Bloodline es otra de las series originales que Netflix estrena para la primera mitad del 2015, no ha generado tantos elogios y aplausos como la ya establecida House of Cards, ni ha hecho el ruido de Daredevil, que se renovó sorpresivamente para una segunda temporada en menos de lo que esperábamos, pero Bloodline es sin duda una gran serie de televisión.

Cuando supe de su existencia, me emocioné principalmente por el hecho de que Kyle Chandler lideraría el reparto, y lo extrañaba montones desde sus días en Friday Night Lights. La cuestión es que salvo que seas fan de Chandler o de Linda Cardellini, pocos nombres llaman la atención en el reparto, y la trama al estar envuelta alrededor de un misterio, no da para ofrecer abre bocas muy grandes para vender al espectador. Tienes que ir a verla a ciegas, confiando en la buena racha de televisión que está teniendo Netflix.

La linea de sangre

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Sam Shepard (Robert Rayburn) y Sissy Spacek (Sally Rayburn) Foto: Saeed Adyani

El tema principal de esta serie es la familia, una tan complicada, que sus problemas nos rinden para 13 episodios llenos de tensión en los que se exploran las complicadas relaciones que tienen cada uno de los personajes con padres y hermanos.

Los Rayburn son una familia bastante grande que viven en Los Cayos de la Florida, y son dueños de un hotel de lujo que construyera Robert Rayburn hace ya 50 años. Papá Rayburn está casado con Sally Rayburn (interpretada por Sissy Spacek) y juntos tienen cuatro hijos: John, Kevin, Meg, y Danny. Son adultos ya en sus 30-40, y el mayor de todos es Danny, al que desde el primer capítulo nos muestran como "la oveja negra de la familia".

Danny, quien hacía años no veía a la familia, decide regresar para una celebración anual que llevan a cabo los Rayburn en el hotel, y si de algo nos damos cuenta desde un principio, es que hay muy pocas caras contentas con su aparición. Y, el más preocupado con su regreso parece ser John, el hermano al que todos acuden para resolver los problemas de la familia.

Alguna veces es mejor alejarse de la familia

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Kyle Chandler (John Rayburn) Foto: Saeed Ayani
© 2014 Netflix

La sociedad tiende a inculcarnos a todos que con la familia se debe ser incondicional, y se le perdonan las peores cosas a aquellos con los que tenemos lazos de sangre. Los Rayburn son un claro ejemplo de que en muchos casos, es la familia quien más penas trae a tu vida, y que alejarte de ellos es lo mejor que puedes hacer para poder tener una oportunidad de ser feliz.

Pero, los Rayburn no piensan así, y en muchos casos justifican lo malo que hacen utilizando a la familia como excusa, o culpando a la familia por todos sus males cuando siendo adultos han podido tomar decisiones diferentes.

Bloodline está llena de falshbacks y flashfowards que nos dan una idea muy vaga del por qué suceden las cosas que suceden en el presente de esta familia, y como todo explota al final de la peor manera posible. La serie construye muy bien su historia, y deja muy pocos huecos por rellenar, solo los suficientes como para una posible segunda temporada.

Maratón o no, hay que mirarla

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Debo confesar que Bloodline es la primera serie de Netflix que veo este año en la que no pude sentarme un fin de semana a verla de principio a fin. La serie comienza fuerte, pero afloja un poco en los primeros tres o cuatro episodios. Construye lentamente los personajes y tampoco te permite atar cabos rápidamente, así que en ocasiones es algo estresante y desesperante para el espectador.

Para el septimo episodio Blooline y los Rayburn pisan el acelerador y todo empieza a volar por los aires. Los cuatro últimos episodios son los mejores el show, y la forma en que todo encaja y culmina, es bastante sublime... en una forma muy perturbadora.

Espero que una segunda temporada suceda, y el modelo de Netflix de lanzar toda una temporada completa y dejar al espectador ver el contenido a su propio ritmo es algo que beneficia de enorme manera a series de este tipo, de las que a veces necesitas descansar un poco, pero que siempre vas a regresar a ver para saber qué pasó.