Syril Karn necesita un nuevo empleo. Después de la humillación de Ferrix y de ser absorbido por la maquinaria del Imperio, su lugar es incierto. También lo es la forma como comprende el poder establecido, tiránico e incontestable que gobierna la galaxia. Andor, disponible en Disney+, comienza su séptimo episodio con una mirada rápida al ámbito de las personas corrientes bajo un régimen represor.

La noticia del robo en Aldhani no ha sido algo pequeño o de corto alcance. Un golpe en la mano de un sistema en apariencia de eficaz de protección. Syril escucha la noticia de pie, aturdido. Su figura es la de los hombres y mujeres que perciben que bajo el aparente incidente aislado hay una señal. Un patrón obvio de subversión.

Otra vez, Andor juega con eficacia a construir una idea profunda sobre el poder de puertas adentro. Lo hace al mostrar la forma en que el Imperio reacciona a un suceso violento que deja víctimas, pero, también, y aún más significativo, al mostrar sus grietas. “Si creen que no estamos preparados, se equivocan”, dice el nuevo hombre a cargo. La cámara muestra, con lentitud, la furia implacable y limpia de los burócratas, los encargados de sostener a un monstruo voraz de represión. Los uniformes blancos, las paredes impolutas de los lugares en los que se toman las mayores decisiones.

“Por eso trabajamos tan duro”, continúa el funcionario. “Por eso nos preparamos tanto en tiempos de paz”, insiste. “Para el contraataque”. Dedra Meeron, la única que previó y pudo comprender la lenta sincronía de la oposición al poder, escucha en silencio. El mayor anuncia impuestos, represión renovada, mayor vigilancia. Una venganza sutil contra todos los que apoyaron, o quizás ocultaron, el ataque al puesto de avanzada. “La subversión se controla con los que la rodean”, dice finalmente el funcionario. “Que el miedo sea todo y que, al final, la presión sea insoportable”.

Andor es el nuevo fenómeno del universo Star Wars que llega en exclusiva a Disney+

Andor, tiempos de miedo y dolor en una galaxia muy muy lejana

Andor se ha distinguido por usar los detalles para narrar sucesos mayores. Este primer recorrido por la reacción del Imperio a un golpe que rompió su falsa sensación de seguridad se muestra con inteligencia. En especial, cuando es evidente que la percepción sobre el tiempo es de urgencia. Un robo al Imperio es algo más que un crimen. Una señal de debilidad. También, como mostró el sexto episodio, un mensaje a todos los que apoyan la secesión. Algo está ocurriendo bajo la tranquila apariencia de control del totalitarismo

Al mismo tiempo, es la primera vez que se anuncian las actuaciones del Buró de Seguridad Imperial (BSI), lo que modifica el escenario de manera sustancial. También, las medidas especiales que incluyen invocar la directiva de reevaluación de sentencias para el orden público. Nada es igual después de un robo en el que murieron funcionarios. Un golpe organizado, bien construido y que deja al descubierto algo claro: el poder no es incontestable.

El emperador ahora sabe que algo más allá de ataques aislados ocurre, por lo que solicita una reunión con el Senado. Medidas, una actuación. La situación protagonizada por Andor Cassian y el grupo de rebeldes que lo acompañan fue un aviso. Una mirada real a lo que está pasando en pueblos, planetas y regiones de vasto territorio Imperial. 

Pero la única que lo comprende en realidad es Dedra Meeron, que sabe bien que, más allá de un robo, se trata “de un anuncio”. Uno que enfatiza que la hostilidad contra el régimen podrá hacerse más evidente, urgente y peligrosa en Andor. Ahora cuenta con dinero y fondos para subvencionar sus actividades. La Rebelión acaba de dar un paso para ser algo más que células desordenadas de acción.

El miedo en todas partes 

El séptimo capítulo de Andor muestra el poder en plenitud y, a la vez, su flaqueza. Su falta de enfoque, comprensión y, en especial, su absoluta arrogancia. Dentro de sus fauces, los que se resisten maniobran como pueden contra su ojo vigilante. 

En medio de la emergencia, la senadora Mon Mothma logra reunirse con Rael. Entre la apariencia de una conversación simple y tensa, discuten lo esencial de lo ocurrido con el robo en Aldhani. Su verdadera envergadura. “El peligro está al acecho y, ahora, es más grave que nunca”, dice ella, enfurecida. “Te lo dije, ya no hay vuelta atrás”, deja claro el rebelde sin rostro, el que se confunde en los mismos hilos del poder. “¿Sabes lo que has hecho? Palpatine ya no se contendrá”, insiste Mothma. “Exacto, es lo que necesitamos”, explica Rael. “Nos aplastó con tanta lentitud que apenas lo notamos. Pero ahora hay una señal real de una grieta en el control”. 

Al final, la senadora resume el dilema. “Habrá gente que sufrirá”, dice. Rael asiente, grave y consciente del riesgo que corren. “No podemos huir siempre”, concluye él mientras la ve alejarse, la parodia de la normalidad de nuevo como máscara. “El momento llegó”. 

Andor, episodio 7

Todas las piezas en su lugar en Andor

Andor, en esta ocasión, muestra a Coruscant en todo su raro esplendor. Por primera vez en Star Wars, la capital del Imperio es mucho más que un lugar pintoresco o peligroso. Es una ciudad que recibe a Syril para comenzar una nueva vida o a una figura misteriosa que va a en busca de información. La atención al detalle del guion permite al panorama extenderse, hacerse más elegante, bien construido y mejor pensado. Una lenta conexión entre la vida común y el poder total.

Como siempre, Andor depende de sus contrastes. Si el capítulo seis fue una exploración al riesgo rebelde, esta vez se concentra en lo que ocurre detrás del lujo, la tranquilidad aparente. Incluso Vel, más allá de su cargo invisible como cabecilla rebelde, es una ciudadana más que camina por las calles. “Ya hemos pagado con creces”, dice, de pie, irreconocible, en el esplendor de la ciudad. “Pero ahora todo se mueve en la dirección correcta”.

Sin embargo, todavía hay un cabo suelto. “Cassian Andor debe morir”, es la orden que Vel recibe y debe cumplir. El mercenario, ahora, se encuentra entre dos aguas, en dos espacios abiertos y complicados. Le persigue el Imperio, también La Rebelión.

Sin saberlo, Cassian regresa a Ferrix y a la casa de Maarva, que le recibe con los brazos abiertos. Pero, aun así, la realidad es una: el mercenario debe escapar. Hacerlo lo más rápido que pueda y sortear un estado de excepción con el Imperio controlándolo todo. 

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De nuevo, Andor lleva su escenario al peligro en dos frentes, dos extremos de presión. En el centro de ambos, Andor Cassian avanza hacia lo desconocido y al centro mismo del único obstáculo real del Imperio en su plan de control total: las personas anónimas que se oponen a sus múltiples y violentos métodos. 

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