11 de noviembre de 2011. Cinco años después de la entrega anterior de la saga llegaba un juego llamado a revolucionar el género del RPG por varios motivos. Bethesda llevaba más allá las bondades de la franquicia The Elder Scrolls en multitud de apartados

Hoy, cinco años después, tenemos una edición remasterizada en las tiendas bajo el nombre de The Elder Scrolls V: Skyrim Special Edition. Desde su lanzamiento original hemos saltado una generación y, por el camino, recibido videojuegos como Grand Theft Auto V, Bloodborne, Dark Souls III, The Witcher 3 o el propio Fallout 4, también de Bethesda.

Además, en una época donde podemos encontrar tanto simples capas de maquillaje en forma de mejores texturas o una mayor definición hasta auténticas renovaciones como los remakes de Call of Duty 4: Modern Warfare o Halo Anniversary, ¿en qué punto se queda esta puesta al día de TES V: Skyrim? ¿Merece la pena revisitar las tierras del norte de Tamriel? ¿Qué tan vigente siguen siendo sus mecánicas jugables hoy en día?

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Empezando por el lado técnico, nuclear en trabajo de puesta al día como este, Bethesda ha vuelto a hacer gala de esa cierta pereza que les caracteriza. Con su tradicional, exagerada e innecesaria economía de recursos (recordemos que llevan catorce años, con dos saltos generacionales de por medio, utilizando un mismo motor gráfico), la calidad del port podría y debería ser mucho mayor. Cierto es que a nivel de filtros e iluminación la mejoría es notable pero en aspectos esenciales como modelados, texturas o animaciones todo sigue prácticamente igual. Para más inri, la versión de PC carece de una optimización a la altura y tanto en su versión de Steam como en Xbox One, el juego ha llegado con una calidad de audio notablemente inferior a la de las versiones de 2011 (han confirmado que están trabajando en un parche para solucionarlo).

Lo más flagrante es, sin duda, que un videojuego tan alejado de los exponentes actuales en lo técnico siga funcionando a 30 frames por segundo y no se haya dado el salto a esos 60 fps que mantienen videojuegos como Battlefield 1, sin ir más lejos. Es inconcebible que la desgana de un estudio nos lleve a encontrarnos con videojuegos de la pasada generación que ni siquiera aumentan su tasa de imágenes por segundo. Comparado con remasterizaciones como las comentadas arriba, el trabajo de Skyrim: Special Edition es muy mejorable.

Y, por si fuera poco, en mis más de quince horas con esta revisión me he topado con más bugs y problemas que los que sufrí en alrededor de 200 horas entre 2011 y 2012. Enemigos y NPCs que quedan paralizados, problemas con las físicas de los objetos y cuerpos o una IA con ciertos problemas en multitud de ocasiones son problemas que, cinco años después, no se han solucionado. Cero cuidado al respecto.

Más allá, claro, está todo aquello que nos enamoró en 2011, que llevó al título a estar considerado como uno de los mejores videojuegos y RPG de la historia y que podía hacernos invertir más de doscientas horas sin haber disfrutado la totalidad de su contenido. Pero ¿sigue siendo Skyrim un RPG vigente y que pueda codearse con los mejores? Como siempre, el paso del tiempo no termina de sentar bien a los proyectos de Bethesda en lo técnico pero en lo jugable, pese a su sistema de combate cuerpo a cuerpo ya arcaico en 2011, consigue mantener el tipo. Sobre todo, gracias a lo que hizo mejor que nadie hace cinco años y en lo que quizá, a día de hoy, sigue siendo el rey: su mundo.

El mundo abierto de Skyrim es una lección de diseño en este género y cualquier otro. Cierto es que la Los Santos de GTA V es una ciudad sumamente rica y viva o que la Novigrado de The Witcher 3 es una de las mejores urbes jamás vistas en un RPG pero Skyrim sigue teniendo toda la magia que nos sorprendió hace cinco años. Donde destaca la obra de Bethesda es en su forma de salpicar con decenas de zonas de interés un extensísimo y variado mapeado. Esa sensación constante de asombro y descubrimiento, pudiendo toparnos con la cabaña de una adorable anciana que esconde un terrible secreto en su sótano o recoger un diario que nos lleve a desentrañar el misterio tras una gran leyenda, sigue estando ahí, vertebrando cada partida. Es imposible andar por Skyrim sin encontrar un punto de verdadero interés cada dos pasos.

Su otra gran virtud, no solo vigente hoy en día si no, también, imitada y alabada, es su sistema de habilidades y progresión del personaje. Sin ataduras o limitaciones por un sistema de clases cerradas, en Skyrim mejoramos cualquier habilidad mediante su uso, pudiéndonos adaptar a cualquier situación y construir multitud de personajes diferenciados: un alto elfo centrado en la magia de conjuración, un khajiit con el que apostar por el robo y el sigilo, un nórdico que opte por el uso de armas a dos manos y armadura pesada o un argoniano centrado en la arquería. Es una sensación de progresión constante en la que nuestra forma de jugar tiene su influencia en el desarrollo de nuestro Sangre de Dragón. Impagable.

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Pero ya en 2011, el videojuego de Bethesda aterrizó con aspectos sumamente mejorables en un RPG y que, para más inri, se agravarían cuatro años después, en Fallout 4; el lado argumental, tanto en su guion como en lo narrativo, sigue siendo el talón de Aquiles del estudio de Maryland y la historia principal de Skyrim, así como las tramas secundarias como las de los Compañeros o el Colegio de Magia de Hibernalia, podrían estar mucho mejor escritas con tal de resultar más interesantes y menos tópicas. Además, son demasiados los hechos que se sienten innecesariamente apresurados e injustificados: ¿llegar a ser el archimago de una orden histórica o el salvador de todo un continente en no más de cuatro misiones? Algo lógico en Skyrim y que consigue romper con la inmersión.

La posibilidad de ser quién queramos y jugar cómo queramos en un mundo terriblemente rico y variado cuyo flojo lado narrativo termina convirtiéndose en una excusa para disfrutar de la infinidad de virtudes del videojuego. Eso es, a grandes rasgos, uno de los RPG más influyentes de la historia. Y es una pena que uno de los videojuegos más importantes del último lustro se haya remasterizado con cierta pereza, quedando lejos de una mejor y más atractiva puesta al día. Lo que queda al final es una Special Edition que podría y debería haber sido mucho más especial.