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En la década de los 90 tuvo lugar el proyecto estadounidense Super High Altitude Research Project (o SHARP) con el que se investigó la viabilidad de lanzar proyectiles a alta velocidad a la atmósfera siendo el objetivo final ver si se podrían propulsar satélites hasta la órbita terrestre mediante esta técnica. Para las investigaciones se construyó un gigantesco cañón de gas de hidrógeno que consiguió lanzar objetos de unos pocos kilos a velocidades de 3 kilómetros por segundo. Finalmente el proyectó se abandonó, pero ahora varios de los que participaron en él pretenden retomar las investigaciones y construir un cañón aún más grande.

John Hunter, uno de los físicos que ayudó a construir el cañón del proyecto SHARP, ha anunciado el nacimiento de una empresa (Quicklunch) formada por él y otros ex-compañeros de SHARP, para crear una nueva versión mucho más potente del primer cañón: la nueva máquina medirá 1,1 kilómetros de largo y esperan conseguir lanzar cargas de 450 kilos a la impresionante velocidad de seis kilómetros por segundo. ¿Todo esto para qué?

Las diferentes agencias espaciales llevan mucho tiempo investigando nuevas formas de transportar combustible al espacio ya que los métodos actuales son extremadamente caros. La idea de Hunter y sus compañeros es conseguir un cañón que sea capaz de enviar cargas de combustible al espacio, sistema que abarataría los costes sustancialmente. Eso sí, hay varios problemas que deberán solventar, por un lado está la desaceleración que sufrirá la carga al entrar en contacto con la atmósfera terrestre y por el otro las tremendas temperaturas que el proyectil tendrá que aguantar a su paso por la misma.

Siendo realistas que el proyecto tire hacia delante está complicado, necesitan 500 millones de dólares para construir su “mega-cañón y como decía en la década de los 90 ya se investigó lo que ahora quieren retomar Hunter y sus compañeros. Personalmente me gustaría que todo esto no quedara en nada, aunque solo fuera por ver un lanzamiento de semejante bestia.