No terminará el año sin que el sector de los medios de transporte compartidos utilice sus últimos segundos dando la nota. Ya sea en España, o en el resto del mundo, los sistemas de patinetes eléctricos o bicicletas compartidas no pasa por su mejor momento.

En España, algunas ciudades no ven con buenos ojos la irrupción por todo lo alto de los vehículos de dos ruedas que, hasta hace dos días como quien dice, eran considerados juguetes. Madrid, por su parte, aún debate sobre la mejor forma de gestionar y organizar la avalancha de compañías que se postulan para entrar en la ciudad. Con fecha prevista para el 15 de enero del año entrante, el paradigma de los patinetes en Madrid tiene todos los visos de convertirse en una suerte de servicio privado con estructura pública. ¿Será rentable a los ojos de las grandes tecnológicas internacionales? De momento, es una circunstancia que aún está por comprobarse, pero cuenta con un mal precedente.

Al otro lado de la historia, otro sector compartido que no ha tenido demasiados buenos resultados en occidente. Un fenómeno directo de China, que ya apuntaba complicado desde el primer minuto. Bicicletas compartidas en la mayor parte de las grandes capitales europeas, compitiendo muchas de ellas con los servicios públicos de cada Ayuntamiento. Precios bajos con la idea de competir con el global de la voraz oferta que competía en cada ciudad, vehículos baratos y pesados, dudosos modelos de negocio y poca contemplación por la compleja cuestión del vandalismo. Recordemos la imagen del gran número de bicicletas hacinadas en las calles, fuentes, ríos o parques de las capitales. En poco tiempo, la mayor parte de los modelos en circulación se convirtieron en 'trastos' ocupando un hueco dentro del espacio público de las ciudades. Pronto, los diferentes Ayuntamientos crearon normativas que obligaban a dichas compañías a enfrentarse a la licitación pública necesaria para explotar su negocio en dichas regiones. Y empezó la desbandada general.

Con un claro ganador en la batalla, dejando a un lado los servicios públicos de bicis, la oferta se redujo a un único competidor. Mobike se abría paso para hacerse con toda la cuota de usuarios –no demasiado amplia en España–. Y en el camino se queda auna de las mayores compañías operando desde China. OFO, la entidad de los modelos amarillos, se despedía de España para seguir con su vía crucis fuera de la Península; al mismo tiempo que se enfrentaba a la duda de qué hacer con todas esas bicis que se dejaban por el camino.

Y la tortura llegó a China

Replegándose, poco a poco, cada vez más a su país de origen, la matriz de OFO no pasa por su mejor momento. Desde hace meses, los fabricantes chinos que servían a este tipo de compañías ya lanzaron el aviso: los pedidos se redujeron de forma masiva por parte de las grandes compañías. Esto solo podía significar una cosa: el negocio de las bicis compartidas perdía brillo dejando en la estacada a un gran número de proveedores que florecieron bajo este sector. Y no solo eso, por el camino se dejaban un sinfín de facturas impagadas. Los peores temores a los que se enfrentaba el sector comenzaban a hacerse realidad. Una estructura similar a la vivida por parte de los patinetes a día de hoy.

Los más de 2.000 millones de dólares de financiación, que OFO fue capaz de recaudar un un número de inversores nacionales e internacionales, se fueron por el desagüe. Los costes de los modelos baratos, pero numerosos, para afrontar la entrada en todas las regiones que la tecnológica estaba buscando conquistar fueron demasiado fuertes. Sin tener en cuenta las diferentes culturas, usos y situación de las ciudades, el negocio de la bici compartida quiso hacer tábula rasa con el total de los países a tratar. Error.

Ahora, pocos son los fondos que soportarían el sistema de la tecnológica: sin usuarios potenciales y sin potencial de crecimiento, el dinero dejó de fluir. Ahora, OFO ha sido demandada por impagos a los mencionados proveedores. Logística y fabricantes son solo algunos de los sectores que se están enfrentando a la multinacional que ha perdido gran parte de sus unidades en el fondo de los ríos.

Ahora, el resultado es que los usuarios, los pocos que conserva OFO, están plagando los platos rotos. En China, la tecnológica pedía un depósito de 99 yuanes, unos 14 dólares, –que luego aumentarían a 199– para poder hacer uso del servicio. Ahora, cientos de usuarios están reclamando su devolución. Las arcas, casi vacías de OFO, no son capaces de afrontar un nuevo pago con destino en sus clientes.

Un giro en la crónica de una muerte anunciada que le ha dado las claves al negocio del patinete para no caer en la misma piedra.