Al hablar sobre los videojuegos más influyentes de la última década es difícil encontrar una lista de nombres definitivos y definitorios pero uno de los que debería aparecer de cualquiera de las formas es Dark Souls. El trabajo de From Software, con Hidetaka Miyazaki a la cabeza (igual que en su precedente, Demon’s Souls) marcó un antes y un después en el RPG y en una industria japonesa que, a principios de los 2000, estaba lejos del increíble estado de forma que mantiene hoy día.

La presencia de la muerte permanente o grandes penalizaciones por ella, sistemas de economía relacionados con el riesgo-recompensa como el centrado en las almas o la figura del jefe final como algo a reverenciar resurgieron y volvieron a formar parte de cientos de proyectos de la industria. Por el camino poco menos que se creó un subgénero propio, el de los Soulsborne (o Soulslike) en sí mismo del que Nioh, The Surge o Salt and Sanctuary son alumnos aventajados. Y bueno, todos hemos oído y leído decenas de veces aquello de "el Dark Souls de" para referirse a videojuegos retantes o con una narrativa tan sutil.

Por todo ello, son muchos los que tienen en Dark Souls una obra totémica a reverenciar, un videojuego que forma parte de ese Olimpo en el que encontramos joyas inolvidables como The Legend of Zelda: Ocarina of Time, Portal, Tetris o World of Warcraft. Por todo eso, eran muchos los que esperábamos con ganas una versión mejorada y puesta al día de lo que ya en 2011 fue un videojuego que no destacó precisamente por su apartado técnico (funestos fueron los inestables paseos por la Ciudad Infestada).

Fue sorprendente, pese a todo, encontrarnos con un anuncio tan temprano de una remasterización apenas siete años después de su lanzamiento original y recién concluida (siempre según Miyazaki y su equipo) la trilogía que inició. Pero habiendo visto recientemente trabajos tan concienzudos y notables como los remakes de Shadow of the Colossus y Call of Duty 4: Modern Warfare, era difícil no ilusionarse por el trabajo de puesta al día en una obra tan relevante de la pasada generación.

Con Dark Souls Remastered ya en la calle, es fácil que esa sensación de euforia inicial se haya difuminado. Demasiado. Y es que, permitidme que dé por sentado que todos somos conscientes de la calidad del videojuego original y su condición de imprescindible y centre este texto en los cambios y novedades en este texto, hablamos de un remozado del todo insuficiente para los tiempos que corren y para el videojuego del que estamos hablando. Eso dejando a un lado la extraña jugarreta de retrasar indefinidamente su llegada a Nintendo Switch.

Sí, Dark Souls Remastered se ve y, sobre todo, funciona mejor que el Dark Souls original y es una gozada disfrutar de la experiencia a 60fps inamovibles e incluso alcanzar las 4K de resolución. No podía ser de otro modo. El problema es que más allá de esto, las mejoras en el terreno gráfico dejan de ser tan evidentes y, en algunos casos, hasta parecen empeorar o emborronar el proyecto original.

Algunos efectos de partículas y de fuentes de luz, como las hogueras, antorchas o almas y objetos a recoger, son mucho más resultones y, aunque no de forma demasiado evidente, las texturas han sido mejoradas. El campo donde más cambios se notan, eso sí, es el de la iluminación y las sombras: son muchos los terrenos, escenarios y modelados que agradecen estos cambios pero, por el camino, también nos topamos con ambientaciones notablemente diferentes de lo que podamos recordar, objetos o pequeñas zonas donde el nuevo sistema de iluminación no funciona igual de bien o texturas extrañas según la luz que reciban, llegando a parecer extrañamente "viscosas". Quizá el aspecto técnico que ha recibido más mejoras sin contraprestaciones sea el del sonido.

Donde este trabajo de remasterización queda más justificado es en la vertiente online de la experiencia, con una infraestructura que funciona mejor que antaño y que ha aumentado el número máximo de jugadores y, sobre todo, puesto las cosas más fáciles para encontrarnos y jugar con amigos. De enhorabuena están también, puesto que es quizá el añadido de contenido totalmente nuevo más relevante, los amantes del PVP gracias a sus arenas 3v3 y combate a muerte entre 6 jugadores.

También son de agradecer, por otro lado, pequeños cambios y mejoras en la interfaz que agilizarán procesos y, en general, nos harán nuestra travesía por Lordran un poco más cómoda. La mayoría heredados de Dark Souls 3, como poder consumir varios objetos a la vez, seleccionar nuestro primer arma manteniendo pulsada la cruceta o cambiar la configuración de nuestros controles que, repito, no dejan de ser eso, pequeños detalles y arreglos.

Con todo, tal y como decíamos, el valor original del videojuego que actualiza hace que Dark Souls Remastered sea un imprescindible para todo el que no lo haya disfrutado hasta el momento en versiones anteriores. Pero eso, o que los aficionados acérrimos agradezcan sobremanera el jugar a 60fps estables en todo momento, no terminan de justificar un trabajo aparentemente innecesario (sobre todo tan pronto y con estos mimbres) y al que se le han puesto tan pocas ganas. Dark Souls merecía una renovación a la altura de los mejores remakes y no un maquillaje sin mimo para cumplir expediente y lanzarse en más plataformas. Una pena.