El 13 de mayo de este año, Margaret Atwood escribió un artículo en The Atlantic que dos meses después se hizo profético. En el durísimo texto, asegura que creó en la ficción al Estado de Gilead, pero el Tribunal Supremo de Norteamérica estaba a punto de hacerlo realidad. Se refería al terrorífico contexto de su libro El cuento de la criada, en la que un sistema totalitario y violento tomó el control de EE.UU. Pero lo que parecía una distopía a toda regla pareció hacerse en parte realidad con una polémica decisión judicial del mayor órgano legal del país. 

El 22 de junio, el Tribunal Supremo estadounidense revocó el derecho al aborto en algunos estados. La decisión abrió la posibilidad de otras restricciones semejantes en el marco legal del país. Lo inquietante es que la sentencia parece hacerse eco del mundo imaginado por Atwood. Tanto en el libro (convertido en duología en el 2019) como en la serie, el llamado estado de Gilead comenzó por controversiales decisiones legales. Luego en restricciones y limitaciones cada vez más específicas y violentas sobre el derecho reproductivo de la mujer. Al final, el sistema legal del país convirtió al embarazo y la posibilidad de concebir en un hecho vinculado al control total de la ley. Lo que al final degeneró en un sistema sostenido sobre el puritanismo que convirtió a las mujeres en esclavas sexuales. 

Margaret Atwood comenzó a escribir El cuento de la criada inspirada por la posibilidad de un control legal sin precedentes sobre la vida ciudadana. Durante la década de los ochenta, la escritora se encontraba en Berlín Occidental después de regresar de un recorrido por la Europa comunista. La inspiración para su distopía totalitaria es obvia, aunque no tan sencilla. La noción del poder convertido en herramienta de manipulación de masas es parte de lo que Atwood encontró más allá del telón de acero.

Pero en la inquietante historia de la novela hay mucho más que represión e intereses políticos. Se trata de una mirada por la posibilidad de la despersonalización del individuo en favor del Estado. Lo que resulta más inquietante también es una percepción clara sobre la posibilidad del poder como una maquinaria que aniquila la individualidad.

Las obsesiones de la ciencia ficción se convierten en realidad 

El control colectivo por parte de gobiernos y regímenes represivos no es un tema novedoso en la literatura. George Orwell meditó sobre la devastación de la personalidad y la alegoría del Gran Observador en el libro 1984. La distopía más famosa de todas y una de las más duras, forma parte de las obsesiones actuales sobre el control y el dominio legal. No obstante, para Atwood, el horror de la sujeción al poder tiene una clara raíz emocional y sensorial. En la novela de Orwell, la información, la historia y la propaganda reconstruyen el paisaje de la realidad. Al otro extremo, en la Atwood se trata de una mirada a un horror vívido basado en la manipulación moral. La historia de una teocracia que pulveriza la identidad a través del control de la capacidad reproductiva femenina se convierte en un paisaje aterrador.

The Handmaid's Tale

Pero El cuento de la criada es más que una distopía. Margaret Atwood ha insistido, más de una vez, que se trata un presagio inquietante sobre un futuro posible. En uno de los pasajes más inquietantes de la narración, Atwood plantea un concepto rarísimo y duro de asimilar al que llama “capacidad para la incredulidad”. En la novela, la lenta transformación de la sociedad en un violento totalitarismo teocrático ocurre frente a los ojos desconcertados de los protagonistas. Poco a poco, los personajes asimilan los cambios desde la óptica de la sorpresa y la resignación. El poder subvierte y distorsiona derechos inalienables y los convierte en otra cosa, en un trayecto progresivo que termina convirtiéndose en una rápida caída al abismo. 

Y es la incredulidad lo que sostiene ese lento proceso temible, realista y posible. “Fueron más pequeñas de lo que cabría esperar”, escribe. “No nos despertamos cuando masacraron el Congreso. Tampoco cuando culparon a los terroristas y suspendieron la Constitución”, dice la narradora describiendo con una durísima melancolía fatalista los prolegómenos de la tragedia. Al final, la escritora logra darle sentido a lo que es una morbosa ruta hacia el núcleo de los temores generacionales y colectivos. La definitiva caída de todo lo que asumimos brinda forma a la época que conocemos.

Predecir sin quererlo: El cuento de la criada y los temores colectivos 

La autora siempre ha asegurado que le llevó dos o tres años enfrentarse a la novela. Que en más de una ocasión asumió que era un híbrido peligroso entre la ciencia ficción especulativa, la distopía y una crítica disfrazada de tragedia. Pero que aun así, la idea le continuó molestando hasta que no puedo evitar escribirla. 

Atwood se esforzó por dotar de un realismo helado y crudo el escenario que imaginó para la caída de la sociedad y la cultura que hemos conocido. La democracia liberal de EE.UU. vencida por una violenta caída en el desastre. Un abismo industrial y biológico que devoró cualquier percepción sobre el progreso intelectual. Para la república teocrática que tomó el lugar de las instituciones del estado, Atwood creó una concepción basada en los fundamentos del puritanismo del siglo XVII. 

En la rápida transformación social y política que el libro describe, el miedo es el principal protagonista. Lo es por su capacidad para aplastar la voluntad de la masa y transformarla en una mirada perturbadora sobre la aceptación del poder como núcleo emotivo. Después de todo, la novela sostiene la premisa de religión y la ley basada en la Biblia como evidencia de un retroceso histórico no del todo imposible. Atwood juega con la idea y la convierte en una posibilidad medible y cuantificable.

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En la novela, la población sufre los embates de una serie de tragedias ambientales y sociales que reducen su capacidad para engendrar. Es entonces cuando la fertilidad — o la capacidad para concebir — se convierte en el bien y motivo que sostiene el totalitarismo. También en la excusa para despojar a las mujeres de toda identidad y convertir a los hombres en esclavos de un bien mayor difuso. Todo centralizado y apuntalado por la jerarquización.

El principal acierto de El cuento de la criada es su capacidad como ficción especulativa para ser creíble. Toda la novela tiene un claro aire cotidiano, detallado y minúsculo que la hace profundamente aterradora. No en vano, Margaret Atwood ha confesado que lo cotidiano es su mayor fuente de inspiración. Un hecho sorprendente en una época fascinada con lo extravagante y lo exagerado. 

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En la novela, la autora usa la alegoría para reflexionar sobre las derrotas culturales. Pero no lo hace desde la grandilocuencia, sino desde las pequeñas rutinas cotidianas de su protagonista. Su mirada realista sobre una situación extraordinaria que le afecta de manera tangencial, pero que amenaza su propia existencia. Atwood crea algo más grande que una mera moraleja moral: cuestiona el mismo hecho ético a través de un dolor sencillo y descarnado. ¿Una predicción a punto de cumplirse? Solo el tiempo lo dirá.