Hay tardes en las que necesitas una película de entretenimiento, que no te haga pensar demasiado, y te proporcione un buen rato de risas. Hysteria es una de esas producciones para dibujarte una sonrisa, y darte unos minutos de entretenimiento.

La película, dirigida por Tanya Wexler, se estrenó oficialmente en el Festival de Cine Internacional de Toronto de 2011, según nos contaron nuestros compañeros de Extracine el año pasado. ¿Y qué tiene de especial Hysteria?

La obra, cuyo reparto está formado por Maggie Gyllenhall, Hugh Dancy y Jonathan Pryce, trata sobre la invención del vibrador en el siglo XIX. Según nos cuenta Pere Estupinyà en su libro La ciencia y el sexo, "los vibradores nacieron como una herramienta médica para curar la histeria", ya que con estas nuevas máquinas los médicos conseguían liberar las tensiones de sus pacientes, desde una perspectiva bastante machista, ya que se suponía que la masturbación femenina era algo inexistente.

¿Qué relación tiene Hysteria con la práctica médica y la historia de la ciencia? La perspectiva que durante años se tenía de la mujer, siguiendo las ideas de Aristóteles y Galeno, o de la propia tradición cristiana, era que se trataba de un hombre disminuido, y que los propios órganos sexuales femeninos no eran más que una inversión de los masculinos.

Durante la segunda mitad del siglo XIX, muchas fueron las mujeres diagnosticadas con histeria, una extraña enfermedad o invalidez femenina, relacionada según los escritos de la época con el útero (cuyo nombre en griego precisamente es hystera). Pero esta teoría médica no es propia de hace dos siglos, sino que procede de los egipcios, quienes fueron los primeros en lanzar la idea de que el útero era un órgano móvil, y que por ello se desplazaba por todo el cuerpo de la mujer.

Los griegos superaron aún más esta concepción tan absurda, al proponer que la histeria no solo era provocada por el útero móvil, sino que se veía agravada por la "abundancia de semen y la retención de la menstruación". Y hasta finales del siglo XIX, la idea de la extraña relación entre cerebro y útero se mantuvo como causa principal de la histeria femenina.

Es más, hasta que se inventó el vibrador, como cuentan en la película Hysteria, existían dos curas para tratar esta enfermedad inexistente, como se demostraría años después. Por una parte, los médicos podían fortalecer el útero, mediante intervenciones que suponían auténticas burradas, como la administración de dosis de nitrato de plata, inyecciones, cauterizaciones, sangrados o el empleo incluso de sanguijuelas.

La otra opción se situaba en extraer los órganos reproductores femeninos enfermos, una práctica médica que se utiliza a día de hoy (aunque la extracción del útero o la matriz femenina se use, por suerte, con objetivos médicos contrastados, y no como las salvajas realizadas en el pasado). La intervención quirúrgica, de hecho, recibe el nombre de histerectomía.

Tras la invención del vibrador en el siglo XIX y su uso para aliviar las tensiones femeninas, esta herramienta sería pronto utilizada también en los balnearios. Sin embargo, hasta 1902 no se comercializaría el primer vibrador, de la mano de la compañía Hamilton Beach, años antes de que se vendiera el aspirador o la propia plancha eléctrica.

Hoy en día, sabemos que aquellas ideas del siglo XIX no eran científicamente correctas, y que solo suponían la introducción de prácticas brutales en las mujeres que las sufrieron. Sin embargo, la invención del vibrador, como cuentan en Hysteria, sobrevivió a las ideas de la época, y pronto se expandiría por todo el mundo.

Como nos comenta el propio Estupinyà en su libro, en un estudio publicado en 2009 y realizado por investigadores de la Universidad de Indiana y el Instituto Kinsey, la utilización del vibrador cada vez estaba más extendida. En la encuesta, en la que participaron casi cuatro mil mujeres, se observó que el 52,5% había utilizado alguna vez un vibrador, bien en pareja, bien para su masturbación en solitario.

Este trabajo demostró que su uso seguía aumentando a nivel mundial, asociado a mejores índices de excitación, lubricación, deseo y orgasmo, y muy lejos, por fortuna, de las prácticas médicas y teorías científicas del siglo XIX.