La felicidad es una de esas palabras que todos utilizamos en nuestro lenguaje cotidiano, pero que casi nadie puede definir con certeza y es lógico que así sea, nadie se ha podido poner de acuerdo sobre qué demonios significa ser feliz. Por ejemplo, Aristóteles lo veía como el bien supremo resultado de llevar una vida “buena”, los hedonistas como la búsqueda del placer y la evitación del sufrimiento, Santo Tomas de Aquino como una vida al servicio de Dios, Kant como una experiencia subjetiva que no estaba atada a la moral, y más recientemente, el Profesor Martin Seligman, define la felicidad como una combinación de: 1) placer y gratificación, 2) una vida llena de fortalezas y virtudes y 3) una vida con propósito.

Y sin embargo, sin saber qué es exactamente la felicidad, vemos como esta palabra es constantemente empaquetada y vendida en películas (En búsqueda de la felicidad, Héctor y el secreto de la felicidad, Inside Out), libros (La auténtica felicidad, Tropezándose con la felicidad, La hipótesis de la felicidad), talleres de desarrollo personal y autoayuda, e incluso comerciales de Coca-Cola. La felicidad es presentada como un remedio contra la insatisfacción, el sufrimiento, el malestar, el aburrimiento, y demás pesares de la mente y el alma, es como la sábila para las abuelas latinoamericanas, un remedio capaz de curar hasta el mal de ojo.

Hay quienes se aprovechan del sufrimiento de la gente

El problema, es que la persona triste se convierte en el objetivo de la industria de la felicidad, en su momento más vulnerable los oportunistas acechan y se aprovechan de su sufrimiento, ofreciendo la promesa de un mejor mañana, solo hay que ver algunos de estos comerciales de anti-depresivos para entender a que me refiero:

Si no tenemos cuidado, podemos terminar volviéndonos consumidores empedernidos de un producto que promete una mejor calidad de vida, pero que al final del día es, en el mejor de los casos una solución temporal y en el peor una espiral que nos hunde en la ruina financiera y emocional.

El sorprendente Randi es reconocido mundialmente no solo como uno de los grandes escapistas del siglo XX, sino también como un escéptico que ha dedicado su vida a desenmascarar a psíquicos y médiums que se aprovechan de la vulnerabilidad de las personas deprimidas o enfermas para ganarse la vida. Sin ánimos de desprestigiar a personas que puedan poseer habilidades paranormales, es difícil no ser un poco cínico cuando pasan casos como el de un hombre que en 20 meses gasto más de 700.000$ en la búsqueda del amor. La explotación de un estado emocional y de la fragilidad de un ser humano, es algo imperdonable, y sin embargo, vivimos en una sociedad en la que esto ocurre casi a diario.

¿Vivimos en una distopia de felicidad?

El economista William Davies en su libro “La industria de la felicidad” hace una dura crítica a la tendencia mundial de utilizar indicadores de felicidad para determinar el grado de bienestar de las naciones, lo que ha llevado a la instauración de proyectos sociales orientados a aumentar estos índices cueste lo que cueste.

Al final del día no importa lo que la persona sienta, viva o desee, lo importante es que cuando le pregunten si es feliz la persona responda que sí , sin importar si en el fondo la persona es miserable. Para el autor, el elefante en la habitación es que la felicidad es una experiencia subjetiva, algo que está dentro de nosotros, extraordinariamente complicado de poner en palabras y que difícilmente puede ser generalizado, y sin embargo, eso es precisamente lo que la academia y los políticos hacen cuando utilizan cuestionarios como el Happinness Survey para evaluar que tan feliz es una población, reduciendo la experiencia de ser feliz a unos pocos indicadores que lejos distan de mostrarnos una visión holística de un fenómeno tan complejo. Solo por poner un ejemplo de la caricatura de la industria de la felicidad, ¿qué pasaría si pusiésemos a un adicto a la heroína a responder una encuesta como la que mencione con anterioridad cuando está bajo los efectos de la droga?, pues tendríamos a la persona más feliz del mundo.

Fotografía: Pavel Vakhrushev - Shutterstock
Fotografía: Pavel Vakhrushev - Shutterstock

Google, Facebook y Twitter venden datos relacionados con nuestras emociones que luego pueden ser utilizados por empresas de mercadeo para orientar nuestros patrones de consumo

A esto debemos sumar, como bien expone Davies, que las tecnologías modernas permiten hacer un seguimiento casi instantáneo de nuestros estados emocionales, gigantes de Internet como Google, Facebook y Twitter venden datos relacionados con nuestras emociones que luego pueden ser utilizados por empresas de mercadeo para orientar nuestros patrones de consumo. La felicidad ha pasado de ser un estado de bienestar a una nueva forma de hacer dinero; cabe destacar que esto no es nuevo, ya en los años 20 el padre del conductismo clásico John Watson se habría dedicado a desarrollar campañas publicitarias que vinculaban ciertos productos con estados emocionales positivos, la lógica es sencilla, y viene del asociacionismo, cuando dos cosas son presentadas al mismo tiempo tiende a crearse una asociación entre ellas. No hay ejemplo más evidente que la obsesión que Mcdonalds tiene con las sonrisas, desde su “cajita feliz”, hasta su slogan actual “me encanta”, y me pregunto yo ¿qué tiene que ver la felicidad con una hamburguesa?

Por otro lado, la industria de los medicamentos anti-depresivos ha aumentado en casi un 1000% en los últimos 10 años. Este incremento alarmante ha llamado la atención de organismos internacionales que han comenzado a preguntarse si no estamos sobre-medicando a la población y alimentando a una industria que brinda pocos resultados, especialmente cuando nuevas investigaciones han comenzado a apuntar a un incremento considerable en los índices de depresión a nivel mundial.

En otras palabras, mientras más consumimos anti-depresivos más deprimidos estamos, ¿y cuál es la solución?, pues obviamente, mas medicamentos, que por cierto, pueden producir efectos secundarios como: ansiedad, insomnio, aumento de peso, agitación, irritabilidad y pérdida del apetito sexual, síntomas que, irónicamente, también pueden estar presentes en la depresión.

Todo esto nos hace pensar en la sociedad dibujada por “Un mundo feliz” de Huxley. Y es que la empresa por construir una sociedad donde todos seamos igual de felices es un camino accidentado y turbulento que esconde tras su fachada utópica el sacrificio de la búsqueda individual de la felicidad y de la vivencia de otras emociones “indeseables” como la tristeza, la rabia o el miedo, al parecer la promesa es que podemos ser felices, siempre y cuando olvidemos que somos seres humanos.

La felicidad está sobrevalorada, al menos desde la perspectiva en la que suelen vendérnosla. Hay poco de auténtico y mucho de mercadeo en ese concepto que, según la sociedad, debe ser el fin último de nuestras vidas, como si hubiese una única forma de ser feliz; cuando en realidad la búsqueda debería estar orientada a descubrir qué es lo que te hace sentir satisfecho, contento. Es importante re-escribir nuestro propio concepto de felicidad, que no siempre será esa sensación exultante y exhilarante que nos han inculcado y que siempre involucra la participación de otras emociones: tristeza, desagrado, rabia y hasta insatisfacción, que a fin de cuentas, son necesarias para poder construir nuestra realidad, alejándonos de esa idea de que la felicidad es un producto de consumo.