– Dic 18, 2018, 10:00 (CET)

No, las familias por maternidad subrogada no existen

Jordi Évole confunde a los espectadores con su mirada sesgada y exigua sobre los vientres de alquiler.

Los medios de comunicación tienen un enorme protagonismo en los discursos que se generan en una sociedad. Su deber es nutrir los debates ciudadanos con información relevante y veraz, y poner al servicio de la colectividad hechos contrastados.

Sin embargo, en ocasiones, algunos medios generalistas se sirven de su prestigio para favorecer los intereses de quienes los financian, pasando por información aquello que no es más que una visión parcial y amarillista. Este es el caso, por ejemplo, del programa Familias reales, emitido por Antena 3 a mediados del mes de septiembre, donde se blanqueaba deliberadamente la práctica de la gestación por sustitución integrándola como un modelo de familia más.

Un documental cargado de hipocresía

El debate en torno a los vientres de alquiler lleva tiempo en la calle. Ante los que se esfuerzan por dejar claro que se trata de una práctica que supone una grave vulneración de los derechos humanos, hay quienes vomitan sus argumentos reduccionistas y falaces, entorpeciendo el debate y trasladando el foco según su interés. En esta ocasión, hacia la cara más vistosa de la relación comercial: los contratantes.

El programa comenzaba con un escueto documental, a cargo de la productora de Jordi Évole, en el que, después de recoger los testimonios de varias familias no tradicionales, se presentaba el caso de una pareja de españoles que acudía a Canadá a presenciar el nacimiento de su hija tras contratar a Daniela, la mujer que se había ofrecido a gestar para ellos. Pero la pieza, lejos de ahondar en las implicaciones de la maternidad subrogada, pasaba por alto los temas más controvertidos de la misma, mostrando una realidad partidista y tramposa.

La cadena daba a conocer la emotiva vivencia de una pareja de hombres a los que las circunstancias personales habían obligado a acudir a esta práctica para cumplir su sueño de ser padres. En pocos minutos repasaba su historia, acompañaba su viaje hasta Canadá y recogía la emocionante asistencia de ambos padres al parto, cerrando la idílica epopeya con una imagen de los dos varones y la recién nacida, Greta, haciendo el llamado piel con piel.

Tras este fastuoso ejercicio de emotividad no es extraño que a cualquiera le den ganas de encargar su propio recién nacido. Para lo cual la cadena no escatimó en recursos, poniendo al servicio del espectador toda la información habida y por haber sobre dónde, cómo y a qué precio se puede llevar a cabo esta práctica fuera de las fronteras de nuestro país, ya que en España los contratos de gestación por sustitución no tienen validez legal.

Pero esta aparentemente inocente programación para la noche de un lunes, resulta ser en realidad un peligroso ejercicio de manipulación, pues esconde esa oscura parte de la realidad que quienes se sitúan a favor de los contratos de gestación subrogada tanto se esfuerzan por silenciar: la vulneración de los derechos de las mujeres y los recién nacidos.

Daniela es presentada como una mujer generosa y altruista a la que le hace feliz entregar a unos desconocidos la criatura que ha gestado durante nueve meses. Sin embargo, aun no negando su más que cuestionable optimismo, no podemos obviar las circunstancias que rodean al hecho. Daniela es una inmigrante latina en Canadá con un menor a su cargo, a la que se utiliza para satisfacer el deseo de una pareja de perpetuar su carga genética.

Fotograma 'Familias Reales'

Durante todo el documental, Daniela no se muestra más que como un instrumento al servicio de los indiscutibles protagonistas de la historia, sus patrocinadores, los denominados “padres intencionales”. La verdadera madre desaparece, en sentido figurado y literal, después de cumplir, no sin complicaciones, con el fin para el que había sido contratada. Una vez entregada Greta, que no es otra cosa que el producto del contrato, Daniela no vuelve a aparecer, y tampoco es invitada a participar en el programa posterior, donde sí se habla con la pareja contratante.

A lomos del amarillismo

Lejos de hacer gala del rigor periodístico del que un día pudo presumir, en esta ocasión Évole incurre en una grave falta de responsabilidad y un vergonzante ejercicio de cinismo al presentar el deseo de unos pocos como una necesidad social, y pone en marcha una falacia muy peligrosa cuando habla de la maternidad subrogada como un modelo más de familia.

Bajo la apariencia de una historia de vida, el programa intenta hacernos deglutir una visión acrítica embadurnada de sentimentalismo que oculta los mecanismos socioeconómicos bajo los que se desarrolla la práctica y obvia de manera deliberada sus consecuencias. Algo que solo fomenta la invisibilización, una vez más, de las verdaderas protagonistas de esas historias: las mujeres gestantes.

Como afirma Noelia Adánez, socióloga experta en género, “la libertad es que Daniela tenga opción a un trabajo en Canadá que no implique tener que traer una criatura al mundo, con todos los riesgos y el proceso de transformación que eso va a desencadenar en su vida, para poder pagarse el alquiler durante doce meses".

Porque eso es miseria, es reducir los derechos humanos y a las personas a la miseria más absoluta”.

Este tipo de acciones inducen a los espectadores a la confusión, creando una falsa imagen de la realidad, y contribuyen a la normalización de una práctica que supone una grave vulneración de los derechos humanos. Los medios tienen un papel fundamental en la formación de la opinión pública, y una irresponsabilidad de esta envergadura no se puede considerar como un desliz, sino más bien como un ejercicio de desinformación deliberada. Una realidad que nos recuerda lo imprescindible que resulta mantener siempre una mirada crítica.