La búsqueda de vida extraterrestre se ha basado en las últimas décadas en dos planteamientos. El primero es la conocida Paradoja de Fermi, formulada hace casi 70 años por el físico Enrico Fermi y que viene a plantear que cómo es posible, si estadísticamente puede haber tantos mundos con vida inteligente en el universo, que aún no hayamos sabido nada de ellos.

Y es que sabemos que el Universo observable es muy grande. Para hacerse una idea, en noches sin contaminación lumínica se estima que se pueden observar desde la Tierra unas 3.000 estrellas, pero solo en nuestra galaxia hay entre 200.000 y 400.000 millones de ellas. Multiplicar esa cantidad por el número de galaxias que se estima que hay solo en el universo observable nos da una cifra demoledora.

Por otro lado, las últimas investigaciones del telescopio Kepler nos dicen que un 20% de todas estas estrellas tienen al menos algún planeta en su zona habitable. Es decir, que estadísticamente tiene que haber en algún lugar vida, y entre todas las posibilidades alguna deberá ser inteligente, pero no la hemos encontrado.

La segunda de estas normas es la ecuación de Drake, ideada por el presidente del instituto SETI Frank Drake en 1961 y que intenta despejar una fórmula que nos diga las posibilidades que tenemos de contactar con vida no terrestre capaz de enviarnos algún tipo de comunicación o recibir las nuestras. Drake tiene en cuenta diversos factores como la existencia de planetas habitables, las posibilidades de desarrollo de vida, y el tiempo que tienen que pasar para que esa vida evolucione, cree una civilización, y nos manden algún tipo de postal del tipo: “Eh, aquí estamos, pero no somos enanos verdes con ojos saltones. Veníamos en son de paz pero ahora por ridiculizarnos os masacraremos”.

Pero uno de los problemas fundamentales es que estos dos planteamientos van cumpliendo años y están quedando algo obsoletos. En 2016 una reactualización de la ecuación de Drake publicada por astrónomos de la Universidad de Rochester introdujo en ella algunos factores nuevos como lo que sabemos ahora de los exoplanetas, y concluyó que las opciones de encontrar vida inteligente (o que nos encuentren) es más alta de lo que se creía en un principio. Sin embargo, si cada vez todo apunta más a que tiene que existir vida inteligente fuera de la Tierra, ¿cómo es que no sabemos nada de ellos? Estas son algunas de las últimas teorías que se han postulado en los últimos años. Y si alguna parece de ciencia-ficción es porque es posible que la literatura haya imaginado escenarios que no eran tan descabellados.

El Principio de Mediocridad

Si una de las teorías más recurrentes -y quizá más fantasiosas- a la hora de pensar por qué no hemos contactado es la hipótesis del zoológico, aquella que dice que los extraterrestres no se comunican con nosotros porque no quieren interrumpir nuestro ciclo de desarrollo, la teoría que toma el Principio de mediocridad es mucho menos aduladora para los humanos. No es que nadie nos contacte porque quieran cuidarnos, sino porque simplemente somos uno más del montón.

El Principio de Mediocridad, inspirado en el planteamiento que llevó a Copérnico a pesar que "La Tierra no podía ser el centro del Universo", se aplica a la astronomía partiendo de la base de que la Tierra y el ser humano no tenemos nada de especial, y que por consiguiente la posibilidad de que haya otros mundos capaces de albergar vida es bastante común. En 2016, investigadores de la Universidad de Cornell aplicaron este concepto a la cuestión de por qué no sabemos nada de formas de vida alienígenas.

Su hipótesis parte -en un tono que nos deja como lo último de la fila- de que la Tierra está en uno de los brazos exteriores de la Vía Láctea, y que apenas llevamos enviando señales de radio al espacio unos 70 años. En consecuencia, y pensando que estas ondas no se han degradado por el camino, solo habrían podido recorrer un 0,12% de la superficie de nuestra galaxia. Según sus estimaciones, habrían pasado por unos 3.505 exoplanetas. Muy pocos dentro de todos los que hay. Es, por así decirlo, como si redujéramos la Vía Láctea al tamaño de una gran ciudad, y una pequeña comunidad que vive en el extrarradio (nosotros) supiera que hay seguro otros vecinos en los barrios más céntricos o en otras ciudades, pero intentara comunicarse con ellos a gritos que no se escuchan más allá de dos manzanas más lejos.

Los investigadores de este estudio cruzaron sus conclusiones con la ecuación de Drake para saber cuándo contactaríamos con alguna otra civilización. Estimaron que para encontrar al menos una capaz de responder, nuestros mensajes deberían recorrer como mínimo la mitad nuestra galaxia, y el tiempo que tardarían no es poco: unos 1.500 años. Esto abre otro melón recurrente cuando se habla de estos temas, si el mensaje llegará a su esperado destinatario antes de que su civilización colapse, o peor aún, antes de que lo haya hecho la nuestra.

El problema de la velocidad de escape

Para lograr que una nave o un satélite abandone un planeta se debe alcanzar lo que se conoce como velocidad de escape, que no es otra cosa que la velocidad que debe alcanzar ese proyectil para 'escapar' de la fuerza gravitatoria del propio planeta. En el caso de la Tierra, esa velocidad es de 40.320 kilómetros por hora.

Otra teoría formulada este mismo año desde el Observatorio Sonneberg en Alemania tiene en cuenta este factor para pensar que quizá un buen número de las civilizaciones extraterrestres inteligentes simplemente no pueden alcanzar la velocidad de escape necesaria para salir de sus planetas. En otras palabras, estarían atrapados. Esta teoría cobra fuerza después de que en los últimos años se hayan encontrado diversos exoplanetas que si bien podrían albergar vida, tienen una masa muy superior a la de la Tierra. El planteamiento, que parece bastante lógico, no tiene en cuenta sin embargo qué tipos de tecnología hayan podido desarrollar estos hipotéticos extraterrestres. Es decir, que igual se teletransportar como en Star Trek (o controlan la propulsión nuclear, sin irnos tan lejos) y para ellos la velocidad de escape es un problema del pasado.

Viven bajo tierra (o sumergidos)

Puestos a elucubrar, cada ingeniero y astrónomo ha podido lanzar su propia teoría, y esta es una de ellas, pero que también llama la atención. Alan Stern, ingeniero aeroespacial y astrofísico que trabajó para la NASA en el proyecto New Horizons, propuso durante un encuentro de la Sociedad Astronómica Americana el año pasado una nueva visión: que los supuestos extraterrestres sean formas de vida submarina en planetas oceánicos.

“Podemos sugerir también que la mayoría de planetas en los que existe vida e incluso civilizaciones pueden ser mundos oceánicos. En ellos, es posible que sus habitantes estén incomunicados debido a las grandes capas de hielo y roca que los separarían de la superficie”, comentó Stern en aquel encuentro.

Su punto de vista alude a que las formas de vida que podría haber en muchos cuerpos celestes que conocemos y que son básicamente mundos de hielo se abrían desarrollado bajo la superficie, en el agua líquida, atrapados en cierto modo bajo un 'cielo' de hielo sólido. Un ejemplo de este tipo de mundos podría ser Europa, el satélite de Júpiter en el que la NASA lleva años investigando el océano subsuperficial que se esconde tras su corteza helada.

El efecto gorila: o por qué pasamos de los extraterrestres

Otra de las teorías más recientes recupera el experimento cognitivo como 'efecto gorila', en el que dos investigadores de los años 90 situaron a dos grupos de jóvenes a pasarse una pelota, mientras un hombre disfrazado de gorila transcurría por la misma habitación. La mayoría de los jóvenes, centrados en su actividad, ni se percataron del gorila, sentando una de las bases de la ceguera atencional. Simplemente, hay muchas posibilidades de pasar por alto algo extraordinario cuando estamos centrados en otra cosa.

Dos investigadores de la Universidad de Cádiz, Gabriel de la Torre y Manuel García, ampliaron a la astronomía este efecto en un trabajo publicado este mismo año. Para ello, propusieron a varios voluntarios mirar imágenes aéreas en las que debían diferenciar las estructuras artificiales (edificios, puentes…) de otras con elementos naturales (montañas, ríos…). En ellas introdujeron además la figura de un diminuto gorila, que buena parte de los observadores pasaron por alto.

La teoría de estos dos investigadores se basa en que, al igual que a veces reconocemos formas que nos resultan familiares en objetos que no tienen nada que ver (lo que se conoce como pareidolia) también puede pasar de forma inversa. Que algo extraño se nos pase por alto, o aplicado en su forma más extrema, que si en alguna misión vemos u observamos signos de vida extraterrestre, no los reconozcamos.

“Si trasladamos esto al problema de la búsqueda de otras inteligencias no terrestres, surge la duda sobre si nuestra estrategia actual puede dar como resultado que no percibamos el gorila”, apuntaba De la Torre tras difundirse el estudio, explicando que “nuestra concepción tradicional del espacio está limitada por nuestro cerebro, y puede que tengamos las señales encima y no las veamos. Quizá no estamos mirando al lugar adecuado”.

Así que sabiendo esto, mejor estemos atentos.