Con su conocimiento, Brice Ménard, profesor de la Universidad Johns Hopkins, ha desarrollado un mapa del universo observable. En una web interactiva, podrás explorar desde nuestro punto en el ancho vacío espacial, pasando por millones de galaxias distantes y distintas en composición, hasta llegar a la barrera que nos separa del resto del universo: el límite observable.

Nuestra galaxia, la Vía Láctea, se nos muestra en un pequeño punto, casi invisible, en la parte inferior de la pantalla. Este pixel se abre en forma de cono, mostrándonos los rincones del universo que ya “conocemos”, y aquellos de los que ni siquiera hemos obtenido un primer vistazo. A medida que te desplazas, verás cómo cambian los colores; pero mejor todavía: las texturas del universo.

Sí, entre las galaxias espirales y las elípticas, esta textura es mucho más notoria. Entrecerrando los ojos puedes ver cómo se dibuja una especie de malla formada por millones de puntos (cada uno una galaxia distinta). Un tejido homogéneo e impresionante, y que solo demuestra la uniformidad del universo en todas sus direcciones.

La estructura del universo visible en un mapa que puedes ver en tu teléfono

Mapa del universo observable
Mapa del universo observable

Entre las galaxias que podemos observar en el diagrama construido por Brice Ménard, tenemos las espirales, categoría en la que entra la Vía Láctea. Andrómeda, otra más grande en vías de colisionar con la nuestra, también se encuentra en esta misma categoría. Mientras desplazamos, vemos cómo el color cambia de celeste a amarillo, exponiendo a las galaxias elípticas cuyo color suele ser más amarillento y más brillante que el de las variantes espirales.

Más lejos, tenemos las galaxias con corrimiento al rojo. Mientras el universo se expande entre estos cuerpos celestes, los fotones se estiran durante su viaje por el espacio. Esto hace que, en cierto punto, pasen al espectro infrarrojo de la luz, algo que le sucede a las galaxias elípticas más lejanas de nosotros. A la distancia en la que se encuentran, su luz aparenta ser roja.

Lamentablemente, las galaxias espirales con corrimiento al rojo no pueden detectarse con los equipos actuales, ya que cuentan con una iluminación mucho más tenue que las galaxias elípticas. Esto hace que, a este punto del mapa, la estructura filamentosa que conforma al universo sea más difícil de percibir; aunque sigue estando.

El último bastión observable

Imagen del fondo cósmico de microondas

Más allá, tenemos a los cuásares. Se trata de misteriosos agujeros negros masivos localizados en el centro de algunos cuerpos galácticos. Gracias a las acumulaciones de gas y estrellas a su alrededor, estos cuásares se vuelven extremadamente brillantes, por lo que su luz puede llegar a todos los rincones del universo visible, con un tono bastante azulado.

Casi en el último lugar, tenemos a los cuásares con corrimiento al rojo. Al igual que sucede con las galaxias, la luz de los cuásares también se ve afectada por la expansión constante del universo. Los fotones azules de los cuásares se estiran a tal punto de pasar al espectro infrarrojo. Más allá, nos encontramos con una etapa del universo llena de gas de hidrógeno, impidiendo la propagación de luz visible, por lo que no podemos observarla. Esta etapa es llamada «Edad oscura», por obvias razones.

En el último bastión: el borde del universo observable. Tan lejos de nosotros que proyecta los primeros fogonazos de luz emitidos tras el Big Bang, hace unos 13.7 mil millones de años. Esta luz se ha estirado a lo largo y ancho del universo, y es lo que hoy conocemos como fondo cósmico de microondas, y con el que podemos determinar cómo eran los primeros cientos de miles de años de vida del universo.

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