El pasado mes de agosto, un tribunal de San Francisco condenaba a Monsanto a indemnizar con 289 millones de dólares a Dwayne Johnson, un jardinero estadounidense que acusó a la multinacional de ser responsable del cáncer terminal que padecía. Según él, el tumor había aparecido a causa del contacto continuo que había tenido con el glifosato para combatir las malas hierbas de los jardines del colegio en el que trabajaba.

La sentencia avivó aún más si cabe la batalla iniciada entre ecologistas y científicos, con una opinión muy diferente sobre los efectos que puede ocasionar sobre la salud el producto comercializado bajo el nombre de Roundup.

Ahora, una nueva demanda vuelve a poner entredicho a la empresa, después de que un hombre de 70 años achaque el cáncer que padece a las décadas que pasó utilizando el mismo producto para combatir las malezas de su jardín. De momento, una primera fase del juicio ha dado la razón al demandante, al admitir que el glifosato pudo tener parte de responsabilidad en el desarrollo de la enfermedad, aunque aún será necesaria una nueva etapa, en la que el jurado establecerá la responsabilidad y los daños.

Un nuevo envite al glifosato

Edwin Hardeman, de 70 años, es un ciudadano de California que utilizó Roundup entre 1986 y 2012 para combatir las malezas y el roble venenoso que crecían año tras año en los terrenos de su propiedad. Pasado todo ese tiempo, terminó desarrollando un linfoma no Hodgkin, el mismo tipo de tumor que sufre también Johnson. Sus abogadas, Aimee Wagstaff y Jennifer Moore, aseguran que su cliente había utilizado el producto frecuentemente, diluido en 8 litros de agua y que en algunas ocasiones llegó incluso a tocar su piel. Por este motivo consideran que puede haber una relación entre ambos fenómenos, de ahí que pusieran en 2016 una demanda contra Monsanto, en la que alegan que la multinacional tenía motivos de sobra para conocer la peligrosidad de los componentes de su herbicida.

El grupo alemán Bayer, que compró Monsanto el pasado mes de junio, ha rechazado estas acusaciones, argumentando que miles de personas desarrollan cada año en los Estados Unidos este tipo de tumor y que la mayoría de ellas no han estado en contacto con su producto.

Además, según ha asegurado su portavoz, Dan Childs en un comunicado emitido por medios como The Guardian, se apoyan firmemente en que la ciencia afirma que los herbicidas a base de glifosato no causan cáncer. Por otro lado, confían en que la segunda etapa del juicio evidencie que Monsanto actuó debidamente y, por lo tanto, no debería ser responsable de la enfermedad del denunciante.

Solo en Estados Unidos, Monsanto se enfrenta a más de 9.000 denuncias por casos similares, que podrían tomar fuerza si la resolución definitiva los apuntara como culpables. De momento, el juez de la causa, Vince Chhabria, ha aprobado la petición de la multinacional estadounidense para prohibir a los abogados de Hardeman levantar acusaciones sobre posibles conspiraciones o abuso de influencias en la investigación científica. Y no solo se aceptó la petición, sino que se puso en práctica después de que el magistrado amenazara a una de las abogadas con sancionarla y bloquear su intervención en el momento en que empezó a acusar a los fabricantes de Roundup de tener influencias en los reguladores gubernamentales y la investigación del cáncer.

Tan cancerígeno como la carne roja

La mayoría de denuncias establecidas contra Monsanto por casos como este suelen mantener que la empresa debería haber avisado en el etiquetado de la peligrosidad del uso de glifosato. Sin embargo, como explicó a Hipertextual para un artículo anterior la doctora en Bioquímica y Biología Molecular Rosa Porcel, al menos en España los agentes catalogados en el nivel 2A, en el que se encuentran tanto el glifosato como los trabajos en turno nocturno o la carne roja, no tienen por qué avisarlo en su etiquetado.

Este nivel del NTP 465 del Ministerio de Trabajos y Asuntos Sociales de España engloba a productos o fenómenos para los que existen pruebas limitadas de su carcinogenicidad en humanos y pruebas suficientes de la misma en sujetos de experimentación animal. Además, en algunos casos concretos también se podría incluir un agente en este grupo si existen pruebas inadecuadas de su carcinogenicidad en humanos y pruebas suficientes en animales de experimentación.

Por lo tanto, no hay pruebas concluyentes de que el cáncer de Hardeman, como el de Johnson, fuese originado por el uso de glifosato, al menos únicamente. Podrían intervenir otros muchos parámetros, como predisposición genética o diversos factores ambientales.

Sea cual sea la resolución definitiva, todos estos litigios están golpeando duramente a Bayer, cuyas acciones se han desplomado un 30% desde que cerrara su acuerdo con Monsanto en junio.