Los que albergamos un íntimo interés por los fenómenos de las pseudociencias y las creencias irracionales, y una gran preocupación por lo que provocan en la sociedad y en los mismos individuos que caen en ellas, sabemos que las aproximaciones que suelen llevarse a cabo de este asunto se limitan a exponer los motivos de su falsedad y el indiscutible daño que ocasionan, es decir, las pruebas obtenidas mediante el análisis científico y los argumentos por los que se las debe rechazar y combatir sin contemplaciones. Muy loable y absolutamente correcto, sobre todo porque una explicación objetiva, sin empantanarse con discusiones ideológicas, se acostumbra a considerarla lo más honesto.

Sin embargo, la verdad es que podemos buscar las raíces de la ideología que las sostiene en cada caso determinado y situarlas en el espectro político sin perder la objetividad, y como muchas veces la disonancia cognitiva hace que las personas no afronten sus propias contradicciones internas y que ni se percaten de que las sufren, meter el dedo en esa llaga y descubrírselas a todos puede resultar más efectivo en la lucha contra las irracionalidades: advertir con claridad que se están traicionando los ideales que decimos defender duele lo suyo, y es lo que se ha propuesto Mauricio-José Schwarz en su ensayo La izquierda feng-shui, que nos relata lo que ha sucedido desde que “la ciencia y la razón dejaron de ser progres”.

la izquierda feng-shui
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El ensayista se cura en salud haciendo notar que “existe un pudor enorme por criticar a la izquierda desde la izquierda”, siendo algo necesario, “sobre todo cuando asume una militancia en pro de la superstición, contra la ciencia, el conocimiento, la inteligencia, los datos y el sentido común mismo, no por motivos filosóficos o epistemológicos sujetos a larguísimos análisis críticos, sino porque [la ciencia] funciona”. Y continúa señalando que, por supuesto, en algunos dominios de la derecha más cerril “se escuchan ideas enormemente preocupantes por su antiintelectualismo y su celebración de la ignorancia, con frecuencia acompañadas de una visión paranoica, conspirativa y delirante”, pero se supone que la izquierda era, es o debería ser “la postura de la defensa del pensamiento riguroso”, una hija digna de la Ilustración.

Schwarz traza una línea histórica desde la aparición de las dos categorías generales del espectro político, la izquierda y la derecha, pasando por la contrailustración del conspiranoico abate Augustin Barruel y del regresivo Jean-Jacques Rousseau, padre intelectual de “los neoprimitivistas de izquierda”; por el teosofismo de Madame Blavatsky, sin la que “hoy probablemente no proliferarían los gurús que recauchutan prácticas orientales, reviven religiones ancestrales y hablan de experiencias holísticas o de la identidad entre las religiones”, es decir, el new age astrológico; por las doctrinas disparatadas de dichos gurús, como Jiddu Krishnamurti, “uno de los predecesores de esa plaga que es la autoayuda”; por la antroposofía de Rudolf Steiner, con el Triodos Bank, la educación Waldorf y la agricultura biodinámica.

Y también por la obra de los periodistas Louis Pauwels y Jacques Bergier, responsables del “giro al esoterismo que caracterizaría a la contracultura” que se gestaba “con todas las causas identificables con el progresismo”, y que estalló en los años sesenta del siglo pasado con la Nueva Izquierda hippie, la cual mezcló todo lo precedente con el marxismo, “la conciencia cósmica” del Maharishi Mahesh Yogui, “la expansión” de la misma con drogas psicodislépticas, que “liberan la mente”, y mucho más. Así nació la izquierda feng-shui, mística, magufa, new age, kumbayá, posmo o alternativa, “que renuncia, cuando le conviene, a la idea de que el universo es material y naturalista, y adopta en cambio la visión new age de un universo que la ciencia es incapaz de explicar, para defender a la población contra amenazas fantasiosas, negando hechos y apuntándose a todo lo que parezca lucha social sin cuestionarla”.

la izquierda feng-shui
Mauricio-José Schwarz

A partir de ahí, Schwarz continúa repasando todo lo que esta ha dado de sí en las décadas siguientes con la tesis de que “lo natural es bueno”, y la modernidad tecnológica, malvada, con la quimiofobia, el movimiento antiantenas y la causa antitransgénicos de Greenpeace, los contrarios al uso de pesticidas, los antivacunas, el veganimalismo más radical, la conspiranoia de la farmafia, el Club Bildelberg y compañía, los chemtrails y HAARP, las pseudoterapias y mucho más; y con el relativismo posmoderno, “las olimpiadas de la opresión” de la ideología identitaria, etcétera. Hay quien desearía ver en aquí una mayor diversidad en los ejemplos de políticos y grupos de izquierdas que caen en estas trampas irracionales y anticientíficas y se unen a sus promotores “si se presentan lo suficientemente buenrollistas, rebeldes, antisistema, naturales, puros, tradicionales y milenarios”, pero eso no quiere decir que los que se aportan en este libro no sean verdad.

Venía haciéndonos mucha falta una propuesta tan lúcida como la que nos ofrece Mauricio-José Schwarz en estas páginas, que sirve para zarandear con elocuencia a los que asumen estas posiciones descabelladas porque creen que “son parte de su lucha por la igualdad, la justicia, la protección de los más desfavorecidos ante la voracidad de los poderosos y la rebeldía ante un sistema cuya imperfección es más que evidente y cuya maldad intrínseca encuentran imposible poner en duda”. Pero si la ignorancia de nuestros ancestros era su condición ineludible”, dice, “la de muchos defensores del mundo que hoy luchan contra amenazas imaginarias es una elección consciente y jubilosa”; ¿y cómo vamos a mejorar nuestras sociedades sin análisis certeros y de espaldas a la realidad? Los adalides de la izquierda feng-shui y de la superchería moderna deberían hacerse esa pregunta.