Recuerdo que fue en mi niñez cuando en cierta zona aledaña a la Ciudad de México escuché hablar por vez primera del Chupacabras. Fue en la radio, reseñado por especialistas en el tema. Luego, poco a poco y con el terror que sólo los medios pueden generar, miré los efectos del monstruo a través de la televisión: animales muertos por doquier, ovejas, perros, gallinas y cabras, por supuesto. Vi declaraciones juradas de gente que vio al Chupacabras hacer de las suyas.

Era 1995 y el mito se esparció en cada comunidad a lo largo y ancho de mi país. Eran tiempos de dura y omnipresente crisis económica. También recuerdo vagamente las otras versiones, las conspiratorias: "El Chupacabras es un invento del gobierno" y así por estilo.

Hoy, con casi la misma sorpresa de aquellos años, leo en Discovery un artículo sobre la resolución científica del misterio. Según reporta Jennifer Viegas, los llamados chupacabras no son malvados monstruos hematófagos, sino

perros salvajes [particularmente coyotes] atacados por una forma mortal de sarna, de acuerdo con el biologo Barry O'Connor de la Universidad de Michigan.

¿Sarna? Sí, y mucha. Pero, ¿qué o quién es el responsable? ¿Cuál es la concreta causa de la extrema pérdida de cabello, piel inflamada y asqueroso olor de los supuestos chupacabras? El Sarcoptes scabiei, un ácaro de ocho patas que habita en grandes colonias bajo la piel de los pobres mamíferos. O'Connor:

Siempre que hay una nueva sociedad huésped-parásito, es muy repugnante [...] Provoca un enorme daño, y la mortalidad es relativamente alta debido a que los huéspedes no cuentan con una historia evolutiva que los prepare para hacer frente al parásito

Bien, y ¿por qué los chupacabras sólo la beben sangre del ganado? Básicamente, dice el científico,

siendo tan débiles [...] es más sencillo que ir a la caza de un conejo o un venado.

Para celebrar la caza del mito del Chupacabras, quiero ofrecerles una pequeña muestra de la, digamos, curiosa obra gráfica en torno a él.

Un análisis anatómico:

Una versión alienígena, derivada de la anterior, quizá promovida por Jaime Maussan:

Un mural a la Diego Rivera:

Un chupacabraszilla:

Y un chupacabras político:

Si Jorge Luis Borges viviera y reeditara su imperdible Manual de Zoología Fantastica, sin duda le dedicaría un criptozoológico capítulo a nuestro entrañable Chupacabras. ¿No lo creen?

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