, pues fuma la persona que aspira el cigarrillo, pero también todas las que hay a su alrededor, principalmente amigos y familiares.

Esta es la razón por la que cada vez son más los lugares públicos en los que se prohíbe el consumo de tabaco. Sin embargo, es imposible imponer reglas dentro de la casa del fumador, por lo que ahí es él el que debe tener en cuenta los peligros que supone el humo para sus seres queridos. Cada vez son más los estudios llevados a cabo al respecto y los resultados no son para nada positivos, pues sacan a la luz un gran número de patologías que pueden sufrir estos fumadores pasivos, que en muchos casos resultan ser niños pequeños. Uno de los últimos estudios acaba de ser publicado en la Revista Clínica de la Sociedad de la Sociedad Americana de Nefrología por un equipo de científicos coreanos, que concluyen que el “humo de segunda mano” aumenta notablemente las posibilidades de contraer una patología conocida como enfermedad renal crónica.

¿Qué es un fumador pasivo?

Se consideran fumadoras pasivas aquellas personas que, sin ser consumidoras de tabaco, están expuestas frecuentemente al humo, tanto el que libera el cigarrillo como el que expulsa el individuo que lo está consumiendo. Estar en contacto con él no es un problema menor. De hecho, según la Organización Mundial de la Salud, de las 7 millones de personas que mueren cada año a causa del tabaco, 890.000 lo hacen a causa del humo ajeno.

Esta misma institución calcula también que aproximadamente 700 millones de niños en todo el mundo respiran aire contaminado por el tabaco y que suponen un porcentaje importante de las personas fallecidas por este motivo. ¿Pero cuáles son exactamente las consecuencias de su consumo?

Desde obesidad hasta cáncer

Según un estudio publicado en 2014 en American Journal of Physiology: Endocrinology and Metabolism, la exposición frecuente al humo del tabaco disminuye la sensibilidad de las células a la insulina, de modo que es necesario sintetizar más de esta hormona para que ejerza su función, con el consiguiente aumento en la síntesis de grasas. El resultado es una mayor posibilidad de alcanzar obesidad, tanto para los fumadores directos como para los pasivos.

Pero este no es el único problema que se ha asociado con el tabaquismo indirecto. También son frecuentes los trastornos cardiovasculares y respiratorios, siendo muchas veces los niños las personas más susceptibles, aunque las consecuencias se desencadenen en la edad adulta. Por ejemplo, un estudio publicado en agosto de 2018 en American Journal of Preventive Medicine apunta la exposición continuada al humo del tabaco durante la infancia puede aumentar la probabilidad de morir a causa de enfermedad pulmonar obstructiva crónica (EPOC) durante la edad adulta.

Además, diversos trabajos científicos recuerdan que el cáncer provocado por el tabaco no es solo cosa de fumadores. De hecho, según la Asociación Española contra el Cáncer, el riesgo de padecer cáncer broncopulmonar se incrementa en un 35% en los fumadores pasivos. También aumentan las posibilidades de padecer un infarto, entre un 25% y 35%.

El último efecto descubierto

Ahora, un equipo de investigadores coreanos ha descubierto que no solo el corazón y los pulmones resultan dañados. También puede ser muy perjudicial para el riñón.

Para comprobarlo, se utilizaron los datos de 131.196 pacientes, que habían participado en el Estudio de Genoma y Epidemiología de Corea desde 2001 hasta 2014. Todos ellos se clasificaron en tres grupos, según la frecuencia con la que se exponían al humo del tabaco: sin exposición, menos de tres días semanales o tres o más.

Finalmente, analizaron la posibilidad que tenían de desarrollar enfermedad renal crónica. Concretamente, los dos últimos grupos tuvieron respectivamente una posibilidad 1’44 veces y 1’48 veces mayor que la de los que no se exponían al humo en toda la semana.

Además, se realizó un análisis adicional en el que participaron 1.948 pacientes, a los que se les realizó un seguimiento de algo más de 8 años, para comprobar las posibilidades de recibir un nuevo diagnóstico del trastorno. En este caso, las posibilidades fueron un 59% más altas para los que se exponían al tabaco menos de tres días a la semana y un 66% para los que fumaban pasivamente con más frecuencia.

Sobran los motivos para intentar dejar el tabaco o, si no es posible, al menos fumar en solitario.