Que “The Lost Art of Forehead Sweat” (11x04) sea el primer episodio abiertamente cómico de la temporada resulta evidente desde la misma escena pretítulos, en la que un hombre desquiciado (Dan Zukovic) clama que los alienígenas ya están aquí como pudiera hacerlo cualquier testigo al que ha interrogado el agente Fox Mulder (David Duchovny) durante estas últimas décadas; y en los minutos siguientes nos descubren que se trata de una ficción televisiva, lo que nos aporta un sosiego transitorio ante el tono estrafalario de la secuencia. Y es que su comicidad, y la del capítulo entero, se basa en la ridiculización de las tramas habituales de The X-Files, algo en lo que es un experto Darin Morgan, guionista y director de este y uno de los artífices de otros tan celebrados como “Humbug” (2x20) o “Clyde Bruckman’s Final Repose” (3x04).

No obstante, el blanco y negro de la secuencia y la monstruosidad extraterrestre nos trae a la memoria el maravilloso “The Post-Modern Prometheus” (5x05), de cuya agudeza está “The Lost Art of Forehead Sweat” a años luz. La equis de esparadrapo que vemos luego en la ventana de Mulder es un homenaje al difunto Mr. X (Steven Williams), que sustituyó a Garganta Profunda (Jerry Hardin) como su confidente desde el convencional The Host (2x02); y cuando se reúne Reggie Murgatroid (Brian Huskey), responsable de la equis, en la oscuridad de su aparcamiento comiendo pipas, recordamos que la costumbre de zampárselas que demuestra Mulder le viene por la que tenía William ídem (Peter Donat), su padre, según le contó a su compañera Dana Scully (Gillian Anderson) en el sangriento “Aubrey” (2x12).

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El episodio esgrime posibilidades interesantes —el efecto Mandela, la manipulación de la memoria colectiva al estilo orwelliano, los universos paralelos, la enajenación mental— y juega sin vacilaciones a que el espectador nunca esté realmente seguro de la verdad de lo que ocurre. Y no sólo eso: tiene la genial desfachatez de arrojarnos a la cara la perspectiva de que la historia que conocemos de Mulder y Scully en la sección de los expedientes X quizá no fuese del todo cierta, que le falta una pieza insidiosamente arrancada por el doctor Thaddeus Q. They (Stuart Margolin), y en el encuentro de Mulder con él hay pura teoría de la posverdad y el relativismo posmoderno en “la era de la posconspiración”, como en el discurso enloquecido del alienígena en el último tramo se alude a barbaridades que soltó por su boca el presidente Donald Trump.

El problema es que todo el potencial de tales elementos se pierde porque se aplican a minucias, y esta circunstancia, junto con la excesiva autoparodia de “The Lost Art of Forehead Sweat”, hace de él una soberana tontería, carente del verdadero ingenio que habíamos saboreado en otros capítulos humorísticos como “Bad Blood” (5x12) o “Je Souhaite” (7x21), en los que además el humor era certero y Duchovny y Anderson creían de veras en sus papeles y no se les notaba desgana ninguna. Tal vez un fan incondicional pueda escudarse en que la autoparodia se deja para la metaficción y las supuestas fantasías de Reggie, pero hasta para el surrealismo, peliagudo y resbaloso, hay que demostrar perspicacia. Y tampoco se comprende por qué a Bill Dow, rostro inconfundible del doctor Charles Burke en seis capítulos, entre “The Calusari” (2x21) y “Badlaa” (8x10), le colocan aquí como un tendero.

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La ridiculización en “The Lost Art of Forehead Sweat” llega a las cotas del difícil “Jose Chung’s From Outer Space” (3x20), también escrito por Morgan, pero incluso en este salvó la papeleta. Y aquí no lo consigue ni el guiño travieso del salto de imagen en el minuto catorce, que remite a una metamanipulación, ni las reinterpretaciones hilarantes de los títulos y de varias escenas del piloto, “Tooms” (1x21), “Unusual Suspects” (5x03), el ya mencionado “Clyde Bruckman’s Final Repose”, “Teso dos Bichos” (3x18) —broma sobre su mala recepción incluida—, “Home” (4x02) y “Small Potatoes” (4x20) —en el que Morgan encarna a Eddie van Blundht y ahora Reggie lo liquida—, ni que al manicomio lo llamen Spotnitz Sanitarium en honor a Frank Spotnitz, guionista de cuarenta y cuatro capítulos de la serie y de la película I Want to Believe (Chris Carter, 2008).

Continuamos anclados en el más desvergonzado reciclaje y en la nostalgia de lo que llegó a ser The X-Files para los espectadores de todo el mundo y para la historia de la televisión; explícitamente en la metafórica escena final, cuando Scully declara que “quiere recordar cómo era”. Pero lo que la serie y sus protagonistas necesitan de una vez por todas, y lo que los seguidores de siempre deberían desear y pedir sin tapujos, es que se pongan serios y concluyan por fin la trama principal de un modo razonable y satisfactorio, sin más zarandajas. Porque es lo único que merece una obra como esta, que permanecerá por siempre en el imaginario colectivo y en la memoria emocional de aquellos espectadores que pudimos disfrutarla.