En la adaptación a serie de The Last of Us, en HBO, el primer indicio de la infección que llevará al mundo a su final es un pequeño temblor en la muñeca de un muchacho. Un asomo breve, singular y casi irrelevante de lo que ocurrirá poco después. Para Sarah (Nico Parker), se trata de un pequeño incidente que más tarde tomará forma de una realidad monstruosa, imposible de imaginar de inmediato.

De hecho, lo que más sorprende del guion de Craig Mazin y Neil Druckmann es su cualidad paciente. Nada parece apresurado en la manera de explicar el apocalipsis que se avecina. Tampoco artificial o forzado. The Last of Us detalla el escenario con minuciosidad. Pero sin exagerar o dramatizar. Los primeros diez minutos de la serie relatan la tarde cualquiera de una adolescente corriente.

Una que, sin embargo, está destinada a enfrentar la caída del mundo tal y como lo conoce. A ser parte de una circunstancia violenta que se desarrolla fuera de pantalla mientras Sarah es testigo de su diminuto rastro. 

La historia resulta inmersiva en los numerosos detalles que usa para anunciar lo que está a punto de pasar. La producción es consciente de que su premisa es familiar para la mayoría de los espectadores. Que forma parte de una experiencia colectiva de enorme relevancia que, a su vez, sostiene el interés en su adaptación para la televisión. Por ese motivo, The Last of Us tiene particular cuidado en que lo que se cuenta sea tan innovador como reconocible. Sarah va de un lado a otro de Austin (Texas) un 26 de septiembre de 2003. Es el último día del mundo como hasta entonces la conoció. También el de su vida.

The Last of Us

Lo que más sorprende del guion es su cualidad paciente. Nada parece apresurado en la manera de explicar el apocalipsis que se avecina. Tampoco artificial o forzado. La serie detalla el escenario con minuciosidad. Pero sin exagerar o dramatizar. La historia resulta inmersiva en los numerosos detalles que deja a su paso para anunciar lo que está a punto de pasar. La producción es consciente de que su historia es familiar para la mayoría de los espectadores. Que forma parte de una experiencia colectiva de enorme relevancia, que sostiene el interés en su adaptación para televisión. Por lo que tiene particular cuidado en que lo que se cuenta sea tan innovador como reconocible.

Puntuación: 4.5 de 5.

Una adaptación fiel al material original, pero con contenido propio

The Last of Us construye su escenario aterrador con cuidado. Hay una amenaza cercana, total y potencialmente devastadora que está ocurriendo con rapidez. Una que se anuncia en un curioso prólogo que retrotrae la historia a 1968 y se pregunta en voz alta qué podría arrasar con la vida humana como la conocemos.

Se trata de un añadido de información que aclara, a diferencia de otras historias similares, que lo que pasará en el relato no es un accidente. Es una consecuencia del fenómeno que se gestó en la oscuridad, que sucedió casi frente a los ojos de un mundo desprevenido. Un tipo de peligro que parecía impensable cuarenta años atrás, pero que tuvo el tiempo suficiente para desarrollarse hasta volverse imparable.

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Los guionistas dotaron a la serie de un contexto sustancioso que emula, en cierta forma, la atmósfera claustrofóbica del juego. En especial, cómo imaginar la amenaza biológica que se desarrolla con lentitud pero a paso inexorable. En The Last of Us, la idea del apocalipsis no ocurre por la pérdida del control, sino por una inevitable sucesión de sucesos invisibles. De la misma manera que en el juego, el hongo Cordyceps (que incluso aparece en los títulos iniciales) es el detonante del apocalipsis.

Cuando el argumento encuentra a Sarah, sentada en el aula de una de sus clases, la amenaza parece ínfima. Un movimiento convulsivo y rápido en la mano de un muchacho a unas filas de distancia. Ya está infectado, aunque ni ella ni él lo saben. Lo mismo que varias personas con las que Sarah se topará a lo largo de la tensa y bien ejecutada primera hora de The Last of Us. Para cuando, finalmente, el horror muestra su verdadera forma, el relato deja claro que es tarde para huir.

The Last of Us, la historia de la caída del mundo

En la trama, la tragedia no llega de inmediato. Tampoco de forma ruidosa o con una serie de sucesos catastróficos. Durante sus primeras secuencias, solo queda claro que algo está ocurriendo al trasfondo de la vida de los personajes. A través de Sarah, y después de su padre Joel (Pedro Pascal) y su tío Tommy (Gabriel Luna), The Last of Us narra las piezas sueltas del desastre. La circunstancia misteriosa que les rodea no muestra sus verdaderos alcances hasta que estalla de súbito con el impacto de una catástrofe impensable. 

The Last of Us, de HBO Max

Pero, para su segundo tramo —el primer capítulo se extiende por una hora y veinte minutos—, los escombros del mundo están por todas partes. El ambiente cargado de las calles destartaladas de Austin, con un aspecto decadente y árido, es doloroso. 

La cámara enfoca la tragedia desde lo íntimo, entre el miedo de los miembros de una misma familia. Las calles convertidas en campos de batalla inexplicables. Progresivamente, la amenaza surge. En todo su poder y capacidad para destruir la realidad y dejar a su paso una inquietante oscuridad.

The Last of Us se toma el cuidado de mostrar el advenimiento de los clásicos clickers (o criaturas infectadas por la micosis) desde sus indicios iniciales. La tercera fase de la transformación no se muestra durante todo el primer capítulo. Es en el cuarto cuando el rostro de las criaturas es visible. Una decisión inteligente que permite a la serie construir su propia mitología con cuidado y con meticulosa precisión.

De la misma manera que en el título creado por Naughty Dog, los monstruos que resultan del contagio comen carnes. Tampoco guardan semejanza alguna con un ser humano en su último estadio de transformación. The Last of Us logró incluso elaborar un sentido de su clásico sonido de chasquido para incorporarlo a la trama como un elemento crucial. Una idea que brinda a las criaturas una segunda dimensión mucho más dura y angustiosa que la de ser meras amenazas.

Los monstruos se esconden en la oscuridad

The Last of Us, de HBO Max

Los dos primeros capítulos de The Last Of Us tienen una forma sobria y casi sencilla de mostrar conceptos complejos. No solo relatan el conocido argumento del videojuego, sino que, además, agregan un necesario contexto para su versión televisiva.

El resultado es una espléndida puesta en escena acerca de un cataclismo inminente, su desarrollo abrupto y la desolación que se extiende como una onda expansiva. Si algo asombra durante de la serie es su solidez para mostrar la forma en que el miedo a lo inexplicable puede convertirse en dolor. En un tipo de sufrimiento humano, que, aun así, se vincula con lo inexplicable que lo produce.

Pero, sobre todo, The Last of Us trata de una tragedia humana. La producción logra establecer que su escenario se basa en el dolor de la pérdida. Al mismo tiempo que se sostiene en los rigores del miedo y los códigos del género de terror, esta vez modulados para narrar una historia emocional. Poco a poco, y mientras Joel trata de escapar del caos en las calles de Austin, lo terrorífico se condensa hasta desembocar en un suceso irremediable. 

La muerte (punto de inflexión, tanto en el juego como en la serie) se muestra como toda la potencia cruda de una desgracia en medio del caos. Una de tantas, que acaece en mitad de la noche, de gritos de horror y de la forma en que la humanidad se desploma en pedazos. Para cuando Joel grita de dolor, el mensaje es claro. El mundo desaparece, los monstruos dominan y recorren la noche. El miedo humano lo es todo.

The Last of Us, un regalo para los fans

The Last of Us de HBO

Resulta sorprendente la forma en que la historia se desarrolla con un ritmo pausado que en manos poco hábiles habría resultado tedioso. Pero en The Last of Us, de la misma manera que el videojuego del cual procede, la solidez de lo que se cuenta depende de sus personajes. A través de ellos, y en especial de Joel, se comprende el poder de su mensaje oculto. De su trasfondo poderoso que palpita en medio de las insinuaciones de la ruina y la desesperanza.

Cuando The Last of Us avanza veinte años, la acción se traslada a Boston, una ciudad fantasma y vigilada por grupos militares de acción rápida. Como en el juego, Joel es ahora un ciudadano sin rostro, un sobreviviente anónimo sin un motivo más que el instinto de supervivencia para continuar. De hecho, Pascal dota al personaje de una rudeza tétrica y envilecida, una angustia existencial tan cercana que resulta inevitable de comprender.

Para cuando conozca a Ellie (Bella Ramsey), Joel deberá atravesar sus propios horrores para poder comenzar a reencontrarse con el hombre que fue. Ramsey dota a la niña, convertida en esperanza de un mundo devastado, de un carisma asombroso y una humanidad total.

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Juntos, los actores tienen una química brillante y cuando el viaje comienza  —y la serie eleva las apuestas—  es evidente el motivo del éxito del argumento. El poder para hacer creíble que en medio de todo el dolor que hasta entonces se relató hay un sentido existencial y puro de sobrevivir. De encontrar una respuesta a la vida en mitad de la oscuridad, de la muerte, también de la amenaza. Quizá el punto más alto de The Last of Us en sus primeros capítulos.

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