El pasado 10 de agosto, un tribunal de San Francisco, en los Estados Unidos, condenaba a Monsanto a indemnizar con 289 millones de dólares al jardinero Dwayne Johnson.

El hombre, de 49 años, culpa a la multinacional norteamericana del cáncer terminal que contrajo, según sus declaraciones, a causa del glifosato que solía usar para eliminar las malas hierbas del jardín del colegio en el que trabajaba.

La noticia ha causado un gran revuelo, no sólo en Estados Unidos, sino también en el resto de países en los que los grupos ecologistas llevan años cargando contra este herbicida, que en 2015 fue clasificado por la Agencia Internacional para la Investigación del Cáncer (IARC) en el grupo 2A, de agentes “probablemente carcinógenos para el ser humano”.

Uno de los herbicidas más seguros

A pesar de su mala fama, el glifosato es uno de los herbicidas más seguros que actualmente se encuentran en el mercado. Actúa inhibiendo la síntesis de algunos aminoácidos, que son las “piezas básicas” para la formación de proteínas indispensables para la vida de las plantas. La ruta metabólica sobre la que interfiere es exclusiva de organismos vegetales, por lo que no presenta apenas toxicidad en animales.

Además, las plantas no lo absorben por las raíces, sino a través de las hojas, y tiene un tiempo de vida muy corto, de no más de 22 días, de modo que no se acumula en el medio. Todo esto lo convierte en un agente mucho menos tóxico que algunas otras sustancias de uso cotidiano, como el paracetamol que tantos dolores de cabeza alivia.

Por descontado, también es mucho más seguro que otros herbicidas, como las atrazinas, que sí que actúan sobre una vía metabólica presente en algunos animales, como los anfibios. Otra alternativa muy peligrosa es el Paraquat, ya que sí que afecta a la salud de los seres humanos, provocando daños graves en los pulmones, el esófago, los riñones y el hígado. Estos dos productos están prohibidos en Europa, pero siguen usándose en países como Estados Unidos, donde precisamente ha tenido lugar la reciente demanda a Monsanto.

Una clasificación controvertida

Durante años, el glifosato, que se empezó a comercializar en 1974 bajo el nombre comercial Roundup, estaba clasificado en el grupo 4, de agentes probablemente no carcinogénicos para humanos.

Sin embargo, en 2015 subió el escalafón hasta situarse tres peldaños más arriba. Según el NTP 465 del Ministerio de Trabajos y Asuntos Sociales de España, que establece cuáles son los criterios de clasificación de sustancias carcinogénicas, la IARC establece que un agente debe ser clasificado en el grupo 2A cuando existen pruebas limitadas de la carcinogenicidad en humanos y pruebas suficientes de la misma en sujetos de experimentación animal. Además, en algunos casos concretos también se podría incluir un agente en este grupo si existen pruebas inadecuadas de su carcinogenicidad en humanos y pruebas suficientes en animales de experimentación.

He aquí donde entra en juego la determinación llevada a cabo en su momento por este organismo, que se basó en que los estudios epidemiológicos analizados mostraban resultados contradictorios. Algunos concluían que existe una mayor probabilidad de contraer un linfoma no Hodgkin-como el que padecía el demandante- después de exposiciones prolongadas al herbicida. Sin embargo, otros no encontraban ninguna vinculación entre el uso del glifosato y la probabilidad de desarrollar un cáncer.

Por otro lado, como explica la doctora en Bioquímica y Biología Molecular Rosa Porcel en un artículo sobre el tema en The Conversation, la decisión de la IARC estuvo muy señalada en su momento, después de que se descubriera que la agencia había omitido información clave, además de usar una metodología poco clara y contar con un posible conflicto de intereses entre los miembros del comité evaluador.

Desde entonces, numerosos estudios, algunos llevados a cabo también por programas pertenecientes a la OMS, como la misma IARC, han demostrado la baja probabilidad de que el glifosato pueda causar cáncer en seres humanos. Entonces, ¿a qué se debe la sentencia?

Etiquetado y causalidad

“Estados Unidos es muy exigente con estas cosas. Hay demandas multimillonarias por casos similares” asegura Rosa Porcel a Hipertextual.

La razón a la que se ha aferrado el jurado popular responsable de la sentencia ha sido que el producto no especificaba en el etiquetado que podría causar cáncer. La pregunta es, ¿realmente sería necesario?

Al menos en España, las sustancias pertenecientes al grupo 2A, entre las que se encuentran la carne roja o el mate caliente, no avisan en su etiquetado del posible peligro que suponen. De hecho, como también cuenta Porcel a este medio, tampoco lo están algunas del grupo 1, como el alcohol. Incluso a día de hoy se sigue bombardeando a la población con las supuestas ventajas de un consumo moderado de esta sustancia, perteneciente a la categoría de mayor riesgo, según la IARC.

Sí que es cierto que en Estados Unidos son más estrictos con temas como las bebidas alcohólicas, en cuyo etiquetado debe aparecer un aviso gubernamental en el que se advierte que las mujeres embarazadas no deben beberlas, que puede afectar a la capacidad para conducir y manejar maquinaria pesada y que pueden causar problemas de salud.

De cualquier modo, ¿se puede asegurar que Johnson contrajo el cáncer a causa del glifosato o quizás también pudieron intervenir otros agentes, como las carnes procesadas o el alcohol? ¿Podría estar predispuesto genéticamente? Son muchos los factores que pudieron intervenir y es muy difícil establecer cuáles fueron los que intervinieron en el triste desenlace del demandante.

En ciencia es importante entender que correlación no implica causalidad y que muchas veces, aunque pueda parecerlo, un fenómeno no tiene que ser la causa de otro simplemente por haber aparecido unido a él. Vale la pena recordarlo en casos como este.

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