Todos los cinéfilos y los lectores habituales de ciencia ficción y fantasía están al corriente de que ambos géneros se estrechan la mano en no pocas historias, y si resultan memorables, sólo sirven para pasar un rato entretenido o habría que destruir sus copias es indiferente para constatar su imbricación. Pero a lo que no estamos acostumbrados en exceso es a que se utilicen iconos tecnológicos reales en aventuras fantásticas, tal como ocurre en Goosebumps 2: Haunted Halloween, la primera secuela sobre el universo terrorífico juvenil del escritor estadounidense R. L. Stine, dirigida por el californiano Ari Sandel (When We First Met) en sustitución del hawaiano Rob Letterman (El espantatiburones), con la Torre Wardenclyffe del famoso ingeniero serboamericano Nikola Tesla (1856-1943).

Uno de los mayores intereses de este inventor era transmitir energía de forma inalámbrica y, si ya había demostrado que era posible para distancias pequeñas en su laboratorio de Colorado Springs y con un barquito en una feria del Madison Square Garden de Manhattan en 1898, se propuso construir singulares estaciones nada menos que para enviar electricidad y mensajes por todo el planeta: el Sistema Mundial Inalámbrico, lo llamaba él. Con esta intención, supo persuadir al banquero John Pierpont Morgan para que le procurase la financiación que necesitaba a finales de 1900, levantar la primera de las mismas y así conseguir el envío de comunicaciones al otro lado del océano antes que el italiano Guglielmo Marconi, que ya había elaborado el primer método de transmisión por radio comercialmente exitoso en 1894.

Su idea era conectar la torre a una gran bobina de las suyas, un transformador eléctrico cuya patente registró en 1891, y lanzar ondas de corriente longitudinales a través del globo y a una frecuencia de resonancia específica que las podría volver estacionarias, por lo que los puestos de recepción actuarían como tales sea cual fuere la distancia entre los unos y los otros. Pero, al contrario de lo que aseguran machaconamente los tenaces conspiranoicos que también insisten con que los inventos de Nikola Tesla podrían procurarnos energía libre, su ídolo no conocía la ionosfera en absoluto ni cómo influye en la dispersión de las ondas electromagnéticas, que además sólo son transversales, hertzianas, y al seguir en sus errores, demostraba padecer un considerable sesgo de confirmación.

Tal como dice el historiador Bernard Carlson en las páginas de su libro Tesla: Inventor de la era eléctrica, “parece haber buscado sólo evidencia para confirmar sus hipótesis y no buscar nada que pudiera desmentir sus teorías”. El caso es que diseñó con el arquitecto Stanford White la dichosa torre, de madera, cincuenta y siete metros de altura y una cúpula enorme y semiesférica de metal con veintiún metros de diámetro, junto a la que se situaría el edificio de telecomunicaciones y experimentación de estilo renacentista. Fueron erigidos así en unos terrenos de la neoyorkina Shoreham, en la costa norte de Long Island, después de que J. P. Morgan rechazase en 1901 invertir más dinero para que la torre llegara a los noventaiún metros y batir a Guglielmo Marconi, que había enviado señales radiofónicas entre Francia y Reino Unido.

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El inventor italiano usó su radiotelégrafo para transmitir la letra ese en código Morse, dos meses después del inicio de la costrucción de la Torre Wardenclyffe, entre Inglaterra y la lejana isla canadiense de Terranova, un gran disgusto para el bueno de Nikola Tesla. Pero no quiso desesperarse: logró terminar la torre en 1902; las instalaciones ardieron un día en parte al rebasar la potencia límite, pero nunca funcionó; y sus pruebas continuaron hasta 1905, momento en que sus patentes de corriente alterna vencían, privándole de la única financiación que le restaría cuando, en octubre de 1906, el inversionista William Rankine falleció de un ataque cardíaco. Y, para rematar, Stanford White se había liado con la actriz Evelyn Nesbit (Redemption) y el marido de esta, Harry Kendall Thaw, le había asesinado por ello en junio.

Ante la inseguridad económica, el gerente de las instalaciones, George Scherff, se marchó en busca de otro empleo. En 1915, por sus deudas contraídas con George Boldt, dueño del hotel Waldorf-Astoria, donde residía, este se apropió de Wardenclyffe y, aunque el edificio sigue en pie, la torre de los sueños de Nikola Tesla fue demolida dinamitándola en julio de 1917. Por esto último, en Goosebumps 2 han modificado su suerte, y la torre de comunicaciones inalámbricas fallida continúa alzándose en la localidad imaginaria que toma su nombre, de manera que el peligroso muñeco de ventrílocuo Slappy la use con el propósito de transmitir su magia perversa y amplificar sus efectos, que consisten en dar vida a cuantos objetos inanimados propios de las historias de terror puedan unirse a la familia devastadora que quiere formar.