La idea de las prisiones tal cual las conocemos no son nuevas. Surgen en pleno siglo XIX, y tenían como objetivo privar de libertad a los criminales, castigarlos de forma “humana”. Las cárceles son mecanismos disciplinarios 'humanizados', a diferencia de las torturas y castigos físicos de los siglos anteriores. Pero lejos de evitar crímenes y reformar prisioneros, las cárceles se han convertido en un estímulo para el delito en muchos países, aunque otros han marcado la pauta y han demostrado que es posible el cambio.

En Estados Unidos hay 2.2 millones de personas tras las rejas. En Latinoamérica las cifras son aún más alarmantes, pues no sólo hay hacinamiento sino que se han reportado violaciones a los derechos humanos. Hay países como Haití y Venezuela en los que el número de reclusos es pequeño, pero éste no se corresponde a las altísimas tasas de crimen que se reportan. En Venezuela hay 161 presos y 53,7 asesinatos por cada 100.000 habitantes, en Haití hay 96 presos y 10,2 asesinatos por cada 100.000 habitantes. Mientras que en Cuba hay un gran porcentaje de la población recluida, pero la cantidad de asesinatos y crímenes es bajísima. Tienen 510 presos y 4,2 homicidios por cada 100.000 habitantes.

Estas cifras nos hablan de distintas problemáticas: en primer lugar, pueden ser el reflejo de un estado totalitario y represivo (como en el caso de Cuba) o bien pueden mostrar la impunidad y un sistema penal ineficiente; pero también el incremento de los prisioneros que reinciden, el aumento del crimen a pesar del encarcelamiento refleja la verdadera problemática, que subyace en la estructura de las prisiones.

El nacimiento de las cárceles

Para poder entender el problema de fondo de las cárceles actuales, vale la pena hacer una pequeña revisión histórica de su nacimiento y de los mecanismos que la formaron, pues es precisamente allí donde reposa el germen del conflicto, que en pocos lugares han logrado erradicar. Michel Foucault, en su obra “Vigilar y Castigar” que fue publicada por primera vez en 1975, habla acerca de la inutilidad de la prisión como mecanismo de reforma de los criminales.

Fotografía: sakhorn - Shutterstock
Fotografía: sakhorn - Shutterstock

Foucault nos explica que las cárceles son una consecuencia de la reformas ocurridas en los sistemas penales, que antes reposaban directamente en los castigos físicos. En el siglo XVIII se sientan las bases del castigo: debe ser proporcional a la falta, individual, inmediato; debe causar el temor en la población. El objetivo es ya no castigar únicamente al culpable de un delito, sino de disuadir al que planea cometerlo. Aquí aparecen las medidas disciplinarias, la vigilancia como una forma de prevención y de ejercicio de poder.

Ya en el siglo XIX se popularizan las prisiones. Con la idea de la libertad como bien supremo, su privación es también un castigo universal y, por tanto, igualitario. Tiene ventajas sobre otros castigos, pues es posible cuantificar la pena según cada delito, además resulta mucho más humanitario que el castigo físico, en la medida en que se considera que esta institución puede transformar al criminal al ser el lugar ideal para aplicar la disciplina. Es en este punto que se involucra la psicología, se considera al criminal como una persona con desviaciones patológicas y nace la criminología como ciencia. Sin embargo, el mismo Foucault señala que la prisión no reforma ni normaliza al delincuente; sino que produce el efecto contrario y la cataloga como un fracaso:

[…] inmediatamente la prisión, en su realidad y sus efectos visibles, ha sido denunciada como el gran fracaso de la justicia penal. […] Y como el proyecto de una técnica correctiva ha acompañado el principio de una detención punitiva, la crítica de la prisión y de sus métodos aparece muy pronto, en esos mismos años 1820-1845. Por lo demás, cristaliza en cierto número de formulaciones que - salvo las cifra- se repiten hoy casi sin ningún cambio.

En teoría, las cárceles deberían reducir el crimen en dos formas: sacando a los criminales de las calles para que no comentan más crímenes (los incapacita) y evitando que las personas que deseen delinquir lo hagan (los detiene). Pero como señaló Foucault en 1975 y como han demostrado otros estudios más recientes, la estructura carcelaria produce el efecto contrario.

Las cárceles fabrican criminales

Michael Mueller-Smith, profesor de la Universida de Michigan, ha hecho una investigación que busca medir los efectos del encarcelamiento en la reducción de crímenes. Mueller estima que cada año en prisión aumenta en un 5.6% las posibilidades de que el criminal reincida. Incluso aquellos que fueron recluidos por delitos menores, quienes regresan por crímenes mayores. La conclusión es arrolladora: más el 75% de los prisioneros norteamericanos serán arrestados nuevamente.

Fotografía: Alexander Raths - Shutterstock
Fotografía: Alexander Raths - Shutterstock

Foucault argumenta que la reincidencia está directamente relacionada con la estructura de la cárcel, que aísla a los delincuentes y los reagrupa entre ellos, en lugar de re-insertarlos en la sociedad. Para él, las cárceles no evitan el crimen, sino que lo incrementan.

La prisión no puede dejar de fabricar delincuentes. Los fabrica por el tipo de existencia que hace llevar a los detenidos: ya se los aisle en celdas, o se les imponga un trabajo inútil, para el cual no encontrarán empleo, es de todos modos no pensar en el hombre en sociedad; es crear una existencia contra natura inútil y peligrosa

Asimismo, el ejercicio del poder a través de la represión arbitraria por parte de los guardias de prisión perpetúan el patrón del ejercicio del poder a través del abuso y la violencia. El abuso está presente de forma tácita y contenida en las cárceles norteamericanas, como podemos vislumbrar de forma edulcorada y digerida en Orange is The New Black, pero ocurre de forma mucho más explícita y brutal en las cárceles latinoamericanas. Citando nuevamente a Foucault:

La prisión fabrica también delincuentes al imponer a los detenidos coacciones violentas; está destinada a aplicar las leyes y a enseñar a respetarlas; ahora bien, todo su funcionamiento se desarrolla sobre el modo de abuso de poder. Arbitrariedad de la administración [...]Corrupción, miedo e incapacidad de los guardianes

El ejercicio del poder a través de la fuerza y la imposición les inculca a los presos que son enemigos de la sociedad y actuarán de acorde a esta enseñanza.

El aislamiento de los reclusos de la sociedad y su reunión en un solo lugar también es parte del problema. Augusto Thompson, abogado, fiscal y alto funcionario de centros penitenciarios en Brasil, en su libro “La Cuestión Penitenciaria” (1976) afirma que dentro de las prisiones se establecen sistemas sociales propios, de corte totalitario; en el que el poder está basado enteramente en la fuerza y que es visto como ilegítimo por los reclusos. Esto genera la creación de una cultura propia de la penitenciaría, los presos carecen de autonomía, intimidad y seguridad. Además, como afirma Foucault, dentro de esta subcultura se re-educa al reo, pero sólo para que perfeccione sus fechorías. El ejercicio del poder a través de la fuerza y la imposición les inculca a los presos que son enemigos de la sociedad y actuarán de acorde a esta enseñanza.

La libertad no es la solución, porque el haber estado dentro de una cárcel no sólo enseña al individuo a sentir que ya no pertenece a la sociedad, sino que se lo confirma cuando intenta obtener un empleo. Los antecedentes penales son un pesado equipaje que le acompañará el resto de sus vidas y que les imposibilitará la reinserción a la sociedad. La familia del reo también queda marcada de por vida, y pareciera que la única salida es reincidir.

Si las cárceles no son la solución ¿Qué hacer?

El caso de España es bastante particular y podría considerarse un ejemplo. Desde el año 1990 hasta el 2010 hubo un repunte en la población penitenciaria: en 1990 había 33.058 presos y en 2010 aumentó casi al doble: 73.929, lo que llegó a causar sobre población en las cárceles. Esto no tenía que ver con la cantidad de delitos cometidos, pues estos habían disminuido considerablemente convirtiendo a España en una de las naciones más seguras de Europa occidental, sino que el problema radicaba en las penas aplicadas. Las reformas sucesiva del código penal habían aumentado las penas medias y las penas máximas, haciendo que el tiempo que permanecían las personas en prisión fuese muy desproporcionado.

Estos números se han reducido considerablemente, hasta en un 15% cada año. Esto obedece a reformas en el Código Penal que ha reducido el tiempo de las condenas para crímenes menores, incluyendo consumo y porte de drogas. Asimismo, la modificación de las leyes de seguridad vial del año 2010 han intercambiado las penas de prisión por trabajo comunitario o multas en casos poco severos y se han introducido juicios rápidos para delitos y faltas menores.

Fotografía: BOONROONG - Shutterstock
Fotografía: BOONROONG - Shutterstock

El objetivo no es dejar de lado los crímenes, que sería simple impunidad, sino aplicar castigos razonables, particulares y adecuados para cada falta y concentrarse en llevar a la cárcel a personas reincidentes o que hayan cometido crímenes mucho más graves. Con estas medidas, orientadas a corregir sin aislar a los individuos e incluso a hacer que aporten a la comunidad a través del trabajo, se sigue manteniendo una tasa de criminalidad bastante baja. Lejos de lo que pueda pensar el ciudadano común, evitar poner en la cárcel a todos los infractores ha disminuido el crimen en vez de aumentarlo.

Y si bien es cierto que una reforma penal que no utilice la privación de libertad como castigo ideal puede contribuir a la disminución del crimen, otros estudios han comprobado que una mayor presencia policial en las calles es mucho más efectiva como medida de disuasión para posibles criminales. Un trabajo hecho por Jonathan Klick y Alexander Tabarrok demostró que al haber mayor cantidad de efectivos policiales en una zona, el índice de robo de vehículos y hogares disminuyó hasta en un 43%.

No existe una solución única para la problemática de las cárceles, pues esta deberían ajustarse a la realidad política, cultural, conflictos y necesidades específicas de cada nación; pero si es importante tener presente que es posible transformar esta situación. Humanizar, individualizar y priorizar a los reclusos es parte de la salida, pero también debe serlo reevaluar y transformar el sistema penitenciario.