Tras los significados de símbolos comunes que la gente usa pero desconoce de dónde vienen, hoy tocan las expresiones comunes que, como mínimo, tienen más historia de la que somos conscientes. ¿Por qué le decimos Pepe a los José?, ¿por qué las mayúsculas O y K significan que todo está bien?, ¿por qué se les dice ‘cornudos’ a aquellos cuya pareja les fue infiel? Hoy vamos a desvelar la historia de algunas de ellas, seguro que nos sorprenderá que cosas tan comunes en nuestra vida pueden llegar a tener un origen de hace miles de años o un significado que primeramente difería mucho del que hoy le damos.

O.K

La locución OK u okay proviene del inglés estadounidense y se usa como equivalente a «de acuerdo», «está bien» o «vale» para indicar conformidad. Con el tiempo se han adherido otras formas populares de decirlo como okey que se popularizó por la marca de batidos aunque ya existía de antes u oki doki que se empezó a usar en los años 60 y 70 como una expresión derivada del inglés okey dokey que en realidad tiene varias formas de escritura, siendo las más comunes Okey dokey, Okey doke u Okey, y Okie dokie u Okie… De todas formas y en general, todas significan lo mismo que y provienen de O.K.

La versión más aceptada respecto al origen de OK, dice que es un invento militar para cuando las tropas regresaban a sus cuarteles sin ninguna baja; ponían en una gran pizarra «0 Killed» (cero muertos). Su adopción a okey se explica porque cero, en inglés se pronuncia ‘ou’ y ‘key’ es la pronunciación de la letra k.

Sin embargo, la versión considerada como el primer ejemplo escrito a mano del uso moderno del término data de 1815, registrado en el diario manuscrito de William Richardson, que viajaba de Boston a Nueva Orleáns un mes después de la batalla de Nueva Orleáns: «Arrived at Princeton, a handsome little village, 15 miles from N Brunswick, ok & at Trenton, where we dined at 1 P.M

Me llamo José, puedes decirme Pepe

Hay una leyenda popular que dice que en los conventos, durante la lectura de las Sagradas Escrituras, se referían a San José como 'Pater Putatibus' y luego, por simplificación, como 'P.P.' y que así nació llamar 'Pepe' a los José. Sin embargo, también podría tratarse de una forma reducida de Josepe, antigua versión del nombre en español, análoga a las reducciones de tantos otros hipocorísticos en español y otras lenguas romances.

Lo que sí es cierto es que en realidad en castellano no se ha podido aún documentar el origen y todos los mitos que circulan son puras suposiciones. Según el CORDE, "Pepe" no aparece con este uso hasta el siglo XVIII, evidentemente mucho después de la muerte de San José, y en checo, por ejemplo, los Josef también son llamados afectivamente Pepe.

Cornudo

Existen múltiples versiones sobre el origen de la expresión «poner los cuernos». Hay una versión mitológica que relaciona su origen con el hecho de que la esposa del rey Minos, Pasifae, tuviera relaciones sexuales con el hermoso Toro de Creta y engendrara el Minotauro. Esto habría dado origen a que la señal de los cuernos quedara como símbolo de traición matrimonial.

También se dice que en los países nórdicos de la antigüedad, los gobernadores de los pueblos vikingos podían, por su condición de gobernantes, elegir a cualquier mujer estuviera casada o no y, cuando esto ocurría, la puerta de la casa donde se encontraba el gobernador con la mujer elegida, era adornada con unos cuernos de alce, en señal de su presencia.

Un poco más adelante, durante la Edad Media, hay documentada una tradición popular que también podría ser el origen: se ofendía el honor de un hombre casado arrojando huesos o cuernos en la puerta de su casa, para pregonar que en ella había entrado el pecado. Por esta razón, casi todos los fueros de las ciudades medievales castigaban esta acción:

«Todo aquel que cuernos o huesos echare sobre casa ajena o ante las puertas los pusiere, peche cinco maravedis». (Fuero de Úbeda, 1251).

Por último, hay una poco creíble concepción cristiana que dice que tiene que ver con que Eva heredó de Satanás sus cuernos y los entregó a su marido. Sin embargo es poco aceptada pues se supone que Satanás tomó la forma de una serpiente y tentó a Eva en el Jardín de Edén sin que haya ninguna mención del diablo en su apariencia "normal".

Poner la mano en el fuego

Se utiliza para manifestar respaldo total a alguien o algo y parece que su origen se remonta a la época en la que se practicaba el llamado juicio de Dios.

Se supone que la Ordalia era una institución jurídica vigente hasta finales de la Edad Media en Europa que atendiendo a supuestos mandatos divinos dictaminaba la inocencia o culpabilidad de una persona acusada de quebrantar las normas o cometer pecados. La forma de saber si Dios consideraba a alguien culpable o inocente, era someterlos a pruebas de fuego (sujetar hierros candentes, introducir las manos en la lumbre, caminar por brasas…). Si la persona salía de la prueba vivo y con pocas quemaduras significaba que Dios la consideraba inocente y no la castigaban. Más, es decir.

El que se fue a Sevilla, perdió su silla

Tiene según el Centro Virtual Cervantes, numerosas adiciones del tipo: «Quien fue a Sevilla, perdió su silla, y quien fue a Aragón se la encontró», «Quien fue a Sevilla, perdió su silla, y quien fue a Jerez, la perdió otra vez» o «Quien fue a Sevilla, perdió su silla; quien fue y volvió, a garrotazos se la quitó». Incluso también encontramos variantes más localistas: «Quien fue a Sevilla, perdió su silla, y quien fue a Morón, perdió su sillón» o «Quien fue a Padrón [Galicia], perdió su sillón». En todos los casos es un llamado a no descuidarse, porque se corre el riesgo de perder una posición social o un bien por el simple hecho de haberlos abandonados momentáneamente.

En cuanto a su origen, se encuentra durante el reinado de Enrique IV (1425-1474), rey de Castilla. El obispo de Sevilla don Alfonso de Fonseca debió viajar a Galicia para resolver temas de la Corona española. Dejó en el cargo a un sobrino, pero cuando el obispo Fonseca regresó de su viaje, este se negó a devolvérselo.

Se deduce que la marcha perjudica no al que se fue a Sevilla, sino al que se fue de Sevilla, por tanto sería más correcto decir: «Quien se fue de Sevilla, perdió su silla». Pero probablemente el imaginario colectivo se quedó la historia de la silla y se propagó a lo largo del tiempo de forma desordenada. Como se suele decir: «Oír campanas y no saber dónde esta el convento», pero dejaremos ese para otro día.

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