Para algunos de nosotros está muy claro que la nueva manera de distribución de películas que proporcionan plataformas como Netflix, de vídeo bajo demanda, enriquece el mercado cinematográfico y no pone en peligro más que la tranquilidad de los miembros reaccionarios de la industria y, en fin, a los primos actuales de los transportistas de carretas tiradas por mulas y caballos a los que no les venía bien la aparición de los trenes y los automóviles. Por eso es muy importante que galardones de cine de la relevancia de los Premios Oscar reconozcan la valía de sus producciones, que es lo que ha ocurrido con Mudbound, la obra de la realizadora afroamericana Dee Rees (2017) nominada a dichos premios en cuatro categorías: a Mejor Actriz de Reparto para Mary J. Blige, a Mejor Guion Adaptado para Virgil Williams y la propia Rees, a Mejor Fotografía para Rachel Morrison y a Mejor Canción para Blige por “Mighty River”.

El día que los cineastas de Estados Unidos dejen de rodar filmes que hundan su escalpelo de ficción en las vergüenzas de su historia contemporánea, aportando su verdad incómoda a los espectadores de hoy para que nadie las olvide y no se repitan nunca, deberíamos preocuparnos mucho por la ética de sus intelectuales y sus artistas porque habrán perdido su imprescindible función de sacudir las conciencias de la sociedad. Mudbound, basada en el libro homónimo de la texana Hillary Jordan que ganó el Premio Bellwether en 2006 porque planea cuestiones de justicia social mejor que ninguna otra de entonces según el jurado, nos muestra el drama del racismo recalcitrante del país en las décadas anteriores a la lucha de los colectivos proderechos civiles. Y no es que una obra de arte deba proponer tesis ni reivindicación alguna; al contrario; pero sólo la verdadera lucidez en la búsqueda de los argumentos más emocionalmente poderosos para sus narraciones consigue que estas nos lleguen muy dentro.

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En el esquema de Mudbound laten detalles del modernismo británico de James Joyce y Virginia Woolf, que dejaban a la conciencia íntima de sus personajes fluir casi con completa libertad en sus novelas, saltando de una mente a otra de los mismos como haría una ardilla sabionda de un árbol al siguiente y arrojándonos sus pensamientos más recónditos; y ofreciéndonos una situación social concreta, un estado de cosas, unas circunstancias anímicas y, a la vez, el planteamiento, el nudo y el desenlace de costumbre, con un enorme flashback. No es que no se sucedan los hechos de rigor en todo relato que se precie, sino que lo que de veras interesa a Jordan y, así, a Rees es el contexto de discriminación racial, ultrajes, violencia y humillaciones que los descendientes de los esclavos afroamericanos tenían que soportar en las primeras décadas del siglo veinte, lo que se aliña con el inveterado clasismo, la inferioridad de derechos de las mujeres y el horror de la guerra.

Tal como le pasaba al californiano Ryan Coogler y la lógica por la que le habían escogido para dirigir Black Panther (2018), Rees ya había demostrado una tendencia a ocuparse de historias sobre afroamericanos como ella misma, desde el drama independiente Pariah (2011) acerca de una joven del Bronx neoyorkino, al que le siguió el biopic Bessie (2015) sobre la cantante de blues ídem Smith para la cadena HBO. Y en Mudbound no se anda con chiquitas, pero tampoco con maniqueísmos: sus personajes no están hechos de una pieza, sino que tienen una complejidad muy agradecida, virtud que también le deberemos a Jordan, sin duda. Su planteamiento visual es de una sobriedad y de una limpieza tales que no le sobra ni le falta un solo plano ni se hace notar con virguería alguna, una huida clara y consciente del espectáculo por respeto a la historia de malestar racial que nos cuenta; y destaca el montaje paralelo del martirio del agricultor y del soldado en el frente.

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No es posible censurar de ningún modo la elección de los actores, desde Garrett Hedlund (Troya) y Jason Mitchell (Kong: La Isla Calavera) interpretando a Jamie McAllan y Ronsel Jackson, Carey Mulligan (El gran Gatsby) y Jason Clarke (La noche más oscura) como Laura y Henry McAllan, Rob Morgan (Stranger Things) y Blige (Rockefeller Plaza) en la piel de Hap y Florence Jackson, hasta Jonathan Banks (Breaking Bad) como Pappy McAllan. La estupenda fotografía de Morrison proporciona una mayor nitidez a los colores reales del campo sureño y lo embellece, y las partituras de Tamar-kali, compositora fetiche de Rees, apuntalan al filme en los años cuarenta del último siglo.

Por otro lado, la camaradería que se descubre por la experiencia común de la Segunda Guerra Mundial es de lo mejor de la película con diferencia y, aunque en el cierre hay una luz muy inesperada y no la oscuridad que lo cubre todo a lo largo del resto del metraje, circunstancia algo sorprendente y llamativa entre tanta miseria de generaciones, envilecedora y tremendamente destructiva, este compadreo entre veteranos de guerra, que trasciende la vileza social reinante, es lo que uno recordará de Mudbound. Así que, pese a que Dee Rees no tira del hilo dramático todo lo que pudiera en su contención y el filme no alcanza cotas como la de El color púrpura (Steven Spielberg, 1985), no queda más remedio que reconocer su buen poso: misión cumplida.