A menudo, cuando hacemos las cosas mal y no obtenemos los resultados que deseamos, solemos decir que “andamos para atrás”. Prácticamente todo lo que hacemos en la vida tiene el objetivo de evolucionar, por lo que retroceder no suele ser un buen presagio, sea cuál sea el contexto. Por eso, los resultados del estudio que acaba de publicarse en PNAS sobre la evolución del clima de la Tierra son bastante desalentadores.

Dicho trabajo ha sido llevado a cabo por científicos de la Universidad de Wisconsin-Madison, a Universidad de Bristol, la Universidad de Columbia, la Universidad de Leeds, el Instituto Goddard de Estudios Espaciales de la NASA y el Centro Nacional de Investigación Atmosférica de los Estados Unidos. En él, utilizan varios modelos diferentes para estudiar cómo evolucionará el clima terrestre en un escenario en el que las emisiones de gases de efecto invernadero siguen su curso actual y en otro en el que se supone que estas disminuyen notablemente. Especialmente en el primer caso, pero también en el segundo, los resultados se pueden comparar con momentos del pasado del planeta muy lejanos, en los que al ser humano aún le faltaba mucho para existir.

Una marcha atrás vertiginosa

Para la realización del estudio, se utilizaron datos de la Ruta de Concentración Representativa 8.5 (RCP8.5), que representa un escenario climático futuro en el que no mitigamos las emisiones de gases de efecto invernadero, y RCP4.5, en el que las reducimos moderadamente. Además, se emplearon simulaciones climáticas basadas en tres modelos diferentes.

En todos los casos los resultados eran prácticamente los mismos. Con un mantenimiento de las emisiones, para el 2030 habríamos alcanzado un clima similar al del Plioceno Medio, que tuvo lugar hace 3 millones de años. En un escenario RCP4.5 se tardaría un poco más, alcanzando esos niveles en 2040, pero también se retrocedería rápidamente. Esta etapa geológica se caracteriza por una temperatura global entre 1’8 y 3’6ºC por encima de la actual. Además, fue el momento en el que se formó el Himalaya.

Por otro lado, si se mantienen las emisiones actuales se concluye que para 2100 comenzaríamos a acercarnos al Eoceno, teniendo una situación muy similar en 2150. En aquella época, que se dio hace 50 millones de años, apenas había hielo, lo que hoy es el Ártico estaba ocupado por bosques pantanosos y las temperaturas globales eran 13ºC más elevadas que las que tenemos en la actualidad.

El problema de todo esto es que, como señalan en un comunicado de prensa los autores del estudio, la mayoría de especies de la actualidad tenían un antepasado que superó estas épocas con éxito, pero no hay constancia de qué podría ocurrir si el cambio se produce tan rápido.

Del centro a los extremos

El modelo concluye también que todos estos cambios comenzarán a producirse en el centro de los continentes y luego se expandirán hacia los extremos. Así, poco a poco las temperaturas irán incrementándose, aumentarán las precipitaciones y las capas de hielo se derretirán, de modo que el clima de los polos se hará más templado.

De cualquier modo, estos investigadores añaden un toque de optimismo al estudio, al recordar que gracias al abandono de buena parte de los combustibles fósiles y otras medidas dispuestas en todo el mundo, las emisiones de gases de efecto invernadero podrían disminuir mucho más rápido de lo que se ha tenido en cuenta para la elaboración de los modelos, por lo que el futuro de nuestros descendientes no tendría por qué ser tan negro como parece. Eso sí, para eso no debemos dar ni un paso en falso en la reducción de sustancias contaminantes. Un pequeño paso podría suponer millones de años hacia atrás en el reloj climático.