Corría el mes de octubre de 2015 cuando Michael (nombre ficticio), un joven estadounidense de catorce años, fue ingresado de urgencia en un hospital psiquiátrico, después de autodenominarse como “hijo del diablo” y amenazar con suicidarse por miedo a asesinar a sus familiares o amigos. Además de todo esto, había comenzado a manifestar diversas fobias y un miedo irracional a que su gato quisiera matarlo.

Hasta entonces había sido un chico sano, social, atlético y académicamente activo, sin ningún problema mental, aunque sí que tenía algunos antecedentes familiares de este tipo de trastornos. Los síntomas que manifestaba parecían los mismos que los de pacientes con esquizofrenia, pero en estos casos no es habitual que surjan de una manera tan repentina. De cualquier modo, se procedió al tratamiento habitual con antipsicóticos, aunque no con buenos resultados, pues los brotes siguieron durante quince meses, en los cuales requirió cuatro hospitalizaciones.

Pasado todo este tiempo se determinó presentar su caso a un equipo médico multidisciplinar, formado por especialistas de diferentes áreas, en busca de un origen poco habitual a sus síntomas. Fue durante estos análisis cuando uno de los médicos que lo trataban encontró en su piel la pista que les llevó hasta el verdadero culpable de su enfermedad, que resultó no ser otro que ese gatito al que tanto temía durante sus alucinaciones.

Crédito: Breitschwerdt et al., JCNSD, 2019

Esquizofrenia causada por una infección en la piel

Uno de los médicos que trataron al niño estaba realizándole un chequeo cuando encontró en sus muslos y tobillos una serie de marcas, similares a las estrías, en las que no habían centrado antes su atención. 7

Este tipo de lesiones pueden ser el resultado de una infección cutánea causada por una bacteria, frecuentemente transmitida por los mordiscos o arañazos de los gatos, la Bartonella henselae. La familia del paciente había adoptado en 2010 a dos gatos callejeros, que estaban frecuentemente en contacto con el niño, por lo que era muy posible que le hubiesen transmitido la bacteria.

Inmediatamente los doctores se pusieron sobre una nueva línea de investigación, que comenzó con un análisis de sangre que confirmó la infección. Hasta entonces se sabía que este microorganismo, que generalmente provoca hinchazón y lesiones localizadas, también puede ocasionar síntomas más graves, especialmente a nivel del corazón y el sistema nervioso. En este último, se habían documentado algunos casos con episodios de confusión, entre otros problemas neurológicos, pero nunca tan marcados como los de Michael. Sin embargo, la infección resultó ser una clara responsable del fenómeno, pues los síntomas remitieron casi totalmente en cuanto se empezó el tratamiento con antibióticos.

Es la primera vez que se describe un caso similar con esta bacteria, aunque no es el único en el que un patógeno transmitido por los gatos controla la mente de sus víctimas. Este es el caso de Toxoplasma gondii, un protozoo parásito que puede infectar a diversas especies, aunque sus hospedadores principales son los felinos. Por ese motivo, es común ver a ratones infectados por él que se sienten extrañamente atraídos por la orina de los gatos o se colocan frente a ellos sin el más mínimo instinto de supervivencia. También se han dado casos similares con chimpancés que de repente dejan de temer a los leopardos. El protozoo quiere llegar hasta el felino y para ello manipula el cerebro del hospedador, convirtiéndolo en una marioneta a su merced.

En el caso de los humanos se han observado casos de agresividad e impulsividad, que podrían tener una explicación relacionada con nuestros antepasados, ya que este arrojo durante la caza les hacía víctimas fáciles para jaguares y otros animales similares.

La historia de Michael aporta otro hilo del que tirar a profesionales de la psiquiatría que se encuentren con pacientes en una situación similar. Por eso, los médicos que lo trataron lo han publicado esta semana en un artículo de Journal of Central Nervous System Disease.