El 5 de octubre de 2011, Steve Jobs fallecía a causa de un cáncer de páncreas. El día antes Apple había presentado el iPhone 4S. Pero Jobs ya no estaba en el escenario. Su salud se había ido deteriorando y, semanas antes, había cedido el puesto de CEO a Tim Cook que, a partir de aquel momento, se encargaría de liderar el futuro de la compañía.

Jobs había comunicado a sus empleados que tenía cáncer en agosto de 2004. El ejecutivo detrás de Pixar y Apple envió un correo electrónico a la plantilla anunciando que estaría unas semanas de baja para recuperarse de una intervención quirúrgica. La operación tenía como objetivo eliminar el tumor de páncreas que le habían detectado tiempo atrás. El e-mail que Steve Jobs escribió desde el hospital trataba de tranquilizar a sus empleados. Nada hacía presagiar que siete años después, el CEO de Apple moriría por complicaciones del cáncer.

Deseo comunicaros una noticia personal que necesito compartir con vosotros, y que quería que supierais directamente por mí. Tengo una forma muy rara de cáncer de páncreas llamada tumor neuroendocrino (células de los islotes), que representa aproximadamente un 1% del total de casos de cáncer pancreático detectados anualmente, y que puede ser curado si se elimina quirúrgicamente tras ser diagnosticado a tiempo (el mío lo era). No necesitaré quimioterapia o radioterapia.

Los tumores neuroendocrinos, como el que sufrió Steve Jobs, se forman en las células del páncreas encargadas de producir hormonas tan importantes como la insulina o el glucagón. Sin embargo, no siempre causan síntomas, lo que puede dificultar su detección. La única ventaja de esta enfermedad oncológica, con respecto al cáncer de páncreas más conocido, es que sus células malignas se diseminan más lentamente y, por tanto, hay más opciones de tratamiento. Según datos de la Asociación Española del Cáncer, la supervivencia tras un cáncer de páncreas es limitada. En ningún país del mundo supera el 10% a los 5 años. No sucedió lo mismo en el caso de Steve Jobs. El antiguo CEO de Apple vivió siete años.

Pero, ¿pudo haber sobrevivido al cáncer que padecía? La polémica surgió semanas después de la muerte de Jobs. Su biógrafo oficial, Walter Isaacson, explicó a CBS News que el empresario había rechazado operarse durante nueve meses al considerar que la intervención era "invasiva". En lugar de optar por el tratamiento médico recomendado, Jobs decidió apostar por terapias alternativas como la acupuntura y por el consumo de zumos y suplementos dietéticos, sin ninguna evidencia científica de que ayudaran a combatir la patología. Todo ello a pesar de que su mujer y su entorno más cercano le pidieron en repetidas ocasiones que siguiera las recomendaciones médicas. El líder de Apple ignoró sus consejos durante nueve meses, un período de tiempo que muchos consideran que fue clave en el desenlace fatídico de su enfermedad.

Tal y como sucede con muchos tumores, Steve Jobs descubrió que padecía cáncer por casualidad. Desde la década de los noventa, el norteamericano se sometía a una prueba conocida como tomografía computerizada (TC) para determinar si tenía piedras en los riñones. En el 2003, sin embargo, los médicos detectaron una "sombra" en su páncreas. Jobs no se hizo ningún favor retrasando su operación. A pesar de que el tumor que sufría no era tan mortífero como un cáncer de páncreas convencional, es imposible determinar si habría sobrevivido a la enfermedad operándose antes. Aunque esto sea, obviamente, la opción recomendada por la medicina, es lógico plantear que Steve Jobs no hizo más que disminuir las posibilidades de superar la patología optando por pseudoterapias no avaladas por la evidencia científica.

Steve Jobs
Así se ve bajo el microscopio uno de los tipos de cáncer más malignos que existen, el tumor que los médicos pensaron en un principio que afectaba a Jobs. Crédito: Ed Uthman (Flickr)

Isaacson comenta en su libro que Jobs no sólo retrasó la intervención quirúrgica. El CEO de Apple también postpuso los escáneres necesarios para determinar el tipo de cáncer que sufría, ya que tras la tomografía realizada, los médicos le aconsejaron someterse a una prueba específica para "fotografiar" el páncreas. En aquel momento, los especialistas pensaban que Jobs sufría un adenocarcinoma, un tipo de tumor más maligno que el que en realidad padecía. Cuando se comprobó que era un tumor neuroendocrino, el hecho de retrasar la intervención le hizo un flaco favor a su salud. Pero nadie sabe qué hubiera pasado si Jobs se hubiera operado antes. Y es que, según su propio biógrafo, el cáncer ya se había diseminado en los tejidos cercanos al páncreas. La evolución del tipo de tumor maligno que padecía es lenta, por lo que quizás si le hubieran intervenido meses antes, los médicos podrían haber comprobado que ya tenía metástasis. Especular sobre la progresión del cáncer que afectó a Steve Jobs es arriesgado y controvertido, dado que nunca tendremos todos los datos clínicos sobre su enfermedad. Ni una bola para adivinar un futuro que jamás llegaría.

Nueve meses después, el líder por aquel entonces de Apple decidió operarse. La intervención consistía en una cirugía Whipple no estándar, una intervención potencialmente curativa en el caso de que se pueda extraer y resecar por completo el tumor. Por desgracia, los médicos se llevaron una terrible sorpresa. Steve Jobs presentaba tres metástasis en el hígado, según revela Isaacson en la biografía. Nueve meses antes es probable que las células malignas ya hubieran salido fuera del páncreas y se hubiesen extendido a otras zonas del cuerpo, creciendo hasta hacerse visibles para los cirujanos.

Durante los años siguientes, las especulaciones sobre el estado de salud de Steve Jobs fueron múltiples. En ocasiones, el máximo ejecutivo de Apple aparecía mucho más delgado y pálido, lo que dio pie a rumores sobre un empeoramiento de su enfermedad. En 2009, el empresario se sometió a un trasplante de hígado, una intervención que se recomienda en casos puntuales dada la elevada morbi-mortalidad que presenta. Esa parecía ser la situación de Steve Jobs, que tuvo la opción de realizarse esta operación dado el lento crecimiento de algunos tumores neuroendocrinos, especialmente si se comparan con el cáncer de páncreas convencional.

La intervención no fue bien. Aunque el transplante fue un éxito, Isaacson destaca que Steve Jobs fue sedado y sufrió complicaciones posteriores como una neumonía. Corría el año 2009, y los cirujanos también detectaron unos cúmulos en el peritoneo del paciente. Su biógrafo no revela si eran o no depósitos de células malignas –es decir, si el cáncer seguía extendiéndose–. Pero no sería descabellado pensar que, a pesar de la operación, el tumor neuroendocrino estuviera ganando la batalla a Jobs. De hecho, a finales de 2010, la salud del CEO de Apple empeoró. Perdió el apetito, adelgazó, comenzó a sentir terribles dolores. El cáncer había vuelto, aunque las primeras pruebas no consiguieron determinar la recaída. Este es, precisamente, uno de los problemas en oncología: detectar de forma precoz una posible recurrencia. Es una cuestión vital si se quiere tratar con éxito esta enfermedad.

Durante sus últimos meses de vida, Steve Jobs decidió secuenciar su ADN con el fin de contar con más armas en su particular guerra. Según Technology Review, el empresario fue una de las primeras personas en analizar su genoma por esta vía para combatir el cáncer. A día de hoy, la secuenciación es una herramienta clave en investigación, pero las limitaciones clínicas se siguen encontrando en el desarrollo de nuevos fármacos. El insulinoma, el tipo de tumor que afectaba a Jobs, es potencialmente curable si no se ha extendido a otras zonas del cuerpo y, por tanto, no se puede eliminar por cirugía, como explican desde la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos. En caso contrario, puede llegar a ser mortal. Exactamente lo que le ocurrió a uno de los emprendedores más carismáticos del mundo.

No cabe duda de que Steve Jobs se equivocó. Retrasar las pruebas diagnósticas y la operación a la que debía someterse no fue una buena idea. En estos casos, lo más recomendable es seguir los consejos de los médicos y no guiarse por pseudoterapias sin base científica. Dicho esto, también es cierto que nunca sabremos si el hombre detrás de Apple y Pixar se hubiera salvado. El cáncer es una enfermedad horrible, contra la que la investigación biomédica sigue peleando. Por fortuna, los avances en el diagnóstico y en el tratamiento oncológico han mejorado considerablemente. Aunque en muchas ocasiones hayan llegado demasiado tarde, como le sucedió a Jobs y a millones de personas antes y después de él. La gran lección que nos brinda su diagnóstico, cinco años después de su muerte, es que hay esperanza de que algún día podamos ganarle la batalla al cáncer. Especialmente si aprovechamos todas las armas a nuestro alcance, cosa que, por desgracia, Steve Jobs aprendió demasiado tarde.