La contaminación lumínica es un problema serio al que no siempre se le presta toda la atención que merece. Cuesta pensar que algo tan necesario y abstracto como la luz pueda contaminar. Sin embargo, lo hace a muchos niveles. Impide ver el cielo, tanto a los aficionados como a los profesionales de la astronomía, y a su vez puede afectar a los seres vivos de formas muy diferentes. Por eso, hace años que se intenta monitorizar cómo evoluciona esta contaminación. El problema es que se ha hecho con satélites dotados con sensores que, según un nuevo estudio publicado en Science, estaban subestimando el problema.

En esta nueva investigación se han publicado datos de ciencia ciudadana. Es decir, información tomada por personas no científicas que se ofrecen como voluntarias para ayudar a los investigadores en su tarea, cubriendo así una mayor extensión del planeta.

En este caso, participaron más de 51.000 científicos ciudadanos, entre 2011 y 2022. Todos tuvieron que rellenar una serie de cuestionarios cuyo análisis ha concluido algo muy preocupante: que la contaminación lumínica está avanzando con una tasa de cambio mucho mayor que la que predijeron los satélites. Aumentan los motivos para tomar medidas, así que ahora habrá que seguir concienciando sobre ello.

El problema de la contaminación lumínica

En 1994, un terremoto dejó sin luz a miles de personas en Los Ángeles. Poco después, el 911 comenzó a plagarse de llamadas de personas atemorizadas por una franja plateada que se había abierto en el cielo, tan majestuosa como temible. Creían que el terremoto había rajado el firmamento. Pero, en realidad, solo estaban viendo la Vía Láctea. Su ciudad estaba normalmente tan iluminada que nunca habían tenido la oportunidad de ver nuestra galaxia.

Esta historia siempre se cuenta para concienciar de lo lejos que puede llegar la contaminación lumínica. Y es que ya no se trata solo de grandes ciudades como Los Ángeles. Muchas personas a día de hoy, habitantes de localidades mucho más pequeñas, niegan haber visto nunca ese reguero de puntos plateados surcando el cielo. Tampoco puede distinguir con claridad las constelaciones. De hecho, difícilmente pueden distinguir algunas estrellas. El maravilloso cielo enjoyado del que disfrutaban nuestros antepasados simplemente mirando al cielo se ha convertido en un lujo del que solo pueden disfrutar unos pocos. Solo eso ya es un problema, pero no es nada más que el principio.

La iluminación artificial de las ciudades está lanzando tal nivel de brillo al cielo que los astrónomos tampoco pueden verlo con claridad para llevar a cabo su trabajo. Incluso algunos observatorios, ubicados a gran distancia de las ciudades, tienen que sufrir el resplandor que estas lanzan hacia el firmamento.

Pero aún hay más. Los animales que se guían por la Luna para desplazarse se confunden con las miles de luminarias que encienden las ciudades, por lo que terminan confundidos, perdidos y a veces muertos. También se ve afectado el crecimiento de algunas plantas que siguen sus propios ritmos circadianos. E incluso la salud de los humanos sufre por los efectos de una iluminación excesiva durante la noche. Son muchos los motivos por los que la contaminación lumínica es un problema. Para colmo, ahora sabemos que va demasiado rápido.

contaminación lumínica
NOIRLab/NSF/AURA, P. Marenfeld

Nuevos datos gracias a la colaboración ciudadana

Este estudio se ha realizado a partir de datos del proyecto Globe at Night, dirigido por la Fundación Nacional de Ciencias de Estados Unidos, con el objetivo de medir la contaminación lumínica sin salir de la Tierra.

Para ello, se compararon dos enfoques. Por un lado, se tomaron datos satelitales medidos en 2014. Y, por otro, se buscaron voluntarios para observar directamente el cielo desde distintos puntos del mundo. En total participaron 51.351 personas, ubicadas en 19.262 lugares diferentes del planeta. Todos ellos tenían que hacer lo mismo: mirar al cielo y seleccionar entre varias imágenes de una encuesta en línea cuál se parecía más a lo que habían visto. Por lo tanto, era algo muy sencillo, que no requería de conocimientos sobre astronomía.

Una vez recogidos los datos, los analizaron en conjunto y comprobaron a qué aumento del brillo anual se correspondían para cada zona. Concluyeron que este sería de un 6,5% en Europa y un 10,4% en América del Norte. Esto es significativamente mayor de lo que se había concluido con los satélites. Por lo tanto, la situación es más dramática de lo que se pensaba. Tanto, que, según explican en un comunicado los autores del estudio, si un niño nacido hoy puede ver 250 estrellas, en su 18 cumpleaños solo podrá ver 100 estrellas en ese mismo punto. 

¿Por qué la ciencia ciudadana es más útil para medir la contaminación lumínica?

Hay dos motivos por los que los autores de este estudio consideran que estos voluntarios han medido la contaminación lumínica mejor que los satélites.

Por un lado, los sensores ubicados en el espacio miden la luz que se lanza hacia arriba. Sin embargo, la contaminación lumínica la causan también las luces horizontales. Es decir, la que sale de carteles luminosos o fachadas, por ejemplo. Lo ideal es usar farolas que apunten hacia abajo, pues así se eliminan las dos.

Las personas que miran el cielo desde la Tierra pueden ver cómo la luz horizontal entorpece la observación. Por eso, se puede hacer un cálculo más exacto del incremento del brillo.

Por otro lado, el resplandor de la luz azul es el que causa más contaminación lumínica. En los últimos años, las lámparas de vapor de sodio, más anaranjadas, se han sustituido en buena parte por LEDs azules. Y esto es más difícil de medir desde el espacio, ya que los sensores de los satélites que son capaces de cubrir todo el globo son mucho menos sensibles a estas longitudes de onda. En cambio, las personas desde la Tierra sí experimentan de primera mano cómo esa luz azul entorpece la visión de las estrellas.

Por lo tanto, si bien los satélites ya nos daban una idea de la gravedad del problema, ahora sabemos que es aún peor. Si no se hace nada por solucionarlo, en poco tiempo una cantidad terrible de personas en este planeta vivirán ajenas al espectáculo del cielo sobre sus cabezas. Y eso no será lo peor. 

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