A algo más de setecientos metros de altitud sobre el nivel del mar, Erice recibe al visitante envuelto en un ambiente medieval. Sobre sus calles empedradas cuenta la leyenda que aterrizó Dédalo tras escapar de la trampa mortal del laberinto y ver cómo su hijo, Ícaro, quemaba sus plumas por acercarse demasiado al Sol. La villa acoge hoy en día la sede del Centro Ettore Majorana de Cultura Científica. Un lugar que homenajea a uno de los físicos más destacados de Italia del último siglo y que desapareció misteriosamente hace ochenta años.

Ettore Majorana nació en 1906 en Catania, situada en el extremo opuesto a Erice, en el seno de una familia acomodada de Sicilia. El joven, que desde pequeño había demostrado ser un niño prodigio, comenzó los estudios de Ingeniería en Roma, que abandonó poco después para dedicarse por completo a la Física. Así comenzaría una corta pero extraordinaria carrera científica, primero realizando la tesis doctoral con Enrico Fermi —creador del primer reactor nuclear— y luego trabajando junto a Werner Heisenberg en Alemania y a Niels Bohr en Dinamarca.

"Hay muchas categorías de científicos en el mundo; aquellos en el segundo o tercer nivel lo hacen lo mejor posible pero nunca llegan muy lejos. Después está el primer nivel, esos que hacen descubrimientos importantes, fundamentales para el progreso científico. Pero luego están los genios, como Galileo y Newton. Majorana fue uno de ellos", afirmó Enrico Fermi, premio Nobel de Física de 1938, en unas declaraciones recogidas por Antonino Zichichi, a la sazón director del centro de Erice.

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Guerra y Robotti (Universidad de Roma)

La huella que Majorana dejó en la historia de la ciencia, no obstante, "sigue siendo inadecuada para su monstruoso talento", según Giorgio Parisi, profesor de la Universidad de Roma La Sapienza. El siciliano se dedicó en parte a estudiar la naturaleza de los neutrinos y de sus antipartículas, aunque fue reacio a publicar sus descubrimientos. Hasta la fecha de su desaparición, Ettore Majorana —que formaba parte del grupo de muchachos de la vía Panisperna, por la calle romana donde se localizaba el instituto donde trabajaba en sus comienzos— solo difundió nueve artículos científicos. El décimo apareció después de su supuesta muerte.

Su última publicación —tras años de silencio académico— fue realizada en 1937, solo un año antes de la misteriosa desaparición de Ettore Majorana. La razón es que el italiano tenía que postular a la cátedra de Física Teórica de la Universidad de Nápoles, lo que le obligó a dar a conocer los resultados obtenidos durante los años anteriores. Fue en la capital de Campania donde se comienza a perder el rastro del que muchos consideran el mejor discípulo de Fermi, aunque otros defiendan que su mayor genialidad fue su propia desaparición.

Las hipótesis sobre la desaparición de Majorana

En Nápoles, Majorana sacó todo su dinero y escribió una carta al director del centro donde trabajaba, Antonio Carrelli, avisándole de una "decisión inevitable", aunque luego se desdijo en un telegrama posterior. El 25 de marzo de 1938, fecha en la que oficialmente desapareció, el físico iba a tomar un barco que le trasladaría hacia Palermo. A partir de ahí el destino de Majorana es un misterio, que ha llegado incluso a la gran pantalla. Algunas voces, como la del escritor siciliano Leonardo Sciascia, defienden que el físico huyó ante la amenaza del posible desarrollo de la bomba atómica, como la que acabaría destruyendo Hiroshima y Nagasaki —una idea que postula a Ettore como una especie de visionario—.

Otros, como el físico Zichichi —con grandes conexiones con la Iglesia católica— aseguran que Majorana mantenía una fuerte "fe espiritual", lo que le habría llevado a recluirse en un monasterio al sur de Italia. La hipótesis de que Ettore no falleció en aquel aciago marzo de 1938 es apoyada por científicos de la Universidad de Roma, quienes tras analizar documentación histórica postulan que su verdadera muerte ocurrió en septiembre de 1939. Su investigación se basa en la convocatoria de una beca en memoria de Majorana por parte de los jesuitas, que fue anunciada en noviembre de 1939. Las teorías más llamativas sugirieron incluso un posible secuestro o su transformación en un vagabundo, al que llamaban hombre-perro, con extraordinarias habilidades en Matemáticas y que vivía en los alrededores de Trapani.

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Algunos de sus compañeros, como el también premio Nobel Emilio Segrè, defendieron en su día la idea del posible suicidio de Ettore Majorana, que se habría arrojado al mar en su viaje en barco hacia Sicilia. Entre los que propugnan esta hipótesis, también hay quien asegura que la razón de la desaparición pudo deberse a una homosexualidad nunca aceptada por su entorno, como apunta el ensayista Stefano Roncoroni. Su familia, según Zichichi, siempre rechazó la teoría del suicidio —e incluso algún pariente del siciliano no descartó que hubiera huido hacia Sudamérica—. Esta posibilidad fue apoyada por el hecho de que algunos testigos identificasen a alguien parecido a Majorana en países como Argentina y Venezuela en las décadas posteriores.

Ochenta años después de su desaparición, el misterio sobre Ettore Majorana continúa. Su nombre, en la entrada del centro de Erice, recuerda todavía hoy la historia del físico siciliano, cuyo rastro se esfumó el mismo año que Fermi recibió el Nobel. La entidad celebra estos días su Escuela Internacional de Periodismo Científico —a la que ha sido invitado Hipertextual—, centrada en la investigación en física fundamental. Unos pasos más allá de la sede del Centro Ettore Majorana, en la Piazza della Loggia, una pancarta de Amnistía Internacional recuerda a otro científico italiano desaparecido, Giulio Regeni, torturado y asesinado en 2016 en Egipto mientras realizaba su doctorado por la Universidad de Cambridge, por motivos que aún no han sido esclarecidos.