Son ciclos y, de vez en cuando, surgen casos que resuenan por todo el mundo. La mayor parte de ellos tienen un perfil común: emprendedores que salen de la nada, hechos a sí mismos y tienen una tecnología revolucionaria-probablemente se les llame en algún momento de su carrera "el nuevo Steve Jobs"-, de ahí pasan a levantar grandes cantidades de millones de parte de algunos de los inversores más notables del panorama internacional acompañado de un don natural para convencer a las masas. Con el paso de los años, y ante la ausencia de resultados de los supuestos proyecto estrella, estalla lo inevitable: el gran timo. De ahí, la curva de éxito que subió hasta lo más alto termina diluyéndose hasta, finalmente desaparecer. 

Una historia que se repite con cada vez más frecuencia. Fue el caso de Juicero y sus exprimidores de zumo con Wi-Fi por 700 dólares; su creador, Doug Evans, también quiso ser Jobs. Le siguió el caso del agua cruda, alentado por el mismo aspirante a convertirse en el fundador del nuevo Apple. En España, y en menor medida, los casos también se han reproducido. Toro Nanotec, nanotecnología made in Spain que realmente tenía origen en China. Los móviles Zetta con su bellota identificativa que, casualmente venían también de China y que, de nuevo, casualmente, posicionaron a Unai Nieto como "el Steve Jobs español". Algunos también recordarán el fracaso de Gowex y su Wi-Fi gratis.

La última de la lista ha sido Theranos, la compañía que vendría a cambiar el mundo de los análisis de sangre desde Silicon Valley. Quizá una startup biotecnológica poco conocida en Europa por su verdadera actividad, pero con una fundadora que ha trascendido las barreras de lo mediático.

Con la creación de su compañía a los 19 años, en 2003, Elizabeth Holmes pasó de recurrir a unos 3.000 dólares de ahorros para montar Theranos a convertirse en una de las mujeres más ricas del mundo según Forbes, sin que su fortuna viniese de una herencia familiar. Con 32 años y 4.500 millones de dólares, era la que ocupaba el lugar más alto en la lista. Dejando la Universidad de Standford antes de terminar sus estudios, el mundo pronto llamó a Holmes la "nueva Steve Jobs". 15 años después se le acusa de estafar 606 millones de dólares a sus inversores, hasta el punto en el que se le ha obligado a pagar 500.000 dólares en concepto de multas y a no dirigir ninguna compañía en los próximos 10 años. La SEC (Securities and Exchange Commission) después de investigar durante tres años el caso de Theranos ha determinado que Holmes y el expresidente de la compañía Balwani han incurrido en fraude en los documentos presentados ante los inversores de la compañía. Un caso iniciado por una publicación en The Wall Street Journal después de analizar los documentos presentados ante la Administración de Alimentos y Medicamentos: el resultado fue que, como era de esperar, los análisis propuestos por la tecnológica carecían de evidencia registrando varios fallos. A día de hoy, una compañía que llegó a valorarse en 9.000 millones de dólares tiene un valor prácticamente nulo; de hecho, en 2014, la compañía prometía ganar 100 millones de dólares, pero se quedó en unos modestos 100.000.

Llegados a este punto, lo peor que le pueden decir a un emprendedor, visto lo visto, es que será el próximo Steve Jobs. El concepto empieza a estar maldito.

¿Dónde quedó la ciencia?

Holmes, pese a la sanción de la SEC, sigue defendiendo su tecnología revolucionaria. Sin embargo, los datos no soportan la veracidad de su actividad. Theranos proponía modificar los diagnósticos de diversas enfermedades a partir de análisis con gotas de sangre.

En cuatro horas, comunicaba la compañía en 2013, eran capaces de realizar análisis de sangre completos. Más rápido, más automatizado y a unos precios mucho más baratos que la competencia o que los métodos tradicionales. Añadían, además, un sistema menos invasivo ya que se prescindían de las terrible agujas. Una cápsula del tamaño de una pastilla con sangre, u orina, del paciente era suficiente para realizar cualquier prueba. Las máquinas, ideadas por Theranos y por ella misma, hacían el resto. Ya en 2013, la compañía firmaba un acuerdo con Walgreen´s para realizar todas sus pruebas médicas; todo un gran salto para una compañía nacida en Silicon Valley. La promesa, a partir de ahí, fue la distribuirse a todas las farmacias de Estados Unidos y aplicar el diagnóstico rápido a todos los pacientes del país.

Las cápsulas, después de extraer las muestras de sangre, eran enviadas por mensajería a los laboratorios de análisis. Aquí vino uno de los principales problemas: en este proceso de transporte, las condiciones de las muestras dejaban de cumplir la normativa de conservación. El resultado daba una prueba totalmente contaminada. La cadena de custodia que tanto preocupaba a Holmes fallaba en su primer reto. Luego llegaría el laboratorio, donde, con el paso de los años se han registrado problemas con los equipos de análisis y la ausencia de personal especializado.

El objetivo de analizar millones de muestras se redujo a apenas miles y la tecnología ideada por Holmes no era más que una modificación básica de los modelos comerciales usados por la competencia más tradicional. Pronto, los datos y comparativas empezaron a demostrar los agujeros, incorrecciones y fallos en los resultados de los estudios. Y lo peor de todo: la Agencia demostró en su documento de más de 100 páginas que Theranos, aún sabiendo que sus análisis no eran correctos, seguía enviando resultados a los pacientes.

La maquinaría que prometía Holmes no estaba preparada para lo que ella imaginaba. O, mejor dicho, para lo que sigue imaginando.

Inversores: como moscas a la miel

Ni que decir tiene que, a diferencia del caso de Juicero en el que lo máximo que se podía perder era una suma de 700 dólares por comprar un exprimidor, la cuestión de Theranos reporta una magnitud mucho más grave a nivel sanitario. De hecho, las sanciones presentadas contra la emprendedora de Silicon Valley se han considerado insuficientes para algunos sectores a nivel sanitario.

En cualquier caso, y dejando a un lado la dimensión sanitaria, son los inversores los más heridos en esta guerra. Tanto a nivel económico, como en su orgullo. Al igual que Evans, Holmes tenía la capacidad de mostrarse al mundo como una de las mayores encantadoras de serpientes de Silicon Valley. Y la insistencia era su mayor fuerte. Para su primera ronda de financiación, después de sus 3.000 dólares iniciales, llegó a llamar más de 200 veces a los inversores.

Rupert Murdoch, Chairman and CEO of News Corporation, attends the launch of The Daily, Wednesday, Feb. 2, 2011 in New York. The Daily is the world's first iPad-only newspaper. (AP Photo/Mark Lennihan)

Casi 15 años después, Theranos consiguió cerrar 10 rondas de financiación por 1.400 millones de dólares correspondientes a casi el 50% del capital de la compañía. Dos de ellas, incluso, se cerraron en mayo y diciembre de 2017. Dos años después del fatídico informe presentado por la Administración de Medicamentos.

Fortress, actualmente propiedad del gigante SoftBank. Partner Fund Management, especializada en el sector de las inversiones en biomedicina. Los angels Raymond Bingham o Cassin y Jupiter Partners. Continental Properties y, el más conocido de todos, Rupert Murdoch... son solo algunos de los 17 inversores que, desde 2003, han entrado en el capital de la compañía desde su creación.

Ahora, sus inversiones (al menos los que mantenían un capital en la compañía) se han diluido en la nada.