Estoy convencido que nunca te has preguntado si la industria del reciclaje avanza al mismo ritmo que la industria tecnológica, aún cuando ambas están íntimamente relacionadas. Lo sé porque yo estoy en ese grupo. Siempre he creído —o tal vez nunca me lo había planteado— que a medida que la tecnología se miniaturiza, los esfuerzos de reutilización de componentes también encontraría más y mejores formas de reaprovechar cada parte de cada dispositivo que dejamos de utilizar.

En realidad no es así. La innovación —no solo en dispositivos tecnológicos— se está moviendo a un ritmo vertiginoso para que todo sea más rápido, más eficiente, más pequeño, menos propenso a las averías. Pero muchos de los procesos de reciclaje que se utilizan hoy en día se asemejan a lo que se consideraba puntero hace veinte años.

Esto presenta un problema inmenso, porque somos una sociedad que le da una importancia vital al smartphone, con un 91,5 % de penetración. Menos del 10 % de la población global no tiene un teléfono en su bolsillo. Visto desde una perspectiva más absolutista, 6.600 millones de personas usarán un teléfono móvil en 2022.

¿Cómo podemos reducir la huella de contaminación que genera esa cantidad monumental de producción de dispositivos tecnológicos usado por tantos miles de millones de personas, sobre todo si la industria de reciclaje no se pone al día?

La pregunta sí que se la están haciendo en Apple, viendo el panorama de producción de dispositivos portátiles y el aumento que se está experimentando en años recientes. El resultado es un esfuerzo por automatizar y sofisticar significativamente el proceso de reutilización y reciclaje de componentes dentro de sus propios dispositivos. Tiene un nombre, se llama Daisy y es un robot capaz de desmontar un iPhone en apenas 18 segundos.

En realidad hay dos robots Daisy en el mundo. Uno está en Austin, Texas (Estados Unidos) y el otro está en Breda, una pequeña ciudad holandesa cerca de la frontera con Bélgica, donde estuve recientemente para ver y entender mejor cómo funciona.

Perforar, en vez de desatornillar

Lo primero que llama la atención al estar frente a Daisy no es lo que ves, es lo que escuchas: un sonido repetitivo constante. Un golpe que no cesa, salvo en contadas excepciones que hay que detener el proceso de desmontaje manualmente. En realidad esto es el producto de repensar procesos para incrementar la eficiencia de Daisy. Liam (su predecesor) tardaba 12 minutos en desmontar un iPhone, porque desatornillaba cada tornillo.

Daisy, simplemente los perfora. ¡Es ese el sonido que escuchábamos! Por muy exacto que es el robot en el proceso de desmontaje, no tiene que hacerlo con sumo cuidado, al menos en algunos puntos del proceso. A veces prima la velocidad y resulta que hay momentos en que, literalmente, vale la pena golpear ciertos componentes. Sobre todo porque en el siguiente paso del proceso de reciclaje no importa si los huecos de los tornillos son útiles o no.

Esto es producto de repensar procedimientos. No se trata de revertir el proceso de construcción, pero tampoco de triturarlo todo, sin discriminación, como sucede en la actualidad, en la mayoría de los casos, en la industria del reciclaje.

Cuando Daisy acaba, lo que antes era un iPhone ahora es una serie de componentes separados en diferentes bandejas. Por una bandeja sale la batería, como componente entero, para luego ser reutilizado o para ser enviado a otro proceso de reciclaje. Por el otro lado del robot vemos expulsar y depositar en bandejas decenas de elementos listos para ser separados en diferentes cestas. Módulos fotográficos, motor háptico, placas, el módulo de carga inalámbrica y un largo etcétera.

Daisy es el futuro del reciclaje

Lo que a primera vista parece ser un proceso que maltrata duramente a un iPhone —además de ponchar tornillos, enfría el iPhone a unos -50º celcius durante unos segundos para retirar fácilmente la batería—, en realidad es una serie de pasos extremadamente calculados por parte de Daisy para conseguir recuperar materiales raros muy demandados.

La cámara, por ejemplo, tiene una proporción importante de oro y cobre. El motor háptico utiliza imanes basados en materiales raros, que en ambos casos es interesante separarlos y poder reciclarlos de forma segura, evitando una trituradora, donde se pierde la mayoría del material útil.

Este proceso, tan distinto, también consigue evitar uno de los problemas más grandes del reciclaje convencional: la contaminación de materiales causados por la mezcla tras la trituración de dispositivos. Para Apple es clave, puesto que gracias a la separación, consiguen mantener la altísima calidad de materiales, aún cuando son de origen reciclado.

El objetivo final de la compañía es lograr que la gran mayoría de los materiales usados en todos sus dispositivos sean de origen reciclado, creando una economía circular, que reduzca la extracción y disminuya la contaminación durante el proceso de fabricación. De momento lo han conseguido con el aluminio, según se explica en el último reporte medioambiental publicado por la compañía.

De hecho, en la gran mayoría de dispositivos presentados por Apple en 2021 y 2022 que usan aluminio, ya es 100 % reciclado. En los otros 14 materiales más importantes presentes en sus productos, el promedio es del 18%. Pero a medida que los procesos de reciclaje se vayan sofisticando, gracias a esfuerzos como Daisy, esa proporción ira aumentando.

Daisy es uno de los componentes para un Apple 100 % neutral en carbono en 2030

No solo la industria automotriz está haciendo esfuerzos descomunales —por medio de la electrificación— para conseguir ser 100 % neutrales en carbono para 2030-2035. Grandes empresas como Apple están trabajando a marchas forzadas para conseguir que el 100 % de la operación, incluyendo toda la cadena de producción, que a su vez incluye todos sus proveedores, sean 100 % neutrales.

De momento toda la operación de la compañía, es decir, todas las oficinas, y el transporte de empleados ya lo son. Pero la realidad es que eso representa un porcentaje mínimo de las emisiones totales que genera Apple anualmente. El grueso, un 70 %, está en la producción de dispositivos. Inicialmente 213 de los proveedores de la compañía ya usan únicamente energías renovables. Pero un largo camino por recorrer. Parte importante de lograrlo está en conseguir una economía circular donde muchos de los componentes de productos fabricados vuelvan a la compañía. Luego, estos son desmontados, separados y sus materiales se reutilizan para hacer nuevos dispositivos.

En ese sentido, Daisy es capaz de desmontar 12 millones de iPhones por año. Es más pequeña de lo que parece en fotos y vídeos. Y en el lugar donde opera bien podrían trabajar varios de estos robots en paralelo. Pero según Apple, está funcionando por debajo de su máxima capacidad.

El esfuerzo no solo está del lado de Apple. Hace falta que los usuarios empiecen a acostumbrarse a devolver o revender a la compañía sus dispositivos viejo. Sobre todo cuando ya no funcionan, para que sus componentes puedan ser reaprovechados. Sea como sea, queda mucho por hacer.

Más alla de Daisy

Daisy —y la sofisticación del proceso de desmontaje y reciclaje— es uno de los componentes clave en el camino de Apple hacia la neutralidad en emisiones dañinas a la atmósfera que contribuyen al cambio climático. Pero no es el único. Es un trabajo que requiere un cambio de mentalidad significativo a lo largo de toda la corporación, y que puede tener un impacto importante. Después de todo son una de las compañías más grandes e importantes del mundo.

Como casi todo, otro de los puntos clave está en el diseño. En particular el diseño industrial de cada producto que lanza Apple. Sin duda el uso de materiales, pero también la forma en que se montan y no comprometer la función, forma o seguridad del producto pero conseguir que su reciclaje sea más simple y eficiente.

También está la eficiencia a la hora del uso de energía por cada producto. Desde que Apple hizo el cambio de procesadores a los M1, han demostrado cómo pueden mantener, en términos generales, altos niveles de potencia, utilizando mucho menos energía.

El ejemplo más reciente en ese sentido es el Mac Studio. A lo largo de un año puede usar hasta 1.000 kWh menos que un PC de torre de alta gama equivalente. Además de ser bueno para el medio ambiente, es una gran noticia para las empresas que adopten el uso de este equipo en sus flujos de producción.