Con Wikileaks y el caso de los documentos filtrados de la guerra de Afganistán estamos viviendo un momento transformador, no sólo en la historia del periodismo moderno, sino también en el debate sobre privacidad y transparencia, seguridad y control, en ámbitos empresariales, políticos y hasta círculos de la Casa Blanca y el Pentágono. Hasta ahora las filtraciones eran algo conocido que de vez en cuando ocasionaba debates internos en las redacciones, pero Julian Assange a bordo de su nave Wikileaks con la transparencia como bandera, ha quitado a los medios de en medio (nunca mejor dicho) y ha exclamado: aquí estamos para mostrar lo que tenga que ser revelado.

Wikileaks es un sitio web y una organización cuyo principal cometido es publicar filtraciones anónimas de documentos que de otra manera estarían ocultos a la luz pública, y preservar el anonimato de sus fuentes. Tiene más de un millón de informes y no cuenta con publicidad, ni recibe ayudas de ningún estado; subsiste gracias a donaciones. Wikileaks ha estado sacando a la luz informes que han comprometido la credibilidad de gobiernos, empresas y organizaciones religiosas, como la Cienciología, desde diciembre de 2006. En esa ocasión postearon un documento que habría sido una orden de asesinato a oficiales del gobierno somalí firmada por el Jeque Hassan Dahir Aweys. Aunque la autenticidad de ese documento en particular nunca pudo ser totalmente verificada, sí lo fueron las siguientes filtraciones, que según su fundador, Julian Assange, son revisadas por un grupo de 5 analistas a tiempo completo, especializados en áreas lingüísticas o de programación, que también examinan la identidad y el background de la fuente.

Después de varias filtraciones, entre las que hubo algunas que se podrían haber calificado, además de invasivas, de innecesarias, como por ejemplo aquellos 500 mil mensajes de móvil enviados durante los atentados del 9/11, Wikileaks volvió a estar en boca de todos, y después de varios días el debate continúa.

El 25 de julio tres de los más importantes periódicos a nivel internacional (The Guardian, Der Spiegel y The New York Times) publicaban sobre la filtración de 92 mil documentos secretos sobre la guerra de Afganistán. Estos registros exponen un panorama de la situación mucho más devastador de lo que se suponía: muertes de unos 2.000 civiles hasta este momento no conocidas públicamente, actuaciones de EE.UU. fuera de la ley -como unidades secretas de fuerzas militares para cazar o matar a talibanes sin juicio previo- y la implicación de Pakistán en la resistencia talibán. La documentación sobre la filtración, considerada una de las más grandes de la historia y comparada con los Pentagon Papers, había sido facilitada a estos periódicos por Wikileaks, unos meses antes de publicarla en su propia página para ponerla a disposición de quienes quisieran revisarla.

Y aquí viene lo que me parece más interesante del caso y lo que está haciendo que periodistas, políticos y analistas sigan debatiendo. Wikileaks podría haber publicado la información como siempre en su sitio, dejando que luego el público la encuentre -lo que hizo-, pero la puso primero a disposición de estos gigantes periodísticos para que la contextualicen, para que comprueben la información y contacten con las partes. Y además de eso, luego la publicó en su sitio, convirtiéndose en un actor decisivo para garantizar dos cosas: que esos datos estarán disponibles para el público, y que la fuente sigue estando protegida por ellos.

La decisión de Wikileaks es histórica y generosa, y cambió las reglas de juego. Es histórica porque hemos llegado hace tiempo a un momento tecnológico en el que ya no hay que acudir a un gran medio de comunicación para publicar algo, pero también hemos llegado a un punto en el que no queremos perdernos toda la experiencia y análisis que puedan aportar los periodistas de tres medios prestigiosos como The Guardian, The New York Times y Der Spiegel. Wikileaks no necesitaba hacerlo, pero eligieron hacerlo por el valor que esto le podría agregar a la información, y por eso es generosa. El hecho de que Assange haya decidido dárselo a los medios primero, además, demuestra su conocimiento de la forma en que los medios tradicionales operan: en un perfil del New Yorker, lamentaba el desinterés general entre los periodistas por cubrir grandes temas. "Cuando todo el mundo tiene acceso a los datos, no le dan importancia", reconocía.

Las reacciones por parte del Pentágono fueron las típicas de estos casos, acusando a Wikileaks de atentar contra la seguridad nacional y poniendo el foco, como gran parte de la prensa, en la seguridad física de los nombres de informantes que aparecían en esos registros. No deja de ser hipócrita que algunos de los que respaldan una operación en la que han muerto y probablemente seguirán muriendo miles, se preocupan por unos pocos informantes afganos que podrían estar implicados. (Por cierto, Assange contó que, por recomendación de la Casa Blanca, había pedido asistencia al Pentágono para editar los documentos y borrar los nombres de los informantes que pudieran estar en riesgo, pero no recibió respuesta, por lo que hicieron lo que pudieron con sus propios recursos).

En Kuwait está detenido Bradley Manning, por exponer las imágenes donde tropas norteamericanas disparan y matan a varias personas, entre ellas un fotógrafo de Reuters. Aunque no está aún comprobado si él fue quien filtró los documentos, ya hay un congresista pidiendo la pena de muerte para él. Después de una serie de rumores puestos en marcha para desprestigiar a Wikileaks, ya hay quienes piden la cabeza de Assange, aunque esto signifique ir contra las leyes internacionales.

Nick Davies, periodista de The Guardian, distinguió tres cosas que nunca podrían haber pasado antes de la era de internet: una, que el ejército de los EE.UU. construyera una inmensa base de datos con material sensible de inteligencia militar de los últimos seis años. Dos, que muchos miles de soldados estadounidenses tuvieran acceso a ese archivo electrónico y que pudieran descargar copias. Y tres, que Wikileaks ahora tenga una copia que publica inmediatamente en internet, a través de una serie de servidores globales imposibles de censurar.

Cuatro, voy a agregar yo, que el Pentágono comienza a verse cuestionado ya no sólo por unos locos nómadas que cuelgan algo en internet (la primera organización de noticias sin patria, como los ha llamado Jay Rosen), sino por tres grandes medios como The Guardian, Der Spiegel y el New York Times, mientras que a su vez éstos tienen frente a sí a una inmensa masa de lectores que pueden acudir en cualquier momento a la información completa. Se empieza a hablar del derecho a la transparencia y de la información real de todos los ciudadanos como un servicio público, y esto es posible ahora gracias a Internet, a la gran red de distribución de información que ha logrado, y a las personas que trabajando en nuevos o tradicionales medios, buscan sobre todas las cosas, contar la verdad.