Todo comenzó con mi nuevo teléfono móvil. Cuando salí de la tienda, tomé el chip de mi viejo celular y se lo puse al aparato que acaba de comprar. Entonces pensé en **cómo había cambiado la relación de materialidad entre los móviles y los usuarios** (después de todo, me gradúe con una tesis en filosofía de la tecnología, así que me suelen asaltar esos pensamientos). Recordé que cuando era joven, era imposible disociar el número del aparato. Cualquiera que haya vivido el nacimiento de los teléfonos celulares lo podrá corroborar: **el teléfono era un todo, objeto y número.**

Eran tiempos engorrosos, en los que si perdías tu aparato o se rompía, tenías que comenzar de nuevo: darle el número a tus amigos, reprogramar tu agenda de contactos. Con el tiempo, surgieron los **chips**, y la vida fue mejor. Si decidías comprarte un nuevo teléfono, no tenías que pasar por todo el proceso: únicamente cambiabas la tarjeta y ¡voilá! Claro, todavia estaba el problema de las compañías telefónicas: si querías cambiarte, a empezar de nuevo. Por lo menos en México, los legisladores se pusieron de acuerdo y crearon una **norma de portabilidad**. De este modo, tu número dejaba de depender de cualquier cuestión material (teléfono o chip), y pasaba a ser parte de tu identidad.

A este proceso se le conoce en la fenomenología como **corporización**. En esta forma de relación tecnológica, el usuario trata de incorporar a su cuerpo (yo) a un aparato, de modo que retenga las cualidades de éste, pero que le pase desapercibido. ¿Complicado? ¡Para nada! Piensa por un momento en la evolución tecnológica de los anteojos: pasaron de ser un par de gafas, a lentes de contacto, y finalmente, a una operación de láser.

El punto es que nos equivocamos en preveer el futuro. Mientras que pensamos que corporizar nuestros teléfonos móviles equivalía a injertarlos en nuestro cuerpo, **no nos dimos cuenta cómo fusionamos nuestra identidad con nuestro número**. ¿Exagerado? No. Piensa en el teléfono de tu casa. Como su materialidad está ligada a un espacio físico («estoy hablándote a tu casa»), nadie espera que cuando contestes estés en otro lado. Así, cuando te llamen a tu número, esperarán que contestes tú.

¿Qué significa? Bueno, si yo quisiera, **podría pasar el resto de mi vida con el mismo número**, ligándolo de manera definitiva con mi persona. Dirán que aún hay ciertos escollos por librar (por ejemplo, las ataduras geográficas) pero ya son mínimas. En efecto, podríamos darle ahora a un recién nacido un número de móvil y podría conservarlo hasta la muerte. Pasa como con un correo electrónico, un nombre de usuario o un mote. Un cambio de número ya implica **un cambio de identidad** — de la misma forma en que mucha gente actualiza su dirección de correo que sacó cuando joven por una más «adulta».

La pérdida de la materialidad nos da la ventaja de cambiar de modelo sin preocuparnos, pero implica que hemos aceptado que **somos ese número** (mientras lo conservamos, claro). Cuando lo cambiamos por alguna razón —por ejemplo, por una expareja indeseable que nos acosa o algo por el estilo— se reinicia el proceso: darle al número a los que queremos, perder algunos contactos, etcétera. Así que no teman, agoreros. No se necesita injertar un chip bajo la piel para corporizar un aparato. La tecnología tiene otros mecanismos para hacerse uno con nosotros.

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