En octubre decidí que mi concentración y mi estrés estaban alcanzando niveles graves y antagónicos. Una de las cosas que había notado era mi compulsividad en revisar el correo electrónico y los feeds de las diferentes redes sociales, sin importar dónde me encontrara, en la cola de un banco o en una cena con mi pareja. Decidí hacer un experimento: un mes de dieta digital, para probar si el exceso de conectividad podía estar afectando mi capacidad de concentrarme, de lograr terminar cosas importantes, y de encontrar un poco de paz mental.

El concepto de la "dieta digital" no es para nada nuevo. En un libro llamado "La dieta digital", Daniel Sieberg nos invita a calcular nuestra "obesidad digital", mediante un sistema de puntos que califica el número de dispositivos electrónicos que utilizamos en nuestras vidas, así como por cada cuenta de correo, redes sociales, blogs, etcétera. La suma de este puntaje es denominada por Sieberg el "e-peso".

Esto, que puede ser ir un poco demasiado lejos, no obstante puede servirnos de guía para meditar qué tanto dependemos de la tecnología día a día. Yo, al menos, al momento de empezar mi mes de dieta digital (y al momento de escribir estas líneas, también), suelo tener tres o cuatro pantallas encendidas simultáneamente, y paso de una a otra sin casi darme cuenta.

Mi "dieta digital"

Como muchas otras personas, no está entre mis posibilidades enfrentarme a un "ayuno", como hizo Jake Reilly, que sencillamente se desconectó por completo y se abocó a las formas de comunicación analógica, como enviar cartas o llamar por teléfono desde cabinas públicas. En mi caso, siendo freelance y activista digital, esto no era una opción, así que decidí enfrentar el problema de las redes sociales: empecé por eliminar de mi smartphone todas las aplicaciones que no fueran estrictamente necesarias, todas las que me generaran ese impulso de chequear el timeline cada cinco minutos (Twitter y Facebook fueron las primeras en irse). Eliminé también la aplicación de correo electrónico, y decidí establecer límites de tiempo para verificar el correo y las redes sociales, siempre desde la PC y sólo dos veces al día.

Esto, que puede sonarle sencillo a algunos, para mí fue un cambio radical. Para empezar, la imposibilidad de revisar Twitter estando en la calle, o de preguntarle una dirección a Foursquare, te hace volverte muy consciente de tu dependencia de la tecnología para resolver problemas sencillos del día a día.

Las cosas que aprendí de mi dieta digital

  1. No suceden tantas cosas como creo
  2. El miedo de perderse de algo ([FOMO](http://hipertextual.com/2015/01/que-es-el-fomo), por las siglas en inglés de *fear of missing out*) te hace sentir que si no estás revisando constantemente todas las redes sociales, sucederá algo importante y te lo perderás. Durante este mes, aprendí que si realmente sucede algo importante, cuando entre a las redes, aunque sea una sola vez al día, estarán hablando de ello. También aprendí que los titulares de las noticias son una trampa: por más que creas que están pasando muchas cosas, dentro de dos meses verás los mismos titulares y todo será igual.

  3. Tu nivel de estrés baja cuando estás desconectado
  4. Cuando no estás todo el tiempo bombardeado por pequeñas dosis de información, tu mente baja las revoluciones y finalmente se puede relajar. Esto también significa que podrás tener más capacidad mental para procesar cosas importantes con mayor profundidad.

  5. Hacer multitareas es pésimo para la concentración
  6. Cuando creemos que estamos haciendo multitareas, en realidad estamos saltando de una cosa a otra muy rápidamente, y aunque podamos pensar que le estamos dedicando la mitad de nuestra capacidad a cada una de las tareas, la verdad es que una gran parte de esa capacidad se pierde en el proceso de cambiar nuestra atención de un lugar al otro. Esto dificulta muchísimo que podamos llevar a cabo ninguna de las tareas al máximo de nuestras habilidades. Hacer multitareas crea un bucle de adicción a la dopamina en nuestro cerebro, lo que significa que estamos recompensando a nuestro cerebro por perder el foco en una sola cosa y por buscar constantemente estímulos externos. Lo que me lleva al siguiente punto:

  7. Las redes sociales generan adicción
  8. Cada vez que obtenemos una pequeña dosis de información (tweets, actualizaciones de estado de nuestros amigos) estamos enviando una pequeña cantidad de dopamina al cerebro, generando así una adicción al estímulo constante, que hace más y más difícil a nuestro cerebro concentrarse en actividades largas que requieran esfuerzos profundos y que no proporcionen recompensas constantes y vacías.

    dieta digital
    Fotografía de Dave Lawler bajo licencia CC BY ND 2.0
  9. El aburrimiento es la madre de todas las invenciones
  10. Por último, la que creo que fue la lección más grande aprendida en este mes, y que ya la decía hace algunos días: nuestra mente necesita aburrirse de vez en cuando, para pensar, para crear, para dar espacio a que surjan nuevas ideas y para procesar las cosas que leemos, vemos o vivimos. El "tiempo muerto" al que tanto le huimos en la época actual, es precisamente el lugar de donde surgen las ideas que pueden cambiar el rumbo de nuestras vidas, el invento que nos hará millonarios, o simplemente la revelación que esperamos sobre nuestro destino.

Si bien no creo que todo el mundo necesite ponerse en dieta digital, sí recomiendo a todos que meditemos un poco sobre la forma en la que nos relacionamos con nuestros dispositivos electrónicos, con nuestras cuentas en redes sociales y finalmente, con Internet. El inmenso potencial que Internet pone en la punta de nuestros dedos no vale de nada si terminamos desperdiciándolo en bucles infinitos de noticias con fecha de caducidad que están causando que nuestro cerebro tenga la capacidad de concentración de una ardilla.