La genialidad es relativamente frecuente. Relativamente. Lo que es menos frecuente es que esa genialidad vaya acompañada de carisma, capacidad de comunicación y, lo que es más importante, deseo de hacerlo. De vez en cuando, no obstante, surge en algún campo de la ciencia un genio que no sólo es un gran estudioso y teórico, sino que además sabe divulgar los avances y los conocimientos que adquiere, entusiasmando al público y haciendo que temas habitualmente áridos estén en boca de todos. Jacques-Yves Cousteau era uno de esos genios.

Nació hace hoy cien años en un pueblecito de la Gironda, en el sur de Francia. Curiosamente su interés por el mar sólo comenzó cuando un accidente de tráfico cortó de raíz sus aspiraciones como piloto de combate. Sus primeras obras audiovisuales datan de los años cuarenta, cuando desarrolló junto con el ingeniero Léon Vèche la primera caja submarina para cámaras, pero aquella por la que todo el mundo le recuerda es La Odisea Submarina del Comandante Cousteau, una coproducción franco-estadounidense que le reportaría fama internacional, y que fue el origen de su famosísimo gorro rojo de submarinista.

No obstante, ya lo hemos dicho: Cousteau no sólo fue un gran divulgador, sino también un gran científico. Desarrolló junto a Émile Gagnan la primera escafandra autónoma, o aqualung, y predijo correctamente la utilización de «algo parecido al sónar» por parte de los cetáceos para orientarse.

Hoy, su legado sigue vivo a través de la Fundación Cousteau, que, presidida por su viuda, Francine, vela por que las futuras generaciones puedan descubrir las maravillas del mundo submarino como a nosotros nos las mostró Jacques-Yves Cousteau.