La sensación de que casi 50 horas con The Witcher 3 no son las suficientes para realizar el análisis que el juego merece describe de forma certera lo que uno se encuentra en la nueva y última aventura de Geralt de Rivia. En el momento en el que escribo estas líneas puedo encontrar tres misiones principales, 22 secundarias, 11 contratos de brujo y 9 búsquedas de tesoros en mi diario de objetivos pendientes. Y todo ello sin poder quitarme de encima la sensación de tener todavía mucho más por hacer y descubrir.

The Witcher 3 sorprende y abruma desde el primer minuto. Estamos ante un proyecto descomunal

Ni en mis mejores augurios podría haber imaginado que CD Projekt Red nos ofreciera un proyecto de este nivel de envergadura, ambición y, sobre todo, calidad. The Witcher 3 es un proyecto titánico que sirve como conclusión de la saga protagonizada por Geralt de Rivia a la vez que pone el broche a ocho años de pura evolución. Desde una primera entrega que casi podemos considerar un juego de nicho hasta este súperventas, CD Projekt ha sido siempre más allá del más y mejor al que apelan prácticamente todas las secuelas de hoy en día; el estudio ha tomado como dogma el intentar hacer siempre algo diferente e irremediablemente más ambicioso.

En mi caso, confiaba en que CD Projekt estuviera a la altura de mis expectativas pero casi cincuenta horas después de empezar mi aventura, The Witcher 3 se ha encargado de sobrepasar holgadamente todo aquello que podía esperar. Y todo ello pese a que el nuevo cambio de enfoque del estudio, virando hacia el mundo abierto y un planteamiento de sandbox, provocaba tanta expectación como dudas: ¿serían capaces de dotar de vida y contenido con sentido un mundo tan grande como el que pretendían presentar? La respuesta es un claro y rotundo sí.

Me llamó poderosamente la atención ver cómo la inmensa mayoría del contenido promocional mostrado durante estos dos últimos años había sido escogido de entre las primeras cinco o diez horas de juego. Y eso, hablando de una experiencia que se puede ir fácilmente al centenar de horas es, cuanto menos, sorprendente. The Witcher 3 tiene mucho que enseñar y, lo más importante, sabe dosificar con mucho tino cómo y cuándo presentar novedades: desde nuevas armas y equipamiento hasta zonas radicalmente distintas de lo visto hasta el momento. Así, la sensación de mejora, progreso y descubrimiento se convierte en uno de los principales activos durante toda nuestra aventura.

En el diseño del juego se notan ciertas influencias de algunos de los RPG más populares de los últimos años. La de The Elder Scrolls V: Skyrim es, quizá, la más evidente: desde el planteamiento como mundo abierto hasta esa ingente cantidad de objetivos secundarios esparcida por el mapa; también hay algo de Diablo y el enfoque propio de los A-RPG a la hora de valorar los distintos tipos de equipamiento y sus atributos además de, sobre todo, la forma en la que está planteada la mejora y progresión del personaje. Además de saber qué y de dónde escogerlo, The Witcher 3 sabe integrar novedades y mejoras en un conjunto con una identidad muy marcada.

Y dicha identidad viene dada por su tono y enfoque. Si Sapkowski popularizó en 1990 la conocida como fantasía sucia, los videojuegos de CD Projekt han sabido plasmar dicho estilo a la perfección en la saga de videojuegos del brujo: sí, hay sexo y lenguaje malsonante pero también hay violencia de género, torturas y engendros con tristes historias detrás. Por encima de todo ello, más importante, encontramos la ausencia de blancos o negros, de buenos y malos; lejos de las tan abundantes historias con personajes arquetípicos y maniqueos que tanto abundan en la industria, no dejaremos de encontrarnos con personajes tan imperfectos y poliédricos como el propio Geralt.

La narrativa, cruda y adulta, es uno de los principales valores del título

Y sin dicho tono, The Witcher 3 no sería lo mismo. Durante la aventura no dejaremos de elegir, elegir y elegir. Desde decisiones aparentemente intrascendentes como aceptar o no el pago de un campesino hasta otras que cambiarán por completo el curso de la historia principal. La sensación que provoca el encontrarte quince horas después un personaje al que decidiste ayudar en los comienzos de la aventura es impagable; y de eso la aventura de Geralt de Rivia va sobrada: todo lo que hacemos tiene su repercusión en el mundo que nos rodea y en lo que nos queda por vivir.

Por todo ello, el valor narrativo de The Witcher 3 es uno de sus principales atractivos pese a que quizá se abusa demasiado de ese término acuñado por Hitchcock como McGuffin. Durante el primer tercio de la historia (esto son alrededor de 25 horas) nos veremos persiguiendo sombras aquí y allá, con un objetivo concreto que no terminaremos de conseguir y que no hace más que ramificarse en pequeñas misiones y tareas que cumplir con tal de conseguir ayuda e indicaciones. No está resuelto de la mejor forma pero, pese a ello, son numerosas las misiones – principales y secundarias – que, por términos narrativos o jugables, sepan calar e impactarnos.

Poco más puedo achacarle al trabajo de CD Projekt en términos narrativos y su trabajo en el vasto mundo por recorrer es impecable en prácticamente todos los sentidos. Por contra, no se puede decir lo mismo si hablamos del control o de la experiencia de usuario: ciertas imperfecciones y falta de pulido en la forma de moverse de Geralt y algún que otro problema en la gestión de inventario así como más bugs de la cuenta – de poca importancia, nada extremadamente grave aquí – empañan ligeramente un proyecto que ha sabido coger lo mejor del rol, imprimirle su propia personalidad y alzarse como un claro referente del género.

Aún nos quedan varias decenas de horas por delante en Velen y Skellige y nuestro veredicto final y pormenorizado llegará durante la próxima semana. Tenemos que hablar del gwynt, las misiones de caza, la historia, los personajes y mucho más pero podemos afirmar desde ya que la conclusión de la historia de Geralt de Rivia es un imprescindible para todo aficionado al rol occidental.

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